jueves, 26 de abril de 2007

1984, por Eduardo Barreto

“La guerra es paz” y “la ignorancia es fuerza” rezan los lemas del Partido, centro todopoderoso de Oceanía, lugar ¿imaginado? para relatar los hechos que transcurren en 1984, genial novela escrita en 1948 por George Orwell.
Mientras algunos sostienen que se encuadra dentro del estilo de la ciencia ficción, para otros 1984 no es más que una crítica social, no sólo anticipada sino que con licencia de permanecer plenamente vigente, como la violencia, la ambición y los abusos, facultades inherentes al ser humano a lo largo de la historia. Cito estas tres características de un lado, si se quiere, oscuro del hombre, para intentar radiografíar al tercero, en lo que se refiere al abuso de poder.
Winston Smith (según algunos, el nombre utilizado en directa alusión a Churchill, y el apellido por ser el más común entre los anglosajones) escuálido personaje principal, en quien recae la figura de un Mesías raquítico y con la sola facultad de retener aquello que el resto olvida. Él decide empezar a escribir su diario, hecho ya considerado subversivo en esta sociedad, en donde la inseminación artificial se antepone al sexo, donde honrar al ser omnipresente conocido como “Gran Hermano” es el único acto nacionalista que redime y la preocupación por depurar la lengua se hace insoportable en los encargados para tal efecto.
La novela, esta narración maniquea de cerca de 300 páginas (al menos esa es la cantidad que posee la edición con la que me topé, junto con un cuerpo tipográfico cercano a los 10 puntos), expone a todos los jugadores de este gran tablero, en el que el control de la lengua para dominar el pensamiento, sumado a la alteración de la información para pintar la realidad deseada por el Partido, es la constante.
“El Gran Hermano te vigila” es la frase casi apoteósica para expresar que cualquier habitante de este país narrado es observado por las numerosas telepantallas colocadas en cada uno de los rincones de este desolado paraje; en ellas, la imagen de un señor de grandes bigotes, cejas tupidas y mirada tan intimidante como voyeurista, vela por la consecución mecánica de cada una de las acciones de los habitantes. Para tal efecto, Orwell delinea minuciosamente los cinco Ministerios (especie de poderes de gobierno) encargados de tareas específicas; es así que se tiene al Ministerio de la Paz, que paradójicamente se encarga de las guerras, o el del Amor, que mantiene el orden y la legalidad; mientras que de la economía se encarga el Ministerio de la Abundancia, y para difundir las noticias y la educación a través de la fidelidad al Partido está el Ministerio de la Verdad. Winston, el protagonista, trabaja en este último y su principal tarea es manipular la realidad a través la adulteración de la veracidad de los hechos. Inventa héroes que no existen así como disfraza de aumento las reducciones de la ración diaria de chocolate para la población.
Todas las condiciones están dadas, en este paralelismo orwelliano de la realidad, para que resulte fácil a unos pocos la subyugación de las masas, haciendo un llamado a la violencia, a la negación de los sentimientos y a la corrupción como pilares para la sustentación de un partido, a través de una figura mediática cuya existencia es dudosa. ¿Les suena familiar?...
El mito del Elegido se deja entrever en la figura de Winston, que parece asomar entre la multitud como alguien a quien no le gusta lo que sucede, aunque por momentos reflexione si su realidad es la misma realidad que él hace y deshace en pro de los objetivos del Ingsoc (contracción de Socialismo Inglés, cuyo emblema es una V roja sobre la que se asientan las siglas).
Orwell nació en la India, pero se paseó por una Europa en donde el abuso de la política imperialista y las guerras llevadas adelante por franquistas y nazis, evidenciaron las ansias de dominar a las masas, que corrían en pos de la propaganda de turno.
Espías, Policía del Pensamiento y aquella que fingió amarlo
En 1984 ni los niños se salvan de la opresión. Ésta es tan eficaz que hasta los más pequeños forman una estirpe denominada “los Espías” y a quienes se les educa para poseer una fidelidad y un convencimiento recalcitrante a favor del Ingsoc. Cualquier actuación dubitativa de sus padres es razón más que suficiente para que ellos mismos los denuncien a la Policía del Pensamiento, fuerza que se encarga de quienes demuestran no estar en sintonía con la doctrina, y cuyos principales castigos son la reinserción del criminalmental (denominación de la neolengua para este tipo de delicuentes) o su simple desaparición del sistema, no dándoles muerte por algún medio, sino sencillamente definir que nunca existió.
Julia, protagonista femenina, con quien Winston mantiene sexo, uno de los crímenes más aberrantes para el Partido, es quien evidencia la dualidad y el nivel de lavado de cerebro del poder supremo, que ha estirado sus garras hasta imponer cuánto sentir, en qué forma hacerlo y con quién.
El proletariado no entra dentro de los dominios del Gran Hermano, es como una fuerza sin importancia que se sitúa en las inmediaciones, y para quienes los funcionarios más corruptos producen pornografía en su afán de corromper. Winston recorre la zona donde se encuentra esta clase desfavorecida y en un momento de la novela reflexiona: “Hasta haber adquirido conciencia no se rebelarán y no pueden adquirirla sin rebelarse antes”. Es lo que consigue escribir en su diario.
Para quienes buscan un final feliz, esta novela no proporciona este tipo de desenlaces. Va más acorde a la realidad humana de flaquear ante tanto dolor, profundizado a través de torturas y metidas de dedos en las llagas, y con la evidencia fatal de que “una sola golondrina no hace primavera” como dice el refrán.
1984 visto desde el cine
En la versión cinematográfica, Michael Radford, el director, se centra en actuaciones introspectivas, preparando un escenario más que propicio para realizar un buceo en el accionar de cada personaje y seguir así fielmente el aire que se respira en la novela.
John Hurt personifica a un Winston preocupado, inquietante y desesperado por no ser parte de la gran farsa, mientras que O’Brien, mentor y verdugo de Winston, es llevado magistralmente por un Richard Burton en su último papel cinematográfico.
Una vez más la información es pieza crucial que basamenta este poder, que si bien se sitúa en un futuro lejano de la época, solo presenta a la telepantallas como verdaderas innovaciones en materia tecnológica. Lo restante de la ambientación es húmedo, oscuro y con objetos como muebles, edificios y uniformes de un aspecto vetusto, que delata que se trata de un mundo no felizmente futurista, sino oprimido.
La escena de la tortura, en donde se observa a Winston sentado en una especie de silla eléctrica, con un bozal-jaula que contiene dos ratas hambrientas, es quizás la más escalofriante y angustiante de la película.
La iluminación juega un papel preponderante en transmitir lo lúgubre de las habitaciones del Ministerio de la Verdad, las ansias de libertad (condensadas en un hermosa pradera verde insoportable en las visiones de Winston) o el fervor político/religioso, presente en una gran parroquia con pantalla grande, donde se rinde culto al “Gran Hermano” con los dos minutos de odio diarios.
Hoy, el concepto de “Gran Hermano” ha sido resignificado (y quizás para el lado de los tomates), respecto a su tarea omnipresente de espiar a todos, como tema central de los reality shows, justamente iniciados en Londres y extendidos a todo el mundo. Aquí ya no se observa un pueblo oprimido, sino a un montón de oportunistas tratando de realizar estrategias pensadas para sacar a mengano y sultano de la casa, o de la isla, o de donde sea. Resignificación errada, mercantil y más que alejada del verdadero valor que representa este personaje virtual en 1984.
Como nos toca a nosotros
Toda nuestra historia es, y sigue siendo, un 1984 en pleno siglo XXI, donde el poder sigue oprimiendo desde todos los ámbitos, con un sistema en donde las necesidades básicas permanecen insatisfechas, exportando pobreza a Europa o permitiendo una epidemia por desidia sanitaria.
Este conjunto de vicios del poder es justamente el leitmotiv principal de esta novela, que no es una premonición ni un Julio Verne duplicado. Orwell jugó con eso cíclico que tenemos los humanos de repetirnos, tanto a nosotros como a nuestros errores; con esa predecible compulsión por poseer, más que ser, por sobresalir a como dé lugar; por maquiavélicamente ver en el otro a un medio y no a un fin.
Junto con Un Mundo feliz, de Huxley (quien fuera profesor de francés de Orwell), y Fahrenheit 451 de Bradbury, 1984 completa la trilogía de la literatura distópica, según algunos autores. En contrapartida a la Utopía de Moro, en donde se define a un Estado ideal, en el que la necesidad de toda una población está satisfecha, la distopía es la peor de las situaciones, donde existe no solo una sumisión definitiva y absoluta, sino que ésta se vuelve más efectiva cuanto mayor grado de satisfacción produzca en el ciudadano dicho estado de sumisión. Es lo que Sam J. Lundwall define en su Historia de la ciencia ficción como "la pesadilla con aire acondicionado".
¿Cuánto nos falta para despertar?…
O mejor dicho, para encontrar el botón de apagado de nuestro split…

Eduardo Barreto… desde el limbo

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