jueves, 1 de marzo de 2007

Texto presentado en las Jornadas Nietzsche-Derrida

Frente a ustedes, ante ustedes, antes que ustedes, voy a realizar un acto claramente performativo, o mejor, en la claridad en que la perfomance de lo performativo suele darse: voy a realizar un plagio. Lo que voy a plagiar (o sea, la promesa de mi plagio) será algo lo suficientemente problemático como para discutir sobre su especificidad, debatir sobre su realidad objetiva: voy a plagiar un estilo. El reconocido autor franco-maghrebí Jaques Derrida, nombre bajo el cual se encuentran pronunciadas todas estas palabras, todas nuestras palabras, ante todo-antes que todo, tiene un estilo, un gesto escriturario claramente reconocible que hace que mi texto, o mejor, mis palabras sean ya derridianas antes de que yo lo hubiera hecho explícito; teniendo, en alguna medida, la marca de un Género.Este Género (en tanto Género, en tanto correspondencia, en tanto identico a si mismo en cada presentación, en cada puesta en escena) incumbe al uso de determinados términos, a la postulación de giros reconocibles, al arribo de conclusiones que en alguna medida plantean problemas similares: tal como lo dijimos, marcas. Esto, al menos, es lo que la noción de Género presupone en un contexto de lectura que lo entiende de esta manera, un contexto de lectura- o, para ser más específicos, un modo de lectura- que lee esta identidad. Así, nos encontramos con cuentos de terror, novelas de misterio, libros de filosofía, etc. La marca de marcas del Género, la archi-huella genérica, sera quizás el uso específico que tiene en este modo de lectura la presencia del genitivo: esto es algo que en el castellano se pierde, que en el francés se silencia, quizás en alemán, mediante el uso de la expresión Die Bücher der Philosophie, se pueda observar con mayor claridad. Condición de una lectura condicionada: el título del Género, la presencia de ese genitivo –que en el español es un sintagma encabezado por la preposición de, un modificador indirecto de un sintagma nominal- genera en el lector un particular modo de lectura dentro de este modo de lectura, induciendolo a rastrear estas marcas o huellas de pertenencia a lo largo del Texto en cuestión.La filosofía, entonces, se actualiza en tanto Género en un libro o Texto particular, un libro al que se adhiere un modificador indirecto que señala una pertenencia, regulando así la manera en que el Texto se da al lector en cada lectura particular, en la disposición de ese Texto en un mercado editorial, en un anaquel de una biblioteca, en un programa de contenidos de cualquier clase. Y digo se adhiere porque la función misma del sintagma supone una relación indirecta, una relación mediada por una preposición en el castellano, alterada por la presencia de un morfema específico en el alemán… En suma, una relación parasitaria por ser no-original, por enturbiar la pureza ideal del nombre Libro, tal vez de todo nombre. La Filosofía, en el sintagma libro de filosofía, ocupa así un lugar marginal: el lugar del Género.¿Desde donde es leído el Género a partir de este condicionamiento? El genitivo-genérico, expuesto anteriormente, opera como un llamado al lector, una indicación que releva performativamente ciertos significados por sobre otros, sugiriendo una organización particular de los elementos que el Texto va a presentar. Esas huellas, sin embargo, no abarcan sino parcialmente al concepto de Género que supone ese mismo modo de lectura. Tampoco es el Género ese genitivo-genérico que hallamos en los sintagmas legales-organizativos, como aquellos que rezan libro de Filosofía. Esa archi-huella que leemos, explícita o no, antes de abordar al Texto, es el rastro último de algo que no vamos a encontrar en él, es la despedida de algo que se esta yendo en el mismo momento en que comenzamos a leer: el Género. Cada huella, cada procedimiento de la diégesis señala pero no presenta o hace presente al Género… El giro lingüístico no cierra al Género porque este es siempre inabarcable, imposible de atrapar, huellas de una presa más rápida que nuestra lectura cazadora. Inicial o finalmente, el Género es leído desde su presencia ausente.¿Se fue o aún no ha llegado?, Como el personaje del fondo del cuadro de Velazques, el Género está en el borde de las escaleras, capturado en un momento en donde no se sabe si esta llegando o si se está yendo. Supongamos que aún no ha llegado, que esos procedimientos que operan como huellas son las marcas de algo que esta a punto de aparecer, la promesa de una próxima venida del Género. El Texto, entonces, se construye desde esta promesa, hilvana sus procedimientos con el fin de señalar la archi-huella que es el Genitivo-Genérico, quien a su vez señala la llegada de una presencia plena: La Filosofía, en nuestro consabido ejemplo de Libro de Filosofía. La diégesis es posible antes de que venga el Género.Sin embargo, hay una salvedad, una aclaración que no es posible expresar en castellano… Tal vez en francés, el Idioma de Francia, la lengua materna de Derrida: recuperemos el sintagma avant qu’il ne vienne, cuya imperfecta traducción al castellano sería antes de que venga. El ne, partícula que implica la presencia de una modalidad negativa en esta construcción lexicalizada, carece de significado, carece de valor: es una partícula cero. Aquí es en donde esta salvedad se encuentra, esta aclaración… Si para el Texto el Género debe ausentarse, no-presencia señalada por los procedimientos inicialmente reconocidos como genéricos; para el Género el Texto debe taparse, algo posible en la medida de un antes de que el Género no venga, avant qu’il ne vienne pas. Esa marca de modalidad negativa (pas) altera todo el significado de la construcción, convirtiendo la partícula cero ne en una partícula con valor negativo. Aclaro un sintagma confuso, confuso por siempre, indeterminable en cada momento: antes de que no venga es antes de que el Género se vaya, es el momento previo a que el Género se retire y se debata entre ese no regreso o no venida, antes de que sea una presencia diferida. Avant qu’il ne vienne, Ley del Texto, posibilidad del Texto; avant qu’il ne vienne pas, Ley del Género parafraseada, o sea, Género de la Ley del Género.Estos dos extremos, que se señalan mutuamente, al mismo tiempo se rechazan, produciendose cada uno a partir de un como si: el Texto aparece como si el Género no estuviera; el Género se piensa como si el Texto no hubiera sido posible, no hubiera invadido su pureza ideal con el accionar negativo de lo empírico, del acontecimiento. El Género aparece solo después del Texto, cuando el procedimiento innovador aún no clasificado es agrupado bajo este título administrativo: libro de Filosofía. Al mismo tiempo, el Texto solo es posible en la medida en que el Género lo organiza, indica las pautas de su aparición, indica el lugar vacío del anaquel de una biblioteca en donde debe aparecer, el mercado en donde debe surgir y, como mencionamos anteriormente, el modo particular en que debe ser leído. Pero esa lectura del Texto niega al Género en la medida en que sus procedimientos no alcanzan a ser una presencia plena, sino una huella; al igual que el Género niega al Texto cuando este no alcanza a ser un representante fiel de la presencia del primero: "X libro no alcanza el título de libro de filosofía". Esa negación intima transforma a la preposición de en un morfema negativo: libro de filosofía pasa a transformarse en libro de-filosofía, novela de terror en novela de-terror, etc. La de-filosofía desfilosofa el Texto de Filosofía, re-marca con las propias marcas del Género la pertenencia y la no-pertenencia simultanea del Texto a un título legislativo-organizativo. Y es aquí en donde aparece con fuerza aquella unidad mínima de esta ambiguedad que fuimos construyendo, unidad mínima del Texto, unidad mínima del Género: la Escritura.Solo en la Escritura es posible encontrar el movimiento doble de una afirmación y una negación, una imposibilidad y una posibilidad, una promesa de llegada o la huella de una despedida; solo en el límite de una grafía determinada surge la multiplicidad inabarcable de caminos que van del Género al Texto y viceversa. Cada procedimiento presentado por la Escritura depende entonces de una diferencia, o mejor, de una Differánce: una Escritura que en cada momento difiere de si misma y difiere a su vez del punto de llegada, difiriendo nuevamente de si y abordando a otro punto de llegada que es diferido una vez más, obligándonos a movernos de un lugar al otro, evitando la pasividad y recuperando ese conflicto no resuelto, ese diálogo con la ausencia que tanto Género como Texto establecen a través de la Escritura.En el límite de mi Texto, o de mi Discurso, aventuraré una afirmación: mi plagio ha sido posible bajo el dominio de un Genitivo Genérico: Jornadas de Jaques Derrida. Mi voz, que sería ahora mi escritura leída, ha exhibido las marcas casi cutáneas de un estilo, de una escritura anterior, de un Género. Mi voz, ahora si, es ante todo/antes que todo la promesa de una venida o el señalamiento de algo que acaba de irse, algo que se ha denominado Jaques Derrida… Lo que sea que eso signifique.
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