martes, 6 de marzo de 2007

El bigote

El bigote de Nietzsche en un ropavejero de Calcuta

«El bigote de Stalin encontrado
en un ropavejero de Calcuta.»
Accidents Polipoètics, «De aquí y de allá»,
Ten years after, G3G Records, Barcelona, 1999.


El bigote del Gran Hermano no es el de Stalin sino el de Nietzsche. Nietzsche. El mismo que, como una señorita hipersensible, se oculta bajo la pollera de Rohde ante los ataques del que después será reconocido como princeps philologorum, Wilamowitz. El que saquea a Novalis, Creuzer, Schelling y Schegel, a quienes después tachará de resentidos, enfermos hasta los tuétanos y nihilistas pasivos. El misógino, el aristócrata del espíritu, el que nunca cita a autores judíos, el gurú del siglo XX. El profeta delirante de un mesiánico Zarathustra que ya ha llegado pero al que nadie ha reconocido aún. El padre de la Gran Política, la de los Borgia (la del Soberano que se sitúa más allá del bien y del mal, cruel y sanguinario, entronizado por personajes como su maestro Burckhardt y el conde de Gobineau), la del que descansa la mano en el corazón, la del devenir del Kapital que se hamaca sin Ariadna en la red rizomática del eterno retorno (fuerza de trabajo-dinero-mercancía ad infinitum). ¿Cuántos alumnos tuvo su Sócrates y la tragedia? Bingo, respuesta correcta: ninguno. El legitimador de mediocridades como Taine (porque éste no tuvo mejor idea que mandarle flores por culpa de un texto intempestivo). El dionisiaco que se creía loco, maldito y underground porque simplemente perdía la sobriedad de la moralidad de los esclavos y chandalas bajándole drogas permitidas y prescritas por la entonces incipiente farmacocracia: cloral. Por supuesto, la cerveza es cosa de intelectuales taberneros, y la amanita muscaria y el cornezuelo del centeno aún no habían sido relacionados con los misterios eleusinos. El vitalista teórico, que hurta el cuerpo a los enteógenos en general, asceta en el fondo, que alcanza el estado de estupor del rapto con la tortura del cuerpo y, a la vez, con la sobriedad del cerebro ante los entes psicoactivos, como sucede en el caso de los yoguis canónicos. El melómano desmelenado que nunca abandonó las rejillas de la pauta. ¿No existía acaso la música árabe en el siglo XIX, y no era merecedora de que un dionisiaco la promocionara ante unos europeos pasmados por la música de Wagner? Sin embargo, al parecer, los árabes existían: Delacroix, por ejemplo, los pintó. Nietzsche despreciaba a los románticos, pero ellos eran capaces de ver algo más allá de las fronteras de Europa. No obstante, como lo demuestra el silencio eterno del Laocoonte, a la pintura y a la escultura les está vedada la manifestación de esa «forma pura de la intuición sensible», el tiempo. No hubiera sido superfluo, pues, hablar un poco de su música. Pero Nietzsche sólo tenía ojos para Grecia, la prehelénica. El asunto de fondo en realidad no era lo dionisiaco: de lo que se trataba en primer lugar era de relacionar esa aurora de la humanidad, la del mundo griego anterior a la decadencia socrática, con el renacimiento de ese esplendor antiguo, de esa fuerza primigenia, en la ópera wagneriana y, por extensión, en el mundo alemán, de forma pareja a lo que más tarde, aunque ya no recurriendo a la música, sino al lenguaje, haría Heidegger al afirmar que el griego y el alemán eran las lenguas más aptas para la filosofía. De cualquier manera, cualquiera puede percibir que lo dionisiaco guarda mucha más relación con culturas ágrafas, como la correspondiente al chamanismo sibero-americano, o como la de los árabes del Magreb, que con la Alemania de Wagner. Pero, claro, como se dijo ya, Nietzsche estaba bajo el embrujo de Grecia. La Grecia de la «Lineal A», escritura que, por cierto, ningún filólogo clásico, como lo fuera él mismo, ha podido descifrar todavía, llamativamente. Entonces, de griego, en sentido estricto, nada. ¿Dionisio era oriundo de Creta o de Tracia? De Creta, digamos, pues el nativo de Tracia, hoy Rumania, era Zalmoxis, iatromante en la línea de un Pitágoras, reformador religioso que terminó divinizado, convertido en uno más de esos dioses que mueren y renacen como Dyonisos, pero un Dyonisos vegetariano.
Nietzsche. La momia que pasea su ecce hominidad como un Galileo incomprendido de la filosofía, ahora perfectamente maquillado, por los pasillos académicos de París o de Madrid. El lector del Quixote en sus momentos de desfallecimiento (otra deuda no reconocida con la gente del Athenäum, pues fue von Tieck quien tradujo la más célebre obra cervantina; a no ser que Nietzsche hubiera aprendido secretamente el idioma español). El hoy filósofo ilustre y venerado por los académicos, ya no por los nazis o los fascistas. El poeta de muy malos versos (por lo menos en las traiciones de sus traductores españoles, Sánchez Pascual y Ovejero y Maury). El peregrino que acude a Nápoles para rendir veneración a san Genaro. El genial inventor de la muerte de dios, después de Hegel y de Jean Paul, claro. Otra vez sale a su paso esa caterva de románticos que tanto detestaba. La genealogía, dicen, es su gran legado para sus pocos lectores atentos y desapasionados: es el padre de la arqueología foucaultiana, de la desconstrucción heidegeriano-derridiana, de la genealogía benjaminiana. Pero, atención, un detalle: El Anticristo sólo cita la Biblia en griego, pasando por alto todos los dolores de cabeza que sufrieron los exegetas, comentadores, rabinos, alegoristas, filósofos, cabalistas, al tratar de acomodar el qere y el ketib (disculpen la ausencia de coronas, pero las fuentes de mi programa contemplan grafías griegas y latinas y ello no obstante carecen de esas típicas tildes arábigo-judaicas), lo que «debe ser leído» y el «cómo está escrito», la ordalía de rellenar las lagunas entre las consonantes ebraycas y sus posibles vocalizaciones. El famoso idiota de Cristo, ¿cómo se escribe en hebreo bíblico o en la versión aramea? ¿Qué dicen al respecto el Targum palestinense, Maimónides, Rasi, Abrabanel o el Zohar? De todos modos, dirán ustedes, qué importa todo eso si El nuevo testamento es básicamente una narración griega, un metarrelato que utiliza como hipotextos parasitarios mitologías de Judá e Israel, a partir de un sustrato hebreo que funciona como simple excusa narratológica.
Bueno, en ese caso pisemos terreno más seguro y firme. Nietzsche. El maestro del aforismo, del discurso inconcluso, fragmentario, asistemático, poético, antimetafísico, el precursor de Bloy, Létaud, Valéry, Rozanov, Simmel, Hofmansthal, Benjamin, Benn, Wittgenstein, Jünger, Braque, Krishnamurti, Cage, María Zambrano, Cioran, Jankelevich. ¿Y qué se supone que hacían Montaigne, Pascal, Hamann, Jacobi, Lichtenberg, los moralistas franceses y sus anexos, Novalis, Leopardi, Constant, los románticos alemanes, Goethe, Schopenhauer, Kierkegaard, para no remontarnos a los clásicos de la filosofía griega, a los fragmentos literales de los inexcusables presocráticos editados por Diels-Kranz, de los líricos arcaicos, de los Siete Sabios, de los órficos, de Epicuro, del Corpus hermeticum, de los Oráculos caldeos, de Pitágoras, del Pseudo-Empédocles, del Pseudo-Plutarco, del Pseudo-Aristóteles, del Pseudo-Platón, del Pseudo-Heráclito, de Hegesías, o bien a los taoístas, o a Marco Aurelio, etcétera, etcétera?
Es sabido que tres son o fueron las interpretaciones clásicas de Aristóteles en la Edad Media: la de Alejandro de Afrodisia, la de Averroes y la de Tomás. Nietzsche, que es una especie de Aristóteles (en cuanto a autoridad, no en cuanto a espíritu o estilo —aunque alguien podría estudiar alguna vez la posible conexión, más allá de las cercanías superficiales, entre el übermensch nietzscheano y la megalopsychia aristotélica—) de la modernidad inconclusa o de la posmodernidad, tiene más interpretaciones clásicas que las que una mano puede contar. Tenemos la de Vattimo, que es como la de un Heidegger que se hubiera cruzado con un Marcuse vuelto patas arriba; tenemos la de Heidegger, que es nazi; tenemos la de Klossowski, que es pura mística teresiana; tenemos la de Bataille, que es hegeliano-dialéctico-negativa y sádico-antropológica; existe por ahí incluso alguna lectura jesuítico-cristiana; tenemos la de Deleuze, que es deleuziana, es decir, sesentayochista, rizomática, vitalista-positiva; tenemos la de Fink, que es esencialmente lúdica; tenemos la de Vaihinger, que es «como si» Kant alucinara, «como si» quisiera convertir a Nietzsche en Kant, o viceversa; tenemos la de Jaspers, que es existencialista, varada en el fracaso y la inconclusividad; tenemos la de Palante, anárquica, intimista... Tenemos la de Adorno (recordemos, a propósito, su libro de aforismos y notas sueltas Minima Moralia) y Horkheimer, su denuncia de la razón instrumental, su miedo a todo tipo de síntesis; tenemos la de Habermas, según la cual el polaco es un heredero directo de los ardores de un romanticismo redivivo en una época en la que lo irracional, la hybris, la voluntad de poder ya no asombran, por su presencia omnímoda, asfixiante y cotidiana... El Nietzsche de Gombrowicz[1], que aúna los nervios de Shelley, el estómago de Carlyle y el alma de una damisela.
Tenemos la de Ricoeur, quien ve en Nietzsche a uno de los maestros de la sospecha, a una especie de híbrido de Sherlock Holmes y algún cabalista paranoico cuyos textos esconden tras su faz visible, patente o exotérica una verdad más profunda e invisible, esotérica y latente. Y, dicho sea de paso, el francés demuestra mucho ingenio al hermanarlo con el judío Freud, pues la hermenéutica de este último, que busca lo escondido detrás de lo manifiesto, es claramente heredera de la exégesis bíblica de los hebreos de al-Ándalus. Pues también este otro epíteto —Nietzsche, el maestro de la sospecha— muestra las flaquezas de su presunta originalidad cuando nos remontamos a esta vieja tradición judía.
Pero, ya que hemos caído en esta materia, es preciso reconocer que el antisemitismo de Nietzsche, como, por ejemplo, el de Céline, es un antisemitismo alturado, filosófico, bien argumentado, no rastreramente populista, buscador de chivos expiatorios, primario y bestial como el de los nazis. El texto clave está en El origen de la tragedia, en el pasaje en el cual compara, valorando positivamente a uno y negativamente al otro, dos escritos fundamentales correspondientes a sendas cosmovisiones: por un lado, el relato, contenido en el Génesis bíblico, de la expulsión del Paraíso de Adán y Eva como castigo por el delito de la desobediencia; por otro, la historia del robo del fuego de los dioses por parte del titán Prometeo, en Esquilo, para los griegos. La transgresión, en el mito hebreo, es fruto de la debilidad, porque resulta de haber cedido al engaño de la serpiente tentadora, mientras que en el mito griego la transgresión obedece a una decisión libre fruto del propio arbitrio, es decir que nace, por el contrario, de la fortaleza. La voluntad fuerte, activa y orgullosa del mundo pagano contra la voluntad pasiva y medrosa del mundo semita. Nuevamente, fascinación exclusiva y excluyente de Nietzsche por la cultura griega. Si repara en la judía, ello se debe meramente a que ésta, en su circunstancia histórica particular, posee una innegable importancia, dado el predominio de la mentalidad cristiana en Occidente y dado que el cristianismo no es sino, a fin de cuentas, una herejía del judaísmo fuertemente arraigada en Europa. Si el poder de marcar su impronta en las ideas de la época hubiera estado en manos de los árabes, de los turco-mongoles o de los guaraníes, hubiera atacado de igual manera y con la misma furia de partisano, cometiendo igualmente actos de terrorismo teórico contra ella, su civilización. Recordemos, por ejemplo, su percepción negativa de la cultura budista, tan diversa de la que de ella tuviera su maestro Schopenhauer. (Empero, quizá llegó a coquetear con el sistema de castas de la religión brahmánica, pero no disponemos de demasiados datos al respecto. Además, hay que tener en cuenta que, al menos según la mitología pergeñada por los lingüistas alemanes de comienzos del siglo XIX, los indostánicos eran arios[2], al igual que los zoroástricos o parsis, de los que tomó en préstamo a su inspirado profeta, Zarathustra, de manera que el dualismo ario-semítico de Nietzsche, al menos en lo tocante al lenguaje y la cultura —no incurre en la vulgaridad del racismo propiamente dicho, es decir, del referido a caracteres físicos o biológicos—, queda intacto).
Niet («no», en ruso), el dionisiaco Nietzsche terminó aliándose, en la vieja disputa, con los no bebedores de vino, con los hidropotai, al sentar las bases metodológicas de la gestación de sus ideas con la famosa frase «las ideas vienen caminando». Estos hidropotai, efectivamente, no recurrían a ningún agente externo al cerebro del yo, único autor, centro infundible, motor inmóvil, sol alrededor del cual giraban sus creaciones, dueño exclusivo de sus partos. Rechazaban la posesión de cualquier tipo, aborrecían el endiosamiento vitivinícola, el espasmo aleatorio e ingobernable producido por una fuerza externa. Sus rivales en esta lejana y aún actual polémica, los oinopotai, en cambio, gozaban de perderse entre las volutas del vino y otras drogas, de ceder su imaginación razonada a los vaivenes del azar, de levitar por sobre el suelo que se abría bajo sus pies para ceder al maelstrón de las ideas... Nietzsche[3] forma el club de los creadores sobrios junto a Flaubert y a casi todos los escritores profesionales que consagran metódicamente a la creación el lapso de 8 AM a 5 PM de nuestro cronometrado tiempo y no son sino los continuadores inconscientes de los primitivos polemistas que fueron Calímaco y Teócrito (v. gr., Pérez Reverte, Vargas Llosa, etc.). Sus contrincantes más conspicuos se llaman Marco Aurelio, Paracelso, Coleridge, Novalis, de Quincey, William James, Jünger, Kesey, Pynchon..., seguidores de Arquíloco, Alceo, Anacreonte, Esquilo, Epicarmo, Simónides, entre otros.
Para ser absolutamente nietzscheanos deberíamos terminar aquí, abruptamente, sin pretender redondear las ideas expuestas en esta prolija parrafada, en esta divagación frívola, festiva y farragosa. Pero es necesario aclarar que las dinamitas han sido colocadas contra el Nietzsche académico, aburguesado, adecentado, vendido ahora a plena luz del día, totalmente manumitido de su antigua y deliciosa censura de escritor no reconocido ni mucho menos reinterpretado y que habitaba la clandestinidad del mercado negro de las ideas. Aquel Nietzsche todavía no gastado de nuestra primera juventud, tan políticamente incorrecto, tan zafado, tan enemigo de los socialistas, aquel Nietzsche que un lector ingenuo, sin tanto aparato crítico-bibliográfico, podía encontrar aún en toda su frescura. Es como si la paranoia última que vive agazapada, como un potencial Gran Hermano que incuba pletóricamente feliz, entre las neuronas de todo mejorador de ideas radicales, hubiera terminado por imponer la certeza de que la filosofía debe buscar ante todo la decencia, la presentabilidad, la cortesía, las buenas maneras, y no la peligrosidad. En este punto, la filosofía toca sus propios límites. «Te bendecimos como filosofía[4] digna de tal nombre justo cuando ya has dejado de ser peligrosa», parecen decir cuantos hacen del corpus nietzscheano la materia de una nueva escolástica y la Biblia del pensamiento oficial de estos días paradójicos en los que, pese a que, quien más, quien menos, todos se sienten con derecho a reclamarse sus discípulos y los alumnos aplicados lo conocen de memoria, Nietzsche parece estar ausente incluso de sí mismo.



Cristino Bogado
[1]«Nietzsche no era un filósofo en sentido estricto: escribía aforismos, anotaciones. Para comprender a Nietzsche hace falta comprender una idea tan sencilla como la de la producción vacuna. Un productor de vacas intentará mejorar la especie de tal manera que deje morir a las vacas más débiles y conserve para la reproducción a las vacas y toros más fuertes. Toda la moralidad nietzscheana encuentra aquí su base. La especie humana es como todas las demás, mejora mediante la lucha y la selección natural hecha por la vida misma... El Eterno Retorno. Es una idea ingenua y superada, porque la idea de causalidad actúa sólo en el mundo fenomenológico; puede servir para la ciencia y puede ser verificada por la experiencia, pero está limitada por nuestros medios de percepción... La especie humana es como todas las demás, mejora mediante la lucha y la selección natural hecha por la vida misma... Para Nietzsche la vida no es buena, pero estamos condenados a la vida. Esto conduce a paradojas, como, por ejemplo, su admiración por la crueldad, la dureza (sin misericordia), o por el látigo y las armas. Una filosofía «militar»... (Idea estúpida.) El ideal del superhombre. El hombre es un fenómeno pasajero que tiene que ser superado. El hombre es, pues, problemático. Es un puente, no un fin en sí. Su concepción del hombre: no somos otra cosa que un medio para llegar a un ser superior. Ahora bien, el amor y la devoción hacia este hombre futuro, el superhombre, son más importantes que el amor al prójimo...» Curso de filosofía en seis horas y cuarto, Tusquets Editores, Barcelona, 2001, 3ª edición, pp. 52 y ss.

[2] La conexión entre Grecia y la India ha continuado sin mayores escrúpulos en el siglo XX. Mencionemos el libro de Alain Daniélou Shiva y Dionysos, París, 1979 (la relación entre el shivaísmo y el culto dionisíaco fue puesta sobre el tapete en especial en relación con la leyenda de Alejandro, que había llegado a Nisa, ciudad sagrada de la India, que los conquistadores griegos asociaron al culto de Dionysos. Común a ambos dioses son los cantos y danzas parecidos a bacanales, las procesiones eróticas, el uso de hierbas y otras plantas simbólicas además de la vid, las borracheras rituales, etc.). Otro ejemplo famoso en esa dirección hermanadora de las mitologías griega e hindú, donde incluso se habla de lo indoeuropeo, es el libro de G. Dumézil Ouranos-Varuna, París, 1934.
[3] Giorgio Colli, Después de Nietzsche, Anagrama, Barcelona, 1984.
[4] La misma secuencia degenerativa que se observa en el caso de la consolidación de un nombre para la academia (el Nietzsche vuelto «oficial» e hito de la filosofía última) paralelamente al «adecentamiento» o al «desbastamiento» del referente (las ideas de Nietzsche), es apreciable en el caso parejo de la consolidación de una disciplina (la antropología) paralelamente a la desaparición de su referente u objeto de estudio (las sociedades “primitivas”). Este último caso fue señalado por Baudrillard en La seducción, Planeta, Buenos Aires, 1993.

2 comentarios:

Tzarel dijo...

Kuruguay, este artículo, contiene el espíritu corajudo de los pensadores que hacen de sus vidas, una aventura en la que el acto de filosofar les acerca más a la cotidiana existencia, en un impulso vitalista, dàndole una pasada de vuelta a los pesares.

Saludos tzarelianos.

kurubeta dijo...

Danke, Tzare, veré la otra semana que cambios puedo hacer en el diseño.