domingo, 11 de marzo de 2007

Caillois bajo el escalpelo de Cioran

Fascinación del mineral

Roger Caillois comenzó haciendo estudios como es debido, y tuvo incluso reacciones de discípulo, como lo prueban las precauciones que tomó en el prólogo de 1939 a El hombre y lo sagrado para tranquilizar a sus profesores, a quienes ruega que ignoren las últimas páginas del libro en las que, saliendo de los límites del «conocimiento positivo», se había permitido algunos desarrollos metafísicos. Como en aquella época parecía creer en la historia de las religiones, en la sociología y la etnología, lo normal hubiera sido que se hubiese limitado a una de esas ramas y que hubiera acabado siendo un erudito en la materia. Las circunstancias exteriores ‑su estancia durante la segunda guerra mundial en Buenos Aires‑ le obligaron a escoger otro camino; pero, como siempre, éstas no explican lo esencial. Lo importante es saber por qué, desde el principio, tendía al fragmento más que al sistema, conocer la razón de ese horror suyo por las construcciones masivas, de su preocupación por la elegancia, de sus aciertos verbales, de ese casi imperceptible jadeo en sus demostraciones, de esa dosificación de razonamiento y ritmo, de teoría y seducción que caracteriza su obra. Esos nobles defectos, esas taras, hubiera podido disimularlas, pero a condición de sacrificarse, de abdicar de su singularidad (como les sucede con frecuencia a los representantes del «conocimiento positivo»). Como no estaba dispuesto a ello, se alejó de sus primeras preocupaciones, traicionó, decepcionó a sus maestros, tomó una vía personal, escogió la diversidad, se separó, en suma, de la Ciencia, reservada únicamente a quienes conocen y soportan la ebriedad de la monotonía. Recorrió buen número de temas y de disciplinas: poesía, marxismo, psicoanálisis, sueño, juegos ‑nunca como un diletante sino como un espíritu impaciente y ávido al que la ironía condena a la inadhesión y con frecuencia a la injusticia. Le imaginamos fácilmente furioso contra un tema que ha aprehendido, contra un problema que ha elucidado y que abandonará a los escrupulosos o a los maníacos pues perder más tiempo en él le parecería indecente. Esa exasperación, hecha de fatiga, de exigencia o de tacto, es la clave de su renovación permanente, de sus peregrinaciones intelectuales. No podemos eludir aquí una tentativa totalmente opuesta, la de un Maurice Blanchot por ejemplo, quien en el análisis del hecho literario ha aportado, llevada hasta el heroísmo o la asfixia, la superstición de la profundidad, de la meditación que acumula las ventajas de lo vago y del abismo.
Me he preguntado con frecuencia si en el caso de Caillois el rechazo de la reiteración (lo que él llama su «dispersión fundamental») no haría difícil e incluso imposible cualquier tentativa de identificar su «yo verdadero». El es lo contrario de un obseso, y sólo los obsesos muestran su «verdadero yo», quizá sólo ellos sean lo suficientemente limitados como para poseer uno. Sin atribuirle obsesiones que rechazaría, he querido saber dónde se halla lo mejor de él mismo, cuál de sus libros, si hubiera escrito sólo uno, le revelaría de manera más completa y mostraría que ha perseguido y alcanzado su propia esencia. Me ha parecido que Caillois, propenso a tantos entusiasmos, no ha tenido más que una pasión, y que es en el libro donde la ha descrito en el que ha divulgado lo mejor de sus secretos.
Cuando se emprende una búsqueda, sea en el terreno que sea, el signo de que se ha encontrado, de que se ha llegado al final, es el cambio de tono, los accesos de lirismo cuya necesidad, a priori, no se imponían. Piedras comienza por un prefacio‑himno y continúa, página tras página, en un tono de entusiasmo moderado por la minuciosidad. Dejo de lado las razones secundarias de su fervor para no indicar más que la principal, que me parece residir en la búsqueda y la nostalgia de lo primordial, en la obsesión por los comienzos, por el mundo anterior al hombre, por un misterio «más lento, más vasto y más grave que el destino de esta especie pasajera». Remontarse no sólo más allá de lo humano, sino de la vida misma, alcanzar el principio de las edades, convertirse en contemporáneo de lo inmemorial: ése es el propósito de este mineralogista exaltado que muestra júbilo cuando descubre en un nódulo de ágata anormalmente ligero un ruido de líquido, agua oculta en él desde la aurora del planeta, agua «anterior», «agua de los orígenes», «fluido incorruptible» que da la sensación, al ser vivo que la contempla, de no ser en el universo más que un «intruso alelado».
La búsqueda de los comienzos es la más importante de todas cuantas pueden emprenderse. Todos la intentamos, aunque no sea más que en breves momentos, como si realizar ese retorno fuese el único medio que tenemos de aprehendernos y de superarnos, de triunfar sobre nosotros mismos y sobre todo lo demás. Es también la única manera de evadirse que no sea una deserción o un engaño. Pero nos hemos acostumbrado a aferrarnos al porvenir, a colocar el apocalipsis por encima de la cosmogonía, a idolatrar el estallido y el fin, a confiar hasta el ridículo en la Revolución o en el Juicio Final. Toda nuestra arrogancia profética procede de ahí. ¿No valdría más dirigirse hacia el pasado, hacia un caos mucho más rico que el que aguardamos? Caillois se vuelve preferentemente hacia el momento en que ese caos inicial, que se va calmando, intenta alcanzar una forma, una estructura, hacia esa fase en que las piedras, tras «el ardiente instante de su génesis», se convierten en «álgebra, vértigo, orden». Pero tanto si las evoca incandescentes, en plena fusión, como irremediablemente frías, muestra siempre, en la descripción que hace de ellas, un ardor inhabitual en él. Pienso, muy especialmente, en su manera casi visionaria de presentar un cobre nativo extraído del lago Michigan y cuyas láminas quebradizas «frágiles y duras a la vez, ofrecen a la imaginación la paradoja de una esclerosis hiperbólica; amplifican inexplicablemente la inercia, añaden el rigor de la muerte a lo que nunca estuvo vivo. Dibujan sobre la superficie de metal los pliegues de un sudario superfluo, ostentatario, pleonástico».

Leyendo Piedras, más de una vez me he preguntado si no se trataba de un lenguaje confinado en sus propios significados, sin más realidad que su prestigio. ¿Por qué no ir a ver, me dije, los objetos de los que habla? Después de todo, nunca he observado una piedra y, en cuanto a las llamadas preciosas, el epíteto me basta para execrarlas. Fui entonces a visitar la galería de mineralogía del Museo de Historia Natural, donde constaté con gran sorpresa que el libro había dicho la verdad, que su autor no era un virtuoso sino un guía, un guía dedicado a comprender desde dentro maravillas petrificadas, a fin de reconstituir, mediante una regresión apenas concebible, su estado de indeterminación original. Acababa de iniciarme en el mineral durante una hora capital en la que percibí la inanidad de ser escultor o pintor. Al frecuentar unos años antes la sección de paleontología en el mismo museo, me había parecido que los esqueletos allí expuestos eran tan apropiados para asquearnos de la escandalosa precariedad de la carne que podían por contraste invitarnos a una cierta serenidad. Al lado de las piedras, el esqueleto inspira compasión. Pero las piedras ¿dispensan verdaderamente, como lo piensa Caillois, «varias serenidades», y conservarán hasta el final el poder de hechizo que sobre él tienen? ¿Resistirán a su necesidad de cambios, a su gusto por lo nuevo, al mal de la «dispersión»? Remontándose con el pensamiento hasta el momento de su génesis, Caillois se había aproximado a una iluminación, a una especie insólita de estado místico, a un abismo en el que poder disolverse. Pero esa iluminación iba a ser una iluminación sin futuro, y Caillois nos advierte con la máxima claridad que el abismo rozado no contiene nada divino, no es más que materia, lavas, fusiones, tumulto cósmico. Convendría insistir suficientemente en la originalidad de este fracaso. Somos todos, es evidente, fracasados de alguna aspiración mística, todos hemos experimentado nuestros límites y nuestras imposibilidades en medio de alguna experiencia extrema. Pero, si hemos intentado hacer saltar nuestras trabas interiores, es porque hemos leído a los Padres del desierto, a Meister Eckhart o a los budistas tardíos. Caillois, sin embargo, fue meditando sobre las dendritas y las piritas o siguiendo en sentido contrario la carrera de un cuarzo o de un ágata como sintió que se deslizaba fuera del tiempo y que tocaba, más allá de las grandes «ordalías tectónicas», la «materia inmóvil a causa de la mayor quietud», en la cual no podía permanecer dado que su espíritu, tentado y decepcionado por el trance, no podría acceder a la liberación a través de la nada, ni tampoco a través del mineral. Lo dirá él mismo en su libro y mejor aún en la conclusión del Relato del desalojado, texto revelador recientemente publicado: «He alcanzado la realidad última, que no es la nada, sino la existencia gris en la que vivo». No la nada, pues, y adivinamos por qué: la nada no es, en definitiva, más que una versión más pura de Dios; de ahí que los místicos se hayan sumergido en ella con tanto frenesí, al igual que los incrédulos con raíces religiosas. Caillois no envidia a los primeros y le repugnaría sin duda pertenecer a los segundos. Reconoce que es incapaz de llegar al «aniquilamiento iluminador», admite su derrota, sus cansancios y sus dimisiones, proclama y saborea su fracaso. Tras el agotamiento de una fascinación, tras la orgía y el éxtasis de los orígenes: el orgullo del desasosiego, la aventura de lo gris.
1970

De Ejercicios de admiración y otros textos, E.M.Cioran, Barcelona, Tusquest, 1995

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