domingo, 4 de marzo de 2007

Capítulo 2 de Jean-Luc Nancy

2. La gente es rara


Todo pasa entonces entre nosotros: este «entre», como su nombre indica, no tiene consistencia propia, ni continuidad. No conduce de uno a otro, no sirve de tejido, ni de cimiento, ni de puente. Quizá ni siquiera sea exacto hablar de «vínculo» al respecto: ni está ligado, ni desligado, sino por debajo de ambos, o, lo que está en el núcleo de un vínculo, el entrecruzamiento de briznas cuyas extremidades permanecen separadas hasta su anudamiento. El «entre» es la distensión y la distancia abiertas por lo singular en cuanto tal, y como su espaciamiento de sentido. Lo que no se tiene a distancia de «entre» no es sino inmanencia sumida en sí misma y privada de sentido.
De un singular a otro, hay contigüidad, pero sin continuidad. Hay proximidad, pero en la medida en que lo extremo de lo próximo acusa la distancia que lo aumenta. Todo ser toca a cualquier otro, pero la ley del tacto es la separación, más aún: es la heterogeneidad de las superficies que se tocan. El contacto existe a través de lo pleno y del vacío, a través de lo vinculado y lo desvinculado. Si «entrar en contacto» significa comenzar a darse sentido el uno al otro, esta «entrada» no penetra en nada, en ningún «medio» intermediario y mediador. El sentido no es un medio en el que estaríamos inmersos: no hay «lugar-medio», es uno u otro, el uno o el otro, el uno con el otro, pero nada del uno en el otro, lo que sería entonces una cosa distinta de uno u otro (otra esencia, otra naturaleza, una generalidad difusa o infusa). Del uno al otro hay la repetición sincopada de los orígenes-de-mundo que son, cada vez, uno u otro.
El origen es afirmación; la repetición es condición de la afirmación. Digo: «esto es, que sea». No es un «hecho», y nada tiene que ver con una evaluación de ninguna especie, es la disminución de una singularidad en su afirmación del ser: un toque de sentido. Lo cual no es otro ser, sino lo singular del ser por el que lo existente es, o del ser que es lo existente en un sentido transitivo del verbo (sentido inaudito, inaudible ¾el sentido mismo del ser). El toque de sentido compromete su propia singularidad, su distinción ¾y la pluralidad del «cada vez» de todos los toques de sentido, los «míos» tanto como todos los demás, de los que cada uno es «mío» por turno, según el turno singular de su afirmación.
Hay entonces, de entrada, la repetición de los toques de sentido, que el sentido exige. Esta repetición absolutamente heterogénea, inconmensurable, abre entre uno y otro una extrañeza irreductible. El otro origen es incomparable, inasimilable, porque es origen y toque de sentido, y no porque sea simplemente «otro». O mejor: la alteridad del otro, es su contigüidad de origen con el origen «propio». Tú eres absolutamente extraño porque el mundo comienza a su vez en ti.
Decimos: «la gente es rara». Esta frase es una de nuestras más frecuentes y rudimentarias constataciones ontológicas. Y de hecho, dice mucho. «La gente», esto es: todos los otros, indistintamente, designados como el conjunto de los pueblos, linajes o razas (gentes), de los que por tanto se exceptúa aquél que habla. (Se exceptúa, sin embargo, de una manera bastante peculiar, puesto que la designación resulta tan general ¾hay que decirlo...¾ que inevitablemente vuelve al locutor. Cuando digo que «la gente es rara», me incluyo de cierta manera en esa rareza.)
La expresión «la gente» no cubre exactamente el «se» heideggeriano[1], aunque lo modaliza en parte. En el «se» ¾tal como se dice¾, no siempre se decide que quien habla se incluya o no a sí mismo en el anonimato del «se». Por ejemplo, puedo decir «se me ha dicho», o «se dice que», o bien «así es como se hace», o incluso «se nace, se muere»: estos distintos usos no son equivalentes entre sí, y sobre todo, no es cierto que sea siempre el «se» quien habla de sí mismo (a partir de y sobre él mismo). Por su parte, Heidegger prevé que el «se» sea pronunciado en respuesta a la pregunta «¿quién?» planteada con respecto al Dasein, pero no plantea esa otra cuestión, inevitable sin embargo, de saber quién da esa respuesta, y quién, al responder así, se exceptúa a sí mismo o tiende a exceptuarse. Se arriesga de este modo a descuidar el hecho de que no hay «se» puro y simple, en el que el ente «propiamente existente» estuviese desde un principio pura y simplemente inmerso. «La gente» designa claramente esta modalización del «se» por la cual «yo» me exceptúo ¾y esta vez, hasta parecer olvidar o descuidar el hecho de que yo mismo formo parte de la «gente». En cualquier caso, este dejar aparte no va de suyo sin el reconocimiento de la identidad: «la gente» enuncia también a las claras que todos nosotros somos, precisamente, gente, es decir, indistintamente, personas, seres humanos, todo un género común, pero un género que no tendría sino una existencia numerosa, dispersa, indistinta en su generalidad y comprensible solamente en la simultaneidad paradójica del conjunto (anónimo, confuso, incluso masivo) y de la singularidad diseminada (de la gente: cada vez tal o cual «gente», o como solemos decir, «un tipo», «una chica», «un muchacho»).
«La gente» no es el rumor anónimo del «dominio público», sino siluetas a la vez imprecisas y singulares, bosquejos de voces, esquemas de comportamientos, esbozos de afectos. ¿Pero qué es un afecto, sino un esbozo cada vez? ¿Qué es un comportamiento, sino un esquema cada vez? ¿Qué una voz, sino cada vez un bosquejo? Qué es una singularidad, sino su «propio» desbrozo a cada instante, su «propia» inminencia, la inminencia de algo «propio», o lo propio mismo como inminencia, siempre rozada, acariciada siempre: revelándose cerca, siempre cerca. (Como señala el hallazgo de argot, «cerca de sus botas»[2] ¾y lo cómico de la expresión no reside en la casualidad, ya sea que encubra una inquietud, ya que libere la risa de un no-saber: se trata siempre de un escape, de una evitación y un vaciado muy cercanos, de una rareza que se presiente como la regla misma.)
La excepción o la distinción en la que «yo» me escudo al decir «la gente», se la concedo también obscuramente a cada cual de esa gente. Y eso sin duda porque la gente suscita muy a menudo el juicio «la gente es rara», o «la gente es increíble». No se trata sólo ni en principio de la tendencia (por lo demás evidente) a erigir como norma nuestros propios hábitos. Hay que situar un registro más primitivo de ese juicio, donde lo que aprehende no es otra cosa que la singularidad como tal. Desde el rostro a la voz, a los gestos, a las actitudes, a la acción y la conducta ¾y sean cuales fueren los rasgos «típicos», siempre tan ampliamente repartidos¾, no hay nadie que no se distinga por una especie de precipitado instantáneo en el que vendría a condensarse la extrañeza de una singularidad. Sin este precipitado, no habría «alguien», simplemente. Tampoco habría interés ni hostilidad, deseo ni aversión, para quienquiera.
«Alguien», él o ella, como se dice «salió bien» ante una foto, enunciando mediante este «bien» la recuperación de un desplazamiento, la adecuación de lo inadecuado, imputable tan sólo a la impresión «instantánea» del instante que con exactitud no es nada más que su propio desplazamiento. La foto, quiero decir la cotidiana, la banal foto, revela a la vez la singularidad, la banalidad, y nuestra curiosidad que oscila entre una y otra.
El principio de los indiscernibles adquiere aquí una agudeza decisiva. No sólo toda la gente es diferente, sino que todos difieren ¾no de nada, sino unos de otros. No difieren de un arquetipo o de una generalidad. Los rasgos típicos (sean étnicos, culturales, sociales, de generación, etc.), cuyos esquemas propios constituyen por su parte otro registro de singularidades, no sólo no suprimen las diferencias singulares, sino que las ponen de relieve. En cuanto a las diferencias singulares, no son sólo «individuales», sino infra-individuales: nunca es a Pedro o a María a quienes encuentro, sino a uno u a otra en tal «forma», en tal «estado», de tal «humor», etc.
Este estrato tan modesto de nuestra experiencia cotidiana contiene una constatación ontológica rudimentaria: en efecto, lo que recibimos (más bien que percibirlo) con las singularidades es el paso discreto de otros orígenes del mundo. Lo que ahí se plantea, lo que se curva, se inclina, se tuerce, se dirige, se refuta ¾desde el recién nacido hasta el cadáver¾, no es en principio ni un «prójimo», ni un «otro», ni un «extraño», ni un «semejante»: es un origen, es una afirmación del mundo ¾y sabemos que el mundo no tiene otro origen que esta singular multiplicidad de orígenes. El mundo surge siempre cada vez, según una disposición exclusiva, local-instantánea. Su unidad, su unicidad y su totalidad consisten en la combinatoria de esta multiplicidad reticulada, que no aboca a un resultado.
Sin esa constatación no existiría ninguna prueba primera de la existencia en cuanto tal, es decir, de esta no-esencia y no-subsistencia-por-sí que integra el fondo del ser-uno. Por esto el «se» heideggeriano resulta insuficiente como apreciación inicial de la «cotidianidad» existencial. Hace que se confunda lo cotidiano con lo indiferenciado, lo anónimo y la estadística. Estos no son menos importantes, pero no pueden constituirse más que en relación con la singularidad diferenciada que lo cotidiano es ya de suyo: cada día, cada vez, día a día.
No se puede afirmar que el sentido del ser deba indicarse a partir de la cotidianidad, y comenzar por descuidar el diferencial general de lo cotidiano, su ruptura renovada sin cesar, su discordancia íntima, su polimorfismo y su polifonía, su relieve y su mezcolanza. El «día» no es simplemente una unidad contable. Es la vuelta cada vez singular del mundo, y los días, incluso todos los días, no podrían «parecerse», como suele decirse, si no fueran de entrada diferentes, la diferencia misma. Lo mismo sucede con la «gente», o más bien «las gentes», con la irreductible rareza que las constituye como tales, siendo en sí mismas y desde el principio la exposición de la singularidad según la cual la existencia existe, de manera irreductible y primera ¾y de una singularidad que la experiencia revela tanto comunicar con la totalidad del ente como comunicarse con ella: la «naturaleza» también es «rara», y ahí existimos, existimos en ella en el modo de una singularidad siempre renovada, ya sea la de la diversidad y la disparidad de nuestros sentidos, la de la profusión desconcertante de sus especies, o la de sus metamorfosis en la «técnica». Incluso ahí es para la totalidad del ente que decimos lo raro, lo extraño, lo curioso, lo desconcertante.
Los temas del «asombro» y de la «maravilla del ser» resultan sospechosos, si remiten a un misticismo estático que pretenda evadirse del mundo. El tema de la «curiosidad científica» no es menos sospechoso, si conduce hasta un afán coleccionista de rarezas. En ambos casos, el deseo de excepción supone el desdén por lo ordinario. Sin duda fue Hegel el primero que tuvo esta conciencia, propiamente moderna, de la paradoja violenta de un pensamiento cuya mayor propiedad es lo inaudito, y cuyo dominio es el claroscuro del mundo. El claroscuro ordinario, la insignificancia de lo cotidiano ¾cuyo acento retiene el «se» heideggeriano¾ suponen una «grandeza» ausente, perdida o distante. Sin embargo, la verdad no puede ser más que la verdad del ente en su totalidad, es decir, en la totalidad de su «ordinario», así como el sentido no puede residir más que en la existencia misma, y no en otra parte. El mundo moderno exige pensar esta verdad: que el sentido está en sí mismo. Está en la pluralidad indefinida de los orígenes, y en su co-existencia. Lo «ordinario» siempre es excepcional, por poco que se haga justicia a su carácter de origen. Lo que comúnmente recibimos como «rareza», es este mismo carácter. En la desnudez de la existencia y según el sentido del mundo, la excepción es la regla. (Además, ¿no es de esto mismo de lo que dan testimonio las artes y la literatura? El primer y tal vez único motivo de su existencia, rara en sí misma, ¿no sería presentar dicha rareza? Después de todo, en la etimología de la palabra «raro», ya sea en vascuence como en árabe, se encuentra la valentía, la prestancia y la elegancia.)
[1] Pese a que podría ser instructivo, no me detengo aquí a examinar las designaciones de la «gente» y del «se» en diversas lenguas, como tampoco la historia del nombre «la gente» (gentes, «Gentiles», naciones, etc.).
[2] La expresión de argot «(marcher, être) à côté de ses pompes» significa estar un poco loco. (N. del T
fuente:
De Ser, singular, plural, Jean-Luc Nancy, Arena Libros, Madrid, 2006, traducción de Antonio Tudela Sancho

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