miércoles, 21 de febrero de 2007

Sueltos de "El único y su propiedad", de Max Stirner

Dios es un ególatra.
Somos, desde entonces, los servidores de nuestros pensamientos, obedecemos sus órdenes, como en otro tiempo las de los padres o las de los hombres.
Si los antiguos no han producido más que una cosmología, los modernos no han pasado jamás de la teología.
Las obras, los hijos del espíritu, son otros espíritus, otros fantasmas.
Si los que me leyesen fueran judíos, judíos ortodoxos, podría detenerme aquí y dejarles meditar sobre el misterio de su incredulidad y de su incomprensión de veinte siglos, pero como tú, lector, no eres judío, al menos un judío de pura sangre –ninguno me hubiera seguido hasta aquí- iremos todavía juntos un trozo de camino, hasta que me vuelvas la espalda, creyendo que me burlo de ti.
Que la patria sea una pura idea no ofrece duda, porque no hay patria ni patriotismo para los animales o para los niños.
Yo no soy ni Dios ni el hombre, yo no soy ni la esencia suprema ni mi esencia, y en el fondo, es todo uno que yo conciba la esencia en mí o fuera de mí.
El mundo entero no es más que una fantasmagoría.
Lo que tu eres a cada instante es tu obra, y debes no perderte, tú, su autor.
Esa terrible imposibilidad, ese interminable trabajo de Danaidas, de cambiar el fantasma en un no fantasma, lo no real en real, el espíritu en una persona corporal.
Fue Cristo quien sacó a luz esta verdad: el fantasma por excelencia es el hombre.
Es para sí mismo un objeto de espanto.
¿Si yo no viese el hombre en ti, qué te tendría que respetar?
Declaro radicalmente locos, locos de atar, a todos los atormentados por lo infinito y lo sobrehumano, a la raza humana.
El fanatismo es especialmente propio de la gente culta, porque la cultura de un hombre está en relación con el interés que toma en las cosas del espíritu. Un interés fanático por lo que es sagrado (fanum).
No decimos ya, por ejemplo, “Dios es amor”, pero si “el amor es divino”. No hemos dado ni un paso.
El bien no es otra cosa que la ley.
El degradado y el sublime aspiran los dos a un Bien, el uno a un bien material, el otro a un bien ideal.
Una griseta, libre y alegre, por mil solteronas encanecidas en la virtud.
Debemos, sí, poseer un espíritu, pero el espíritu no debe poseernos.
Y derrochó su talento y sus fuerzas en vestir sus antiguas muñecas.
Toda nuestra educación consiste en injertar en nuestro cerebro ciertos sentimientos determinados.
Los jóvenes son mayores cuando murmuran como los viejos.
El nombre de Dios no debe despertar en nosotros imágenes risibles o sentimientos irrespetuosos pues no nos dejan experimentar con ocasión de cada objeto y cada nombre que se nos presentan ante nosotros el primer sentimiento que sobrevenga.
Esta persecución de lo “mejor” está contaminada de mongolismo, propia de la era cristiana, moderna.
Para los niños pequeños, como para los animales, nada es sagrado.
El hombre desde entonces, no crea ya, aprende.
El hombre es el sacerdote de todos los sacrificios.
De El único y su propiedad, Max Stirner, méxico D.F., Sexto Piso ediciones, 2003

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