jueves, 8 de marzo de 2007

Contra los atorrantes

QUEDAN LOS ATORRANTES.
Esto declaraba Rafael Barrett en el periódico La Razón en mayo de 1910 (el año de su muerte) a propósito del fin de los delicados, destronados por los nuevos brutos, anunciando la llegada de la época que no sabe matar más que con un revólver y el olvido de la edad dorada en la que el asesinato era un asunto del pensamiento, un arte y un juego del espíritu, en la que un Wilde, un d’Aurevilly, un Villiers de L’Isle Adam aún sabían matar con la palabra, con el witz, con el esprit. Actitud, esta de Barrett, profeta de un tiempo oscuro, prima hermana de la del Cioran que cincuenta años más tarde declarara que el futuro será de los oligofrénicos. La actualidad de Barrett como “pionero de la literatura y el pensamiento paraguayos” (Roa Bastos) la podemos encontrar no en sus proverbiales artículos de denuncia de las injusticias de su generación, sino en aquellos otros menos populares, menos “comprometidos”, harto más encantadores, en los que se solaza en temas inactuales y, por ello mismo, eternos, en temas frecuentemente desdeñados por nimios y, consiguientemente, más profundos. Recorriendo estas páginas felices, nos asaltan las rápidas asociaciones con diversos pensadores europeos contemporáneos. Cuando, en Rojo y Azul de Asunción ( abril de 1908 ), en Lasbestias-oráculos, Barrett declara que “ los pájaros que cruzan la esfera se parecen a los pensamientos “, la amable sombra del recientemente desaparecido Ernst Jünger se inclina sobre esta frase para recordarnos su propia Ornitología del pensamiento : “ Algunos son empollados, otros levantan el vuelo y desaparecen. Sólo rara vez hay entre ellos una especie nueva. La mayoría vienen con el revoloteo de las grandes migraciones, en otros molesta el olor a nido”. Del mismo modo, al leer La poesía de las piedras en Rojo y Azul ( Asunción , febrero de 1908 ), nos asalta el recuerdo de la fascinación sentida por Caillois o, más recientemente, por Baudrillard, quien la comenta a propósito de su viaje a los Estados Unidos, ante el enigmático lenguaje de lo inorgánico – Caillois, como es bien sabido, poseía una rara colección de piedras que son más bellas que cualquier pintura abstracta. Citemos este pasaje : “ las piedras, cadáveres errantes, meditan sin cesar de un modo fúnebre, y son las fieles hermanas del olvido”. Pero este juego de relaciones y acercamientos entre Barrett y otros notables podría llevarnos demasiado lejos y sería una tarea muy ardua. Estos pequeños ejemplos, sin embargo, son útiles para situar a nuestro pensador dentro de una corriente intelectual a la vez absolutamente personal y cosmopolita, alejada de todo gregarismo de grupo o de clase. Por supuesto que abrevó en las fuentes de los dos grandes monstruos del siglo XIX, el socialismo y el positivismo, y que siguió el desarrollo de los avances científicos de su momento, pero tuvo la suprema lucidez de evitar los fanatismos y de conservar la sutileza y la distancia, sin olvidar jamás que la poesía es la más prístina forma del conocimiento. Recordemos su comparación del mítico caracol marino con el autóctono mate. Y su descripción del apareamiento de las libélulas como “dos ideas que se juntan en la limpidez de un pensamiento necesario”. Y aquella de las avispas del Paraguay, con su lenguaje hecho de complejos simbolismos cromáticos, donde las negras son inofensivas y las amarillas significan muerte. En el ya citado Las bestias-oráculos, nos remite al hábito griego de alimentar con leche a las víboras para acercarnos a la leyenda popular paraguaya según la cual estos animales adivinan la preñez. El pensamiento de Barrett nos regala con frecuencia divertidas extravagancias. Su rehabilitación de los sapos y de las ranas es toda una rareza dentro de la psicología humana, especialmente si tomamos en serio a Bettelheim. Ello no le impide, por cierto , hablar del picaflor, motivo que él considera todo un tour de force para cualquier poeta que se precie de su talento (¿cómo encontrar las palabras dignas de este prodigio?). Pero es la hormiga la predilecta de Barret entre todas las criaturas de la creación. Véase , si no , Hormigas ( La Razón , marzo de 1910 ) , texto que remite al rechazo unamuniano del concepto del hombre como dueño absoluto de toda la racionalidad del universo, o , más modestamente , del planeta . En este punto es bastante más imaginativo , y quizá más sutil, que un filosofo avant garde como Savater , que en su Etica para Amador habla de la superioridad del libre albedrío de la voluntad humana sobre la supuesta ciega obediencia al puro instinto de la hormiga obrera. Contrariamente a esto , se podría leer el texto de Barrett , siguiendo las implicancias de sus sugerentes insinuaciones , como propuesta de un modelo societal al modo formicario para la especie humana , tal como sucede en Maeterlinck ( Vida de las hormigas ), en Arreola ( El prodigioso miligramo ) y en Jünger ( en casi todos sus ensayos sobre el tema ). Las hormigas “han domesticado cerca de seiscientas especies de animales diferentes , han cultivado varias clases de hongos , han practicado la higiene y la antisepsia , han provocado o detenido el desarrollo del sexo de las larvas , han alcanzado una desmesurada longevidad (...), emplean la palanca, curan a sus enfermos con masajes y dieta, tienen un refinadísimo olfato para distinguir a las hormigas de otros hormigueros extraños”. Toda una cultura. Aceptar esto no sería inteligente, dirán algunos. Rechazarlo no sería más que una reacción instintiva, les replicaría Barrett. En Halley (diciembre de 1909), los planetas son los clásicos, y los cometas, los románticos del sistema solar. Barrett habla con desparpajo de los agujeros negros y se aparta radicalmente del inexplicable buen humor de nuestros modernos y siniestros cosmólogos, los científicos, con una declaración pesimista y bellísima que bien podría ser tanto una profecía cuanto un epitafio: “Somos los microbios invencibles, los insaciables átomos que lo devorarán todo. Nuestra locura es la de conocer, y conocer es poder; hemos prendido fuego a las cosas con la Idea, y la realidad está ya ardiendo”. Heidegger, Adorno y Foucault refrendarían sin vacilar esta indignación ante el proyecto científico de la mathesis universalis, signo y maldición de la Modernidad, voracidad de conocimiento que no se sacia sino aniquilando todo vestigio de belleza, de espiritualidad, de misterio en el mundo. “Somos los herejes, somos los violadores del misterio.” En El corsé (octubre de 1909), esta prenda es un molde material que traduce un molde mental preexistente a los vaivenes de la moda. Más que una ropa, el corsé es un pedazo de catecismo amarrado al esqueleto. Una de las causas de la enorme amenidad de Barrett y de su creatividad intelectual es su manera de asomarse a lo real como a un código, a un lenguaje ideológico o político que debe ser interpretado y, por supuesto, desenmascarado. Tiene el sabor suculento de esos libros de los kulturkrits que prodigaba la Escuela de Frankfurt a mediados del siglo XX. Hay también algo de surrealista en Barrett. Verbigratia, en ese artículo titulado Sueños (abril de 1908), donde, citando a Porfirio, sostiene que “tenemos intuición de la inteligencia mucho mejor por una ausencia de pensamientos que por el pensamiento”. La oniromancia de Barrett une los piojos y la basura a la prosperidad, los hombres de raza negra a las dolencias, los mulatos al dinero, los indios a la dicha, la pérdida de los dientes a la muerte, las víboras –en el caso de las jovencitas en edad de contraer matrimonio- a los pretendientes interesantes o convenientes, la carne al luto, el sexo femenino a la suerte, los tigres y los leones a la visita de la autoridad. Barrett cultiva como nadie esta turbia, confusa poesía del lado silencioso del espíritu, de lo que calla durante la vigilia. En Herborizando (marzo de 1908), “las flores que además de encantarnos y hacernos soñar nos curan son las más santas de las flores”. Tristes, si bien melancólicamente bellas, palabras de un enfermo consciente de la afección pulmonar que a la postre terminaría tempranamente con su vida. En Deibleir (enero de 1909), intuímos que coquetea con la idea del suicidio (por su enfermedad, acaso) y con la del asesinato (Barrett era anarquista –como Durruti), porque escribe con profundidad dostovskeiana: “Hay algo de magnífico en los asesinos y en los suicidas. En lugar de obedecer a la muerte, la hicieron su esclava”. Pero sigue siendo Ajedrez (La Razón, Montevideo, enero de 1909), en nuestra opinión, el texto central de toda la producción literaria de Barrett. Ajedrez encierra una teoría estilística, una ética y una filosofía de la indeterminación rigurosamente reglamentada al modo de la mítica Lotería de Babilonia borgiana. El ajedrez, para Barrett, es el exquisito equilibrio entre el razonar inflexible y la flexibilidad de la iniciativa personal espontánea. Es a un tiempo lírico y dialéctico. Profundamente elegante, como un tema de Bach. Soberano como un soneto. El ajedrez, para Barrett, no es un juego, en el sentido de diversión frívola y secundaria que solemos dar al juego, sino un fetiche sagrado que los dioses legaron a los hombres como guía para el comportamiento diestro en la aventura de la vida, antes de su retirada. El jugador de ajedrez es una suerte de pintor, no sólo por su memoria visual, sino porque sus movimientos trazan el cuadro inasible de la armonía entre la inteligencia y la fortuna. Todo un cosmos de paradoja y maravilla. Considerando que excede radicalmente los límites del entendimiento humano, a cuya naturaleza la suya es contraria, encierra en su tablero los enigmas de la divinidad. No, no es Nabokov, ni tampoco Thomas Mann, quien así habla, ni siquiera Novalis, que quería fusionar la lógica con la música para conseguir el arte perfecto, sino Rafael Barrett, el español rubio de apellido inglés que aparece en aquel cuento de Pío Baroja que trata de un mundo numinoso anterior a la ciencia –el de la telekinesis. Rendir hoy tributo a Barrett sería, acaso, elaborar una teoría poética ajedrecística, o, mejor, una constitución ajedrecística. No una constitución remanente de la tediosa relación contractual fundada en la conveniencia de la razón, como todos pretenden, sino una constitución que haga del puro azar, de la sagrada y misteriosa indeterminación de lo lúdico, el principio regulador de la sociedad y de la historia, no para alcanzar, obviamente, una vida más justa o más segura, pero sí una existencia más intensa, más satisfactoria, más peligrosa –recordemos la prescripción nietzscheana-, y quizá, y sobre todo, más divertida. Y, a propósito de lo divertido, conviene decir algunas palabras sobre la vida de Barrett, y no sólo sobre su obra. La asociación de ideas no se debe a que hablar de la vida de cualquiera sea divertido, sino a que la vida de Barrett lo fue –entendiéndose, por supuesto, lo divertido no en el frívolo sentido usual, sino como un concepto que no excluye lo trágico, más sí el tedio del vacío-. Barrett aparece por primera vez en nuestro escenario mental cuando, ofendido por un tal Azopardo, nuestro escritor, a fuer de caballero -no en vano es hijo de un caballero e la Corona de Inglaterra y de doña Carmen Álvarez de Toledo, parienta directa del duque de Alba-, lo desafía a un duelo para lavar su honra. Indignamente, Azopardo convoca a un tribunal de honor para impedir el encuentro, y lo consigue: el tribunal, presidido por el duque de Arión, descalifica a Barrett acusándolo de pederasta. El jueves 24 de marzo de 1902, la sociedad elegante de Madrid se reunía en el Circo de Parish para asistir a la función de gala. Ante el estupor de los presentes, Barrett golpea ferozmente al duque de Arión con un bastón que blande en la diestra, mientras en la otra mano agita los certificados médicos que demuestran que la acusación del tribunal fue una calumnia. Al día siguiente, viernes, todos los diarios madrileños publican el escándalo, y Barrett pasa una breve temporada en la Cárcel Modelo. A su salida, al conocerse la existencia de los citados certificados, se producen apasionados debates en la prensa y la opinión pública obliga al tribunal a reunirse de nuevo. Pero éste mantiene su sentencia. Meses después, Barrett volverá a ocupar las primeras planas, esta vez como suicida: “El joven Barrett se ha suicidado”, proclama un diario del 16 de noviembre, y los demás se hacen eco de la noticia. Algo más tarde, nuevamente los diarios se ocuparán de Barrett, esta vez con el tema del “suicidio desmentido”. En fin, un sonado, espectacular comienzo para una vida aventurera. Aunque, si hemos de remitirnos al comienzo, fuerza es hablar del nacimiento de Barrett. Como buen inglés, su padre quiso que él también lo fuera, y, como en el momento del parto él y su esposa estaban en España, llevó a su señora a una islita del Cantábrico, donde, en presencia del embajador de Inglaterra, izó la bandera de su país para levantar el acta de nacimiento. Estrategia patriótica merced a la cual el niño, que se educaría en los mejores colegios y viajaría por toda Europa, nació como súbdito del Imperio Británico. Lo cual no le impediría formar parte, en sus inicios, del castizo mundillo de la intelectualidad y la bohemia del Madrid de sus años mozos. Que fue amigo de Valle-Inclán nos consta por los testimonios que señalan que éste, a su paso por Paraguay en 1910, intentó encontrar a Barrett y manifestó grandes deseos de volver a verlo después de tanto tiempo. Barrett, empero, no se encontró con su viejo camarada, sino con su propio y prematuro final: hacía tres semanas que había partido con rumbo a Montevideo, desde donde, casi desahuciado ya, viajaría hasta Francia en busca de un auxilio médico que resultó tardío. A propósito de Valle, fue, por otra parte, precisamente el hombre que en el curso de una reyerta le convirtió en el segundo manco ilustre de las letras españolas, Manuel Bueno, quien nos legaría uno de los pocos retratos que quedan de Barrett, a quien hace protagonista de su cuento El deshonor (1918). ¿Qué trajo a Barrett por estas tierras? Se ignora. El afán de aventura, podemos presumir. Que Barrett amaba el riesgo y la incertidumbre, síntomas de libertad en la vida y en el pensamiento, es evidente. Vienen en auxilio nuestro, por ejemplo, los testimonios de su hijo, Alex, quien no vacila en hablar del carácter de dandy y de aventurero de su padre, y de su vida de emociones intensas, en la que consumió su fortuna, señalando además, no sin orgullo, que Barrett, como espadachín, se contaba desde muy joven entre los más diestros, y que tenía en su haber muchos lances de honor. Fuera lo que fuese lo que trajo a Barrett hasta América, pronto adquirió reputación como articulista, publicando primeramente en El Español, del cual saldría, una vez más, de forma harto novelesca. Sucedía que, dado su prestigio, sus artículos no eran revisados n corregidos por nadie, pasando directamente de sus manos al linotipo. Pero un día el editor, caminando hacia su casa al salir de la oficina, leyó para distraerse el artículo de Barrett de aquel día. Aquello era escandaloso: Barrett describía Buenos Aires de madrugada, solazándose en la pelea entre un perro y un mendigo por el trofeo de un poco de basura. Nuestro hombre regresó rápidamente al diario y, encontrando a Barrett en la puerta, le apostrofó con violencia, recibiendo la rápida respuesta de un golpazo de oso que le hizo dar con sus huesos en el medio de la calle. El señorito madrileño se había pasado, decididamente, al bando de la subversión. Respecto a estas rebeldías de insurrecto, nada más encantador que el dictamen de su amigo Viriato Díaz Pérez, quien lo conoció en nuestro país: “El gomoso de Madrid, aquí en el Paraguay, sin que se pueda decir cómo ni por qué evoluciones, había devenido apóstol de la masa oprimida”. Y añade más abajo: “Alentaba a los obreros, les dirigía la palabra y los defendía con toda la energía que le era permitido a quien apenas tenía ya la necesaria para vivir”. Que no era poca, si prestamos oídos a la memoria de su compañera, doña Francisca López Maíz de Barrett, quien cuenta, por ejemplo, que, en plena revolución, vino a dar al Paraguay, según sus propias palabras, “por ver si encuentro la bala que me mate”. La viuda de Barrett recuerda, en un breve texto del 61, la existencia pendenciera y aguerrida del hombre irreductible que la amó, y sentencia: “Si Rafael existiese, ya lo hubieran encerrado en una cárcel”. Al parecer, Barrett hubiera podido decir con Nietzsche: “Yo no soy un hombre, soy dinamita”. Dicho sea de paso, el temperamento honesto e impaciente de Barrett formó en él un estilo literario en consonancia con su vida y desprovisto de farsas, nieblas, veladuras y pedanterías que empañasen la energía y la mordacidad de sus ideas. Recordemos que él señala que, en lo referente a la noción de “intelectual”, la semántica, como casi siempre, no coincide con la etimología. Se entiende por intelectual no al que hace uso de su intelecto (¿quién no pertenecería a esta especie, dicho sea de paso, de ser así? De ser intelectuales se salvarían sólo los hongos, las piedras y unos cuantos más), sino al que hace uso e él de un modo específico. ¿De qué modo? Aquí viene lo vago e incierto. Y Barrett nos recomienda que, si no queremos dejar de ser considerados intelectuales, no hablemos claro. Hora va siendo de llegar al nada feliz final: Barrett morirá a los 34 años en Francia. Se conserva una postal que alguna vez, seguramente en un viaje, le enviara a su “menuda”, a doña Francisca: el dibujo de un puñado de rosas de imprenta y, al lado, unas líneas manuscritas: “Le mando estas flores, que no se marchitarán nunca, porque son de mentira”. La vida –la verdad- terminó un 17 de diciembre de 1910, a las cuatro de la tarde, entre las nieblas de Arcanchón. Nos queda la magnífica mentira duradera de la obra, una mentira llena de verdades. Nos queda el escritor de artículos asunceños eternamente impagos, el condenado a muerte (pero, ¿alguien no lo está?), el de la lúgubre enfermedad, el tuberculoso que definiera la enfermedad como “la salud de los microbios”, definición que citara Pitigrilli en su Diccionario de la sinceridad, el literato que se sintiera próximo a los matemáticos por no poseer más arma que un lápiz, el crítico implacable de la “poesía de meeting” y defensor de la “poesía de cámara”, el intercesor entre las razas de San Bernardino, en fin, el óptico (“oh, le pouvoir de les yeux!”), el apologeta absurdo de la libertad a pesar de la entropía, Rafael Barrett, el ideóforo. “Altanero –lo describe Viriato Díaz-Pérez-, mordaz, valiente y amigo de aventuras, generoso, más aún, pródigo; sin la menor inquietud por el mañana; tenorio y polemista, siempre en pendencias y duelos, protector de desvalidos, y quijote perpetuo”. Qué más decir sobre Barrett. Sincero y valiente como nuestros héroes de la infancia, y, como ellos, prematuramente muerto después de una existencia aventurera que lo desdeñó todo salvo el honor. Irónico esteta, dandy divertido y despilfarrador, gomoso calavera y heroicamente bohemio como los modelos de nuestra adolescencia y juventud, y, como ellos, irreductible, acaso intempestivo. Barrett fue y es también, además de la vida, el pensamiento sutil, revelador, sugestivo, pero también brillante, aguerrido, paradójico, el pensamiento como un reguero de pólvora que ilumina la noche y puede hacerla volar en mil pedazos. Un hombre que no se sometió ni en la obra ni en la vida, un hombre que supo mantener la distancia frente a las modas y los ismos, es decir, un hombre inclasificable para los académicos, un hombre que manejó la pluma como la espada, y, en primer lugar, y desde todo punto de vista, un hombre peligroso.
MONTSERRAT ÁLVAREZ/Cristino Bogado

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