sábado, 7 de abril de 2007

Barón cordobés



¡Oh, mujer! Para lograr una figura tan bella y un corazón tan duro, ¿qué dios del Olimpo se ayuntó con la hiena?...La pornografía en los libros está en proporción a la degeneración del cerebro del lector.
Barón Biza.

Defensa de Barón Biza, autor del libro El derecho de matar, presentada por el doctor Néstor I. Aparicio.

Señor juez:
He oído la acusación del Ministerio Fiscal, quien de acuerdo a los antecedentes reunidos en el proceso instruido al escritor Raúl Barón Biza, considera que debe condenarse a éste por haber violado la disposición del artículo 128 del Código Penal, con su libro titulado El derecho de matar.
Habiéndoseme encomendado la defensa voy a contestar esta acusación injusta, con la aspiración fundada en la ley, en la jurisprudencia y de la ecuanimidad de los funcionarios, de que sea rechazada, absolviéndose de culpa al señor Barón Biza.

PROPÓSITO DIFAMATORIO Y PERSECUCIÓN POLÍTICA.
Sólo con un propósito difamatorio y como resultado de una persecución política sistemática y encubierta podría explicarse la actitud de la policía al encausar a mi defendido por el delito de haber publicado El derecho de matar.
La prueba fehaciente de la difamación puesta en juego por los encargados de velar por la tranquilidad pública es el comunicado oficial de la Jefatura, sembrado a todos los vientos, en el cual se llega a ciertas conclusiones que sólo pueden surgir de un sumario previamente instruido y juzgado por autoridad competente y no por un jefe de Policía.
Se ha intentado varias veces involucrarlo en asuntos en los cuales era ajeno en absoluto, sin resultado favorable para los perseguidores. Uno de los procesos estuvo radicado en este mismo juzgado, por la publicación del periódico “La Víspera”, y ante la prueba de lo inconcebible de la acusación, se le sobreseyó definitivamente, con la expresa conformidad del señor fiscal aquí presente, doctor Etchegaray.
Gran asombro y pena causó uno de los procedimientos arbitrarios de la policía al presentarse, hace poco tiempo, sin orden judicial, sin proceso, a allanar, a las once de la mañana, las oficinas comerciales de mi defendido, donde además de los intereses del acusado, se atienden los de sus familiares por valor de varios millones de pesos, con el inaceptable y deleznable recurso de que se violaba la ley de juegos. ¡Inconcebible!
Ahora se inicia un proceso por la publicación de su última novela, y como para justificar el atropello es menester un pretexto, la Jefatura de Policía, en el acto de la detención de Barón Biza, se apresuró a dar comunicados periodísticos y radiotelefónicos, informando que dicha detención no tenía origen político sino que se le instruía sumario por los términos en que está escrito El derecho de matar, haciendo apreciaciones que solamente están reservadas al señor Juez, en oportunidad de dictar sentencia definitiva.

MUTISMO Y HUELGA DE HAMBRE
Pues bien, señor juez; contra el abuso de la fuerza al servicio de persecuciones y malas causas, el señor Barón Biza, que no concibe los términos medios, resolvió encastillarse en el mutismo ante el inquisidor interrogatorio policial, y en la huelga de hambre, como suprema protesta de la individualidad humana.
Mido en todo su alcance la actitud del señor Barón Biza, quien, a pesar de ser respetuoso de las leyes de su patria, desde su regreso a ella no ha tenido tranquilidad, siendo objeto de múltiples e injustas persecuciones que culminan con esta acusación. De ahí que Barón Biza ofrendara su vida en aras de su patrimonio moral. Su actitud, digna de todo elogio, fue una protesta viril contra el poder de la fuerza. Y la justicia, por intermedio de un digno magistrado, comprensivo de una dignidad humana herida, puso fin con resoluciones provisorias al holocausto de su vida, que brindara un pensador en defensa de sus ideas, decretando su libertad bajo caución.

ACUSACIÓN Y DEFENSA.
En esta audiencia entramos al debate el Ministro Fiscal, que se ha hecho eco de la acusación, y la defensa, que se me ha encomendado.
Entro seguro a cumplir mi misión con el convencimiento pleno de que la razón y la justicia están de nuestra parte, mientras que a pesar del respeto que me merece el señor fiscal aquí presente, es mi íntima convicción de que ahoga su libre pensamiento, para ejercitar, como imperativo de la hora presente, una ingrata misión: la de amordazar ideas.
Acusa, no porque tenga convencimiento de ello, pues le conozco preparado e inteligente. Lo hace obligado por un procedimiento erróneo impuesto en circulares oficiales, que ya el diario “El Mundo”, con mucho acierto, fustigó en uno de sus últimos editoriales. El Poder Ejecutivo, por intermedio de un decreto, impone que se acuse y que se apele, considerando al señor fiscal como un simple mandatario del Fisco, en olvido lamentable de la otra función judicial de guardadores de la sociedad herida por transgresiones castigadas por el Código Penal. En esta segunda función pública no caben más imposiciones ni mandatos expresos que el de la conciencia del funcionario, en aplicación estricta del texto expreso de la ley.
Por ello, a mi juicio, hubiera correspondido, en hermosa reivindicación de sus fueros, más que una acusación del señor fiscal, una brillante pieza jurídica, que en sus conclusiones coincidiera con mi defensa, uniéndose a mi petición de que se absuelva de culpa y cargo al señor Barón Biza, en homenaje a los principios constitucionales y jurídicos que se han vulnerado con su prisión.

LA OPINIÓN PÚBLICA
Hecha la acusación fiscal, entro a rebatirla, con la esperanza de encontrar en la oportunidad debida, si, como espero, el juzgado dictara la absolución, la conformidad del Ministerio Público.
Me afirmo aún más en ésta mi creencia ante la lectura de múltiples defensas que infinidad de diarios del país han hecho de este caso, elogiando sin reservas el libro El derecho de matar, llamándome especialmente la atención algunos de ideología distinta a la de mi defendido, entre ellos Bandera Argentina, que desde sus columnas ha hecho fuego graneado a Barón Biza, y el redactor, después de haber leído el libro, confiesa hidalgamente que se han equivocado, a pesar de que mantienen su posición de adversarios, agregando que el jefe de Policía ha cometido una lamentable arbitrariedad (número de 1 de diciembre del diario citado). Los diarios en general han opinado favorablemente. Su uniformidad refleja el sentimiento popular y si la opinión pública ha dado su veredicto no considerándose lesionada, espero tranquilo el fallo de esta causa, que no podrá ser otro que el de la absolución.

QUIÉN ES BARÓN BIZA
Barón Biza me ha encomendado su defensa, en el doble carácter de letrado y amigo personal, condiscípulo en la infancia y conocedor de su espíritu, incomprendido para muchos que sólo saben de temor, de genuflexiones y de utilitarismos.
De sus treinta y cinco años durante veinte recorrió todos los continentes del mundo, conviviendo la sociedad de todas las razas y de todas las civilizaciones. Escritor, novelista, con espíritu observador estudió y retuvo los pasajes más variados de la vida humana, para estamparlos en obras; en unas, relatando lo visto, y en otras, apuntando defectos sociales con el sano propósito de que fueran corregidos.
Hace cuatro años, más o menos, regresó a su patria, ansioso de trabajar sus bienes y publicar en ella sus obras. Muy lejos de los entretelones de la política y de la maraña social, se vio un día violentamente privado de su libertad y obligado a salir del país, no llegando a comprender –tan rudo y arbitrario fue el proceder– si realmente se encontraba en su patria, aquella que fue ejemplo de libertades y respetos, o sí, por el contrario, había sido suplantada aquella por una región incivilizada. Repuesto de su sorpresa, allende el Plata, contempló la Argentina destrozada por la pasión política, imperando en ella la fuerza, encarcelados hombres dignos, violada la Constitución, y entonces puso su corazón y su brazo a favor de la causa justa: la del pueblo, la del imperio de la Constitución, jurando ante ella y el pabellón Nacional y en homenaje de los patricios que nos dieron la libertad.
Defendió siempre a los humildes, ayudó a muchos hogares. Uno de sus rasgos más conocidos fue tender su mano generosa a cientos de argentinos que, encaramados en los coches de Ferrocarril, querían llegar a esta Capital, desde Córdoba, a dar el último adiós al Dr. Yrigoyen, el representante legítimo de las aspiraciones populares, que fue llevado en inolvidable apoteosis a su postrer morada. Más de cuatrocientos niños se educan actualmente en el “Colegio Barón” de Ramos Mejía, gracias a la generosidad de mi defendido, donación de más de un millón de pesos, hace aún poco tiempo. Fresca está todavía, en el pueblo argentino, la tragedia aeronáutica que ensombreció la vida de este digno compatriota, cuando allá en Marayes cayó Myriam Stefford, marcando rutas al progreso y a los hombres; y los premios, por muchos miles de pesos, que en su memoria ofreció al gobierno, para que se disputara el trofeo que lleva el nombre de la primera aviadora muerta en tierras sudamericanas. Son muchos los casos de filantropía práctica que podría citar de mi defendido. Este es el acusado en persona.
El novelista adquiere, según su propósito, orientaciones diversas, defendiendo también diversas tesis o fijando rumbos filosóficos y morales, y así he escrito libros (Del Ensueño,1917; Alma y Carne de mujer,1922; Risas, lágrimas y sedas,1924; en prensa: Por qué me hice revolucionario) y múltiples crónicas en diarios de diferentes países del mundo, y a pesar del filo de su palabra escrita, es la primera vez que se le acusa.
De acuerdo a las condiciones personales del acusado y a sus tendencias como escritor, no es posible aceptar, ni en hipótesis, que la publicación de su libro El Derecho de Matar, encierre un propósito inmoral.

QUÉ PIENSA BARÓN DE SU LIBRO
Trataré, señor Juez, de sintetizar en la forma más fiel posible, lo que me expresara mi defendido al referirme a este proceso y a su libro El Derecho de Matar.
“Decid al señor Juez, que la defensa está en el libro, ¡en todo el libro! Una frase o un concepto aislado forma un hecho sin importancia con respecto al concepto general de la obra. Si los escritores tuviéramos que emitir nuestras ideas, con el Código Penal a la vista, no podríamos dejarnos llevar por la fantasía de nuestro cerebro y no podríamos producir lo que llamamos: la ‘obra’. Estoy tan distante de la acusación que hace la Policía por intermedio del señor Fiscal, que si hubiera perseguido lucro, único fin que puede llevar a publicar un libro obsceno, habría cuidado muy bien, por elemental concepto de dignidad, de complicar mi nombre de soldado del partido político más popular y respetable del país, de escritor y de hacendado, con la baja literatura de los tarados morales. ¡Qué distancias siderales de años luz, entre el criterio de la acusación y el propósito de bien que persigo! Cualquier pasaje de mi libro que haya llamado la atención, puedo probar que no es sino la reproducción de escenas reales. Todas ellas han sido relatadas con hartura de detalles por la prensa del país y he creído prudente –pese a su realidad– no dar nombres propios, porque no es mi propósito denunciar, sino relatar hechos como ejemplo de anomalías morales que es preciso combatir. He querido simbolizar el poder de la voz del sexo, esa voz de la naturaleza, la más poderosa, la más brutal de nuestro instinto. Por ello los Tribunales de Justicia juzgan desde hace siglos la violación, el adulterio, lo mismo que al enamorado que mata a su novia que lo rechaza, como la traición del amigo, del hermano, más aún del propio padre. Warron dice: ‘Verdades hay que el vulgo no ha de saber, falsedades en que es bueno que crea’. Yo analizo, no legislo. Yo señalo un hecho, formulo un juicio, para que los otros encuentren la solución, digo en mi libro. Y he llevado mi libro sin pornografía, sin intención obscena, con toda altura, sin prejuicios, para señalar a los hombres lo contrario que señala Warron, es decir, que la verdad no debe cubrirse ni con la niebla, como única forma de llegar a una verdadera educación moral y a los legisladores el problema del sexo que es más importante que cualquier otro problema social. No es posible juzgar un libro por un párrafo, como no es posible juzgar una pintura, por una milésima parte de la misma. ¿Qué asusta en mi libro? ¿La verdad? ¿Puede negárseme el propósito moral cuando el protagonista (tomado de pedazos de lo visto, escuchado y leído), encontrándose aislado en sí mismo, se confiesa que ha vivido equivocado; que la fatalidad, el instinto o el hambre guiaron sus pasos por senda oblicua y se condena a sí mismo por ello, al máximo castigo que imponen los hombres?
Si en la liberal Francia, en la timorata Suiza o en la puritana Inglaterra publicara mi libro, pasaría desapercibido como hubiera pasado aquí mismo, si intereses encubiertos no se hubieran sentido afectados.
El señor Fiscal, al acusar, no ha leído mi libro, no puede haberlo leído; quizás algunos párrafos aislados lo hayan impresionado. Por ello sostengo que tal acusación ha sido prematura. Espero tranquilo el fallo del señor Juez; él será la prueba de que aún se mantiene la más grande conquista del hombre, la de emitir su pensamiento, la de dar ideas nuevas, y señalar defectos para remediarlos.
SE PRETENDE DAÑARME ANTE EL CONCEPTO PÚBLICO
El daño moral que se me pretende hacer ante el concepto público y que la Policía ha querido alcanzar por intermedio del señor Fiscal, tiene antecedentes personales: Yo he procesado una vez al señor Jefe de Policía, que ya en otra oportunidad trató de hacer sombra a mi reputación, allanando mis escritorios comerciales, bajo el pretexto de la Ley de Juego... Veinte años de trabajo se vieron así amenazados en un instante. Algún día probaré ante quien corresponda esta sistemática persecución política y personal, de quien, por el cargo que ocupa, tiene la obligación de ser imparcial, de dominar sus rencores y no el derecho de difamar a los que militan en fuerzas opositoras. Se busca con este proceso no la condena en sí, que nada importa. Se persigue la difamación, que pierda el respeto de mis conciudadanos, de mis correligionarios políticos y la estimación de mis amigos. Pues bien, si se me vence con esas armas, si toda mi obra de bien puede destruirse en un segundo, desfigurando los hechos y sumiéndome a la par de seres que siempre repudié, yo no preciso la vida. Mis mayores me enseñaron que sin dignidad la vida no vale la pena de ser vivida. Espero el fallo del señor Juez, tranquilo sobre la tarima de este calabozo, confiando a medida que pasan los días de ayuno en el centro de la Justicia que los hombres ansiosos de ella depositaron en las dignas manos del magistrado que me ha de juzgar”.
ETIMOLOGÍA E INTERPRETACIÓN DE LA VOZ CASTELLANA “OBSCENO”
La voz castellana “obsceno”, procede del latín “obscenus”, y en esa lengua muerta, su origen etimológico es obscuro, si bien está averiguado que su primitivo significado era “mal agüero” o “agüero desfavorable”, de donde se aplicó a toda cosa o acto “chocante”, “repelente”. Más tarde se redujo su concepto a lo “ofensivo a la modestia y al pudor” y a lo “repugnante a los sentidos”. De aquí que pasara al castellano y demás lenguas neolatinas como expresión de “lo repulsivo, lo contrario a la decencia, lo ofensivo al pudor en forma abierta y descarada”. Por ello en el lenguaje corriente, tal interpretación nos lleva a designar como “obsceno”, lo que es torpe, torpemente impúdico. Claro está que para la moral teológica su significado es mucho más alto, pues abarca, según los cánones, no sólo las obras y los actos, sino las palabras y hasta los pensamientos interiores, que estén manchados de impureza.
Pero la Ley no reprime el pecado religioso, sino el acto público contrario a la honestidad, en forma de publicación que ofenda torpemente al pudor y el Arte no tiene límites fijados para sus incursiones en la Naturaleza, especialmente cuando se trata de la relación de su vida, costumbres, deformaciones morales y mentales, vicios, degeneraciones, etc.

EL DERECHO DE MATAR ES NOVELA
Barón Biza es un gran argentino. En un libro en prensa, titulado Por qué me hice revolucionario, relata parte de su vida y expresa nobilísimos sentimientos de amor a la patria, aspirando a que ésta sea más grande y mejor. En él refiere la lucha que tuvo que soportar para impedir que tanto el derecho a la libertad, que es inalienable como el de asilo, expresión de los pueblos civilizados, fueran desconocidos, historiando la intervención que respectivamente tuvieron sus letrados los doctores Néstor Massena y Silveyra Martín en Brasil, Dr. Rodríguez Larreta en el Uruguay y el que habla en la Argentina.
Pero en El derecho de matar, forja personajes y los hace desempeñar roles imaginarios, poniendo en sus labios críticas acerbas a todo lo existente. Crea un protagonista exótico que, sin las vallas que oponen la sociedad a la expresión del pensamiento, habla crudamente, diciendo lo que todo el mundo calla ya sea por convicción o por cobardía.
El argumento de la obra se desarrolla entre personajes de mal origen, pero que habiendo adquirido educación y hecho experiencia en carne propia conocen de las consecuencias de la perversión humana.
El principal personaje de la obra es Jorge Morganti, fruto de ambiente malsano, que desde su pubertad siente el influjo de los sedimentos fisiológicos y morales adueñados de los estratos más íntimos de su conciencia y, con prematura y despierta inteligencia que con los estudios que realiza fortifican su capacidad mental, califica los defectos de la vida humana sin ambages ni eufemismos.
Relata con pinceladas maestras hechos que son reales, describiéndolos con crudeza, no para excitar al lector sino que presenta los cuadros de horror de la vida, persiguiendo el propósito de su corrección; si otro fuera su empeño buscaría términos menos gráficos y cantaría loas al vicio, con la galanura sedosa que es menester para perturbar los sentidos en deslizamientos morbosos.
Al conocimiento y a la inteligencia de Morganti se une el consejo de su progenitor, que en vísperas de renunciar a la vida le historia su existencia a través de los diversos países del mundo que recorriera, haciéndole resaltar el resquebrajamiento de la moral que observara, convirtiéndolo en un escéptico y descreído.
Al referirse a la mujer, Jorge Morganti se siente herido por las palabras de su padre al recordar a la autora de sus días y da motivo ese incidente, a un pasaje hermoso del libro, cuya lectura nos demostrará que lo grande y lo sublime, la suprema verdad del sentimiento humano, es exaltada sin reservas en líneas magistrales.

NO PUEDE HABER INMORALIDAD
Un libro, señor Juez, de alta filosofía, que presenta en contraposición a las lacras de la humanidad, párrafos sublimes como los leídos, no puede merecer sino aplauso, porque si bien exhibe los hondos males sociales, alaba sin reservas, las excelsas virtudes. Y en esto no hay, no puede haber inmoralidad.
Envuelto Morganti en el rodaje social, se deja llevar por sus sentimientos y aspiraciones, hasta que recibe el rudo golpe final que destruye el último reducto íntimo, y armado de su revólver, va a matar, pero... para su espíritu lo pasado es obra del miedo ambiente, de los vicios, de la educación incompleta, llena de reservas que ocultan la verdad, y siente que para reformar todo es necesario destruir, pero no destruir por la destrucción misma, sin finalidad, sino que es menester rehacer mejor, modificar la sociedad, los sentimientos, la vida, el mundo pero como esa obra es más grande que sus fuerzas y posiblemente sea él quien esté de más, reflexiona y dice: “No puedo yo cambiar el mundo, soy demasiado débil, no puedo estrujarlo, romperlo... ¡El mundo existe porque yo existo! Yo podría destruir no solamente el mundo que habito, sino todo el universo, destruyéndome...”
NO ES UN LIBRO EXTREMISTA
Tampoco puede tildarse El derecho de matar, como un libro extremista, ya sea de derecha o de izquierda, ni de centro siquiera, por cuanto las lides políticas no interesan al autor de esta novela; prueba de ello es que el protagonista de mandobles a diestra y siniestra, y no tiene reservas para censurar a los ricos y a los pobres, a la burguesía y al proletariado, a las monarquías como al soviet, a cada uno según su conducta, demostrando en esa forma que no lo ha guiado ningún fin utilitario.

LA VERDAD NO ES OBSCENA
El autor, señor Juez, pone en boca de los personajes de su libro un comentario rudo, varonil, sobre algunos aspectos de la miseria humana con el único empeño de exhibir la verdad y la verdad nunca es obscena y menos cuando se la presenta como una enseñanza de bien social. Desnudar el vicio para hacerlo execrable tal es el propósito de Barón Biza, lejos de provocar o incitar los bajos instintos hace abominarlos y prevenir sus horrores a los que cruzan el mundo con los ojos vendados. El autor –que no es un renegado ni un sectario– por su posición social y económica y por su cultura superior, está a cubierto de toda sospecha que pueda contraponerse con la fuerza moral del nativo, más rebelde que acomodaticio, más combativo que contemplativo. Por otra parte, Barón Biza no busca con su novela ni la gloria literaria ni el éxito pecuniario; sólo se propone, valerosa y noblemente, describir a su modo un cuadro de flaqueza junto a grandes virtudes que resplandecen en el corazón del hombre y dignifican su destino en la vida.

CUANDO SE OYE DECOROSAMENTE NO HAY NADA QUE NO SEA LIMPIO
El maestro Marañón ha dicho: “Mi experiencia del lector y del autor me convence, cada día, con mayor firmeza, de esta verdad, que seguramente se ha dicho ya muchas veces, a saber: que las cosas, en su aspecto moral, no son casi nunca buenas o malas en absoluto; y que su eficacia positiva o negativa depende, en mayor proporción, del oído que las escucha, que de los labios que la pronunciaron. Cuando se oye decorosamente, no hay nada que no sea limpio y ese decoro inatacable no reposa en la inocencia sino precisamente en el conocimiento”.

ES UN LIBRO MORALIZADOR
Puede afirmarse, señor Juez, que El Derecho de Matar es un libro moralizador, de sana crítica social, bien escrito, con gran fondo filosófico y de sus páginas vibrantes de verdad, surge la convicción del sacrificio noble que debe realizar la sociedad para corregir los funestos errores que la han subvertido.
Los estudiosos que observan celosamente el período de descomposición social que nos precipita a la ignorancia, sostienen, como afirma el autor de La Mesa de las Confesiones, que “es necesario reaccionar rápidamente, oponer fuerte dique al conjunto arrollador de los bajos instintos de las pasiones insanas, de las perversiones abominables, que transforman la familia en un centro inmoral y de los intereses mezquinos que la convierten en una operación mercantil...” “es necesario –sigue el autor– reaccionar antes de que la catástrofe moral sobrevenga en forma definitiva y de la ausencia total de respeto entre los seres, de la amalgama de tan torcidos sentimientos y del desenfreno en que se vive, no quede del individuo sino el resto que aún tenga de su propia animalidad”.
¿Puede darse mayor aspiración moral? ¿No es un alto propósito que implica toda una religión superior? ¿No es éste un ideal verdaderamente cristiano?

¿PARA QUÉ HA NACIDO EL HOMBRE SI NO ES PARASER UN REFORMADOR?, DICE EMERSON
“Debemos revisar –dice Emerson, el gran eticista, en su discurso El Hombre Reformador–, toda nuestra estructura social, el Estado, la escuela, la religión, el matrimonio, el comercio, la ciencia, y examinar sus fundamentos en nuestra propia naturaleza; nosotros –afirma el maestro– no debemos limitarnos a constatar que el mundo ha sido adaptado a los primeros hombres sino preocuparnos de que se adapte a nosotros, desprendiéndonos de toda práctica que no tenga, sus razones en nuestro espíritu. ¿Para qué ha nacido el hombre –interroga– si no es para ser un Reformador, un Rehacedor de lo que antes hizo, el hombre, para renunciar a la mentira, para restaurar la verdad y el bien, imitando la gran Naturaleza que a todos nos abraza sin descansar un instante sobre el pasado envejecido, rehaciéndonos a toda hora, dándonos cada mañana una nueva jornada y una pulsación de la vida nueva?” Y Emerson continúa su discurso magistral para terminar expresando que el hombre debe renunciar a todo lo que ya no tiene por verdadero y que debe remontar sus actos a su idea primera, no debiendo hacer nada donde no comprende que el Universo mismo le da razón.

INGENIEROS, EL ORIENTADOR DE LA JUVENTUDARGENTINA
El derecho de crítica y de libre examen ha escrito Ingenieros, el orientador de la juventud argentina, se prolonga hasta las fuentes mismas de la moralidad humana, es el derecho de buscarlas, de afirmarlas, de aprovecharlas para el porvenir, impregnando de ellas la educación, ajustando progresivamente a ellas la conducta de los hombres. La sabiduría antigua hoy condensada en dogmas, sólo puede ser respetable como punto de partida. Así mirada conviene respetarla y aprovechar de ella todo lo que no sea incompatible con las verdades nuevas que incesantemente se van haciendo; pero acatarla como una inflexible norma de la vida social venidera, confundiéndola con un término de llegada que nuestra experiencia está condenada a no sobrepasar, es una actitud absurda frente a la evolución incesante de toda la Naturaleza accesible a nuestro conocimiento.
¿Habremos de creer, señor Juez, que la sociedad no reacciona? ¿Que será una eterna y lastimosa verdad, aquella afirmación del mismo Ingenieros, cuando sostiene que ningún estímulo reciben de la sociedad los que piensan, los que renuevan, los que crean, los que empujan el conjunto hacia un porvenir mejor?

CÓMO SE JUZGA UNA OBRA LITERARIA O ARTÍSTICA BAJO EL PUNTO DE VISTA
El criterio para juzgar una obra literaria o artística, desde el punto de vista de su obscenidad delictuosa, tiene que ser muy amplio y sereno, como nos lo enseña la experiencia histórica en este género de producción. De ahí que la justicia de todos los países ha resuelto que una obra es delictuosamente obscena cuando el propósito evidente de su autor sólo persigue despertar los apetitos sensuales, ofendiendo torpe, abierta y descaradamente al pudor, en su concepto actual de tiempo y lugar. Pero cuando el autor se ha propuesto evidentemente un móvil distinto cual es un fin artístico o de crítica social, desaparece el carácter delictuoso aun cuando la obra contenga un asunto o pasaje de cruda descripción, que separadamente puedan reputarse como realmente obscenos. De no ser así, caerían bajo el estigma de la ley obras famosas de grande e indiscutible valor artístico, que se venden públicamente en todas las librerías y se encuentran en las mejores bibliotecas como exponente de cultura y de refinamiento espiritual de los que las poseen.

FALLOS ESPAÑOLES
Viada y Vilaseca, distinguidos comentaristas del Código Penal español, en la IV edición de su obra, tomo III, página 704, refiriéndose a las ofensas a la moral, buenas costumbres o a la decencia pública, cometidas en un libro o novela, manifiestan que pueden cometerse delitos o faltas de las previstas en el Código Penal, pero que el criterio para juzgar a ella debe circunscribirse a una previa indagación de los propósitos generales del libro o novela escrita.
Citan los autores mencionados varios fallos uniformes del Tribunal Supremo. Uno de ellos se refiere a la novela titulada La prostituta. Se absolvió al autor en virtud de que en la novela no se hacía la apología de las acciones calificadas malas o delictuosas, porque al describir determinadas escenas con absoluta claridad, se perseguía el propósito de hacer más aborrecible el vicio.
En otro fallo (pág. 705), el Tribunal Supremo dice que para juzgar esta clase de causas hay que apreciarlas “teniendo en cuenta la naturaleza de la publicación en que se consignan las frases o conceptos que pudieran revestir el carácter de ofensivos, así como la tendencia del autor y objeto que se haya propuesto al escribir y publicar lo escrito”. El mencionado tribunal, aplicando ese criterio a la novela llamada “La pálida”, absuelve al autor, considerando que el titulado libro no difiere de otros de su género que circulan libremente “y que cualquiera que sea la crudeza con que en él se narran ciertas escenas, la tendencia conocida del autor es la de censurar el vicio que describe”, no pueden estimarse ofendidas con su publicación, a los efectos del código, ni la moral, ni las buenas costumbres, ni la decencia pública.
En el suplemento tercero de la citada obra, pág. 444, Viada y Vilaseca citan un interesantísimo fallo del Tribunal Supremo, que se produjo al resolverse la siguiente cuestión: “La relación de una novela de actos más o menos pecaminosos o inmorales que se suponen ejecutados por personajes de la misma, ¿constituirá la falta de ofensa por medio de la imprenta, a la decencia pública, comprendida en el Nº 4 del art. 584 del código, si del libro no se desprende concepto alguno que envuelva apología ni aprobación siquiera de aquellos actos?” El Tribunal Supremo, juzgando la novela titulada Camila, de Roberto Laporta Micó, después de relatar situaciones graves e imposibles de leer en esta audiencia, y que se consuman algunas en el Templo de Santa María, absuelve al autor, por entenderse que los hechos detallados no eran constitutivos de falta, agregándose que si bien es cierto que pueden cometerse en un libro o novela, “también lo es que para poder juzgar de su índole y trascendencia en la esfera penal, hay que atender el verdadero objeto que se propuso el autor, a la tendencia de la obra y al pensamiento cardinal que subordina el plan que le sirve de base; y cuando el fin es poner de relieve el vicio, criticándolo, para censurarlo, no hay motivo para atribuir a la obra impresa carácter criminal, por más que el autor no haya expuesto con la pulcritud conveniente su pensamiento”. Finaliza el fallo expresando que no se desprende concepto alguno que envuelva apología ni aprobación siquiera a la relación de los actos censurables que refiere.

AUTORIDAD DE ESTOS FALLOS
Y de la severidad de este alto tribunal español, señor Juez, no podemos dudar un instante si tenemos en cuenta los siguientes fallos, citados por los autores mencionados en el suplemento I, de su obra, pág. 315-16: se condena “al que permaneció cubierto al paso de una procesión e invitado por el cura que la preside a que se descubra o retire, negándose” y al que “permaneció cubierto al paso del viático llevado en procesión a los enfermos pobres, a pesar de las amonestaciones que se le hiciera para que se descubriera”.
Me he permitido recordar estos fallos, señor Juez, porque es tradicional no sólo la severidad de los tribunales, sino de la sociedad española misma, severidad que siempre ha hecho aparecer a la madre patria como un país de verdadera intolerancia para todas aquellas liberalidades que eran comunes en los demás países de Europa. La moral española, tan rígida siempre, quizá por el imperio excesivo del catolicismo, no se sintió herida por las producciones aludidas, y cuando alguien, en un exceso de puritanismo quiso proscribirlas de la circulación, el Alto Tribunal, de quien no podemos sospechar parcialidad ni tolerancia siquiera, supo dar la sensación justa que correspondía, evitando así que la sana aspiración de los autores que combatían los vicios, las lacras sociales, exponiéndolos en toda su cruel y triste realidad, se viera defraudada con interpretaciones arbitrarias.

NO PUEDE JUZGARSE UNA OBRA POR FRAGMENTOS DE LA MISMA
Muchos son los casos en que se han juzgado obras con ligereza, ya sea tomándolas fragmentariamente, con el propósito encubierto de denunciar aquellas partes sólo posibles de reproche cuando se exponen sin el antecedente o la consecuencia, procurando así el juicio adverso, o por la influencia sugestiva de muchos hombres que pretendieron ser los censores de la producción intelectual, quizá por la propia impotencia, por su timidez o su incapacidad para modificar las fuerzas superiores que rigen el instinto humano, al que pretendieron ingenuamente corregir por medio de los diez mandamientos olvidados.

OTROS FALLOS DE RESONANCIA MUNDIAL
Muchos son los fallos que podría recordar que coinciden con los del tribunal español, pero para no dar mayor extensión a esa defensa, me limitaré, señor Juez, a recordar algunos casos de resonancia mundial.
Los jueces del Sena absolvieron Las flores del mal, de Baudelaire, y Madame Bovary, de Flaubert; Henri Barbusse, autor de El fuego y El infierno, premiado este último por la Academia de Goncourt, fue furiosamente atacado, mereciendo de los eternos críticos agrios impetuosos ataques, llegando a considerarlo peligroso para Francia. Ambos libros expresan la Verdad sin rebuscamientos de palabras ni frases que opaquen el pensamiento. Blasco Ibáñez, el genial novelista español, en su brillante prólogo al libro El infierno, refiriéndose a Barbusse y a su triunfo al obtener que no se mutilaran sus novelas, dice que “el autor los desarmó, como Orfeo fascinaba a las bestias feroces con la belleza de sus cantos”, afirmando luego que El infierno simboliza la furia de vivir que nos domina a todos. Y la conclusión de la obra es que todo está en nosotros y depende de nosotros.
Un proceso sensacional envolvió a Notari, autor de Quelle signore, porque aludía en su libro a la vida libre de las esposas de algunos ministros de Italia. Su defensor el Hon. Scappa obtuvo justicia y las ediciones se sucedieron luego en todos los idiomas.

“LA GARCONNE” DE MARGUERITTE
Víctor Margueritte publicó La Garçonney su aparición, por el escándalo que hicieron sus detractores, pareció conmover todo el engranaje social de Francia, pero los jueces franceses supieron interpretar el propósito de bien que guiaba al autor y el proceso culminó con la consagración definitiva de Margueritte. En nuestro país hubo oposición a la venta de este libro, pero un fallo ecuánime e inteligente de la justicia argentina, hizo respetar la libre circulación.

MARIO MARIANI
En las vidrieras de las librerías he visto un libro titulado Las Adolescentes, de Mario Mariani, el gran escritor italiano, que presenta con orgullo en su tapa la siguiente inscripción: “Libro condenado y absuelto por la justicia italiana. Páginas agudas y centelleantes como espadas; libro maldito y adorado. Audaz, sincero, sin oropeles, reflejo de la vida, con sus hondas verdades, con sus grandes miserias”. Y al lado de éste, otro libro del mismo autor, que también llamó mi atención por la sugestión de su título: Pobre Cristo, en cuya portada se lee este comentario del editor: “Obra satírica y demoledora de un revolucionarismo sincero y eficaz, contra el estado actual, tejiendo las bases de un posible ideal futuro”.

LA ÚLTIMA NOVELA DE LAWRENCE
Y por último, ya que entraré a recordar famosísimas obras que no son de actualidad como las que he citado, me referiré a la recientísima novela de Lawrence El Amante de Lady Chatterley, prohibida en la Gran Bretaña, pero admitida y traducida a todos los idiomas de los demás países, cuyo fin de crítica social ha sido defendido por su propio autor en una segunda obra, exclusivamente de tesis, titulada La Defensa de Lady Chatterley, vendiéndose ambas públicamente en todas nuestras librerías.

OBRAS FAMOSAS QUE, DE ESTABLECERSE ESTA
INJUSTA CENSURA, CAERÍAN BAJO
SU SANCIÓN ODIOSA
Me permitiré recordar, de paso, señor Juez, algunas de las muchas obras famosas de autores consagrados maestros por la posteridad, que de establecerse esta injusta censura caerían bajo su sanción odiosa: El Arte de Amar, de Ovidio, traducido del latín a todos los idiomas y muchas veces imitado; Los Amores, del mismo autor; El Asno, de Lucio; Gargantúa y Pantagruel, de Rabelais; EL Decamerón, de Bocaccio; su imitación de los cuentos de Lafontaine; las obras de igual género de la reina Margarita de Navarra y de todos los famosos cuentistas florentinos, y, en general, italianos; Las Mujeres Galantes, de Brantome; las crudas descripciones de los vicios de los personajes, históricos como César Augusto, Tiberio, Calígula, Nerón, etcétera, que insertan en sus respetables y respetados tratados históricos Plutarco, Suetonio, Tácito, etcétera. Y dentro de la literatura clásica castellana, existen también numeras obras maestras de ingenio superior que no solamente tienen pasajes de escabrosas descripciones, sino que incurren en el empleo de un lenguaje escatológico, como todas las novelas picarescas. Así por ejemplo, La Celestina, de Rodrigo de Cotta y Fernando de Roja; El Lazarillo de Tormes, de Hurtado de Mendoza; El Guzmán de Alfarabhe, de Mateo Alemán; El Buscón o Gran Tacaño, de Quevedo, y tantas otras de renombre y aceptación mundial.

OBRAS PORNOGRÁFICAS. SU CONCEPTO
En Francia, recién en el siglo XVIII se prohibieron las obras pornográficas, es decir, aquellas exclusivamente consagradas a la descripción del vicio por el vicio mismo sin ninguna otra finalidad artística que lo justificara. Y esa prohibición dio lugar a ediciones clandestinas y anónimas, salidas generalmente de Holanda y Bélgica, cuyos raros ejemplares despiertan gran interés en los bibliófilos. Pero de éstas a otras obras perseguidas en su tiempo, como contrarias a la moral y a las costumbres, media todo un mundo.

DUMAS Y ZOLA
En esta categoría, es decir, las perseguidas que han dejado de serlo por reacción del buen sentido, señor Juez, puedo mencionar La Dama de las Camelias, de Alejandro Dumas (hijo), de la cual se han hecho versiones teatrales y cinematográficas; las múltiples obras de Emilio Zola, el fundador del realismo literario, especialmente Nana, cuya introducción fue prohibida en Prusia, Dinamarca, cuya representación teatral fue interdicta en París y en Buenos Aires mismo (Dictámenes de la Asesoría Municipal de 1896, tomo IV, pág. 14), no obstante lo cual ha llegado hoy a darse en los cinematógrafos familiares. Las obras de Flaubert, consideradas actualmente maestras de estilo, corrieron la misma suerte.

EL POR QUÉ DE ESA REACCIÓN
¿Por qué han dejado de ser perseguidas esas obras a pesar de su realismo y por qué circulan libremente otras del mismo género de otros autores con general aplauso y aceptación?
Porque el realismo en literatura, a pesar de construir la expresión más cruda, tiene un objetivo distinto al realismo en la pintura o en la escultura. Aquel se propone destacar la doble personalidad humana, física y moralmente, es decir, sus beldades y fealdades máximas, como si buscara en la emoción de sus revelaciones el modo de hacer conocer lo venerable y lo repudiable, lo bello y lo desagradable en la exaltación patética de la cosas del alma y del cuerpo. La virtud y la verdad son, en substancia, manifestaciones de la libertad misma y deben, por consecuencia, ser expuestas libremente, como el espectro del vicio y la mentira, pues de lo contrario nos complicaríamos cobardemente en lo que nos proponemos explicar. Las antiguas escrituras de la Iglesia cuentan pasajes de movido realismo que no se mitiga ni con la expresión, y todos saben que esas admirables leyendas de tradición divina andan, de mano en mano de seres inocentes, lo mismo que la Ley Mosaica, que tiene mandamientos llenos de sugestiones que los padres y los propios sacerdotes no saben cómo eludir cuando los niños quieren saber su significado.
Porque el libro es una cátedra y entonces lo esencial es averiguar qué se enseña y no cómo se enseña, porque la forma es algo personal que nadie tiene el derecho a juzgar. El uso del idioma es libre en cualquier tribuna y sólo cesa esa libertad bajo la opresión de las dictaduras. El que compra un libro lo hace porque le interesa y sabe de antemano la idea central de su contenido. La realidad palpitante es la propia vida, tal como lo creó Dios, y eso no es obsceno; la afirmación en contrario, es hipocresía, es renegar de la naturaleza por prejuicio social o por asfixia de ambiente enfermizo y aldeano. El convencionalismo nos aleja de la verdad; en cambio, el conocimiento de la verdad, nos aclara todos los caminos del mundo.

DON QUIJOTE Y LA BIBLIA
Así es, señor Juez, que de imponerse el criterio acusador, no sería exagerado afirmar que en pleno siglo XX, merced a ese afán moralizador “sui generis”, no sólo las obras ya mencionadas sino la obra genial de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, y aun La Biblia misma, cuyos pasajes podrían herir la sensibilidad de tan pudorosos censores, deberían desaparecer bajo el fuego purificador. Felizmente, señor Juez, la moral, cuando se aplica a los hombres, con respecto a la propia vida de éstos, no puede temer ni admite la rigidez de un dogma; porque los dogmas, según lo afirman sus sostenedores, son perfectos e inmutables, en tanto que la moral de los hombres evoluciona siguiendo las alternativas inteligentes que impone el propio progreso social. Bien decía entonces, Oscar Wilde, que no existen libros buenos ni libros malos; existen libros bien escritos y libros mal escritos.

EL DERECHO DE MATAR NO ES OBRA OBSCENA
El artículo 128 del Código Penal, que se pretende aplicar al autor de El Derecho de Matar, castiga al que publicare libros obscenos. El propósito del Código es bien definido: se refiere a los libros que tengan por objeto excitar la perversión, propagar la inmoralidad para adiestrar en ella a los lectores, acicateando sus sentidos en una sobreexcitación patológica, desviando el orden natural de los sentimientos puros y morales.
El Derecho de Matar no cae bajo la sanción de la citada disposición legal. No es la obscenidad el propósito perseguido por el autor; no ha querido provocar, con los términos que usa, la inmoralidad, sino que, como surge de la lectura general de la obra, su finalidad ha sido señalar y exponer crudamente las enfermedades sociales que corrompen las bases de la humanidad, para provocar un justo repudio. Y dice la verdad, aún dolorosa hasta en sus expresiones, porque considera necesario, indispensable, el bisturí que extirpe el hondo mal que se propaga, produciendo el exterminio definitivo de la moral humana.

CRUZADA REDENTORA
Este toque de llamada que hace Barón Biza lo embandera en una cruzada justa y redentora, y no debe aherrojarse la expresión, ya que ello sí resultaría criminal del que rompe los convencionalismos y la mentida vergüenza, para requerir premiosamente la intervención del cirujano que con mano firme y hábil salve a la sociedad de la muerte. Con esa filosofía, mal puede ser un libro obsceno El Derecho de Matar, y escapa, por lo tanto, a las sanciones penales ya expresadas.
En casos análogos, ha opinado la Cámara Criminal y Correccional de la Capital en concordancia con lo expuesto en esa defensa, estableciendo que “la existencia, dentro de un libro, de episodios licenciosos, aun cuando parezcan excesivos no puede servir por sí sola para calificarla la obra como obscena, si de la finalidad ideológica del mismo, del género de la obra con relación a sus episodios, de la forma sincera de la expresión y de la propia posición del autor en las letras o en el arte”, etcétera, el autor ha creído necesario el empleo de los términos usados.
He leído una conceptuosa defensa del caso que nos ocupa, publicada por el profesor doctor Aquiles Damianovich, en la cual trata el aspecto constitucional, legal, moral y social de “un proceso extraordinario”, como llama dicho profesor al caso increíble del secuestro de “un libro” y la privación de libertad a su autor.
Al referirse al concepto que le merece la obra acusada, dice: “En la obra de Barón Biza, El Derecho de Matar, no encontramos un solo vocablo que no se encuentre en las obras de su género, de las cuales las que más se asemejan de primera impresión, son las de Vargas Vila, con esa su frase apocalíptica, mordaz, en ocasiones sonoramente ofensiva, pero constituyendo con ellas las sartas de un pensamiento a veces demoledor, a veces denostador, por momentos productor de la más exquisita belleza evocativa sin trascendencia inmediata en el contenido conceptual”, etc.
El libro El Derecho de Matar lleva, desde el principio hasta el final, una línea directriz: relatar desnudamente, sin hipocresía, las lacras sociales, despreciándolas y haciéndolas despreciar, en demanda de una sociedad mejor. Es una obra de beneficio social.
Por los fundamentos de esta defensa, corresponde la absolución de culpa y cargo del escritor señor Raúl Barón Biza, autor del libro El Derecho de Matar.
Néstor I. Aparicio

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Fallo absolutorio del Sr. Juez Dr. Raúl B. Nicholson.
Buenos Aires, abril 9 de 1935.
Y considerando:
Que este proceso se inicia con la nota del señor jefe de Policía de la Capital (fojas 1), que da lugar a la querella del señor agente fiscal (fojas 2), en la que se imputa al procesado la comisión de un delito previsto y penado por el artículo 128 del Código Penal vigente, por haber escrito, publicado y distribuido un libro o novela intitulada: “El derecho de matar”, uno de cuyos ejemplares corre agregado a estos autos con la certificación de los empleados policiales actuantes, en el momento del secuestro (fs. 12 vta.) redacción, publicación y difusión de que se reconoce autor el prevenido en el acta de la audiencia del artículo 570 del Código de Procedimientos en lo Criminal (fs. 216 y siguientes) y en cuya obra el señor agente fiscal manifiesta encontrar descripciones, frases o palabras que caen bajo la sanción represiva de la disposición legal citada.
Que ante la acusación fiscal corresponde al juzgado establecer primero: si las descripciones, frases o palabras incriminadas en la obra secuestrada pueden considerarse como inmorales, pornográficas u obscenas de la amplitud de expresión que el criterio épico contemporáneo acuerda a la confección de obras literarias; y segundo: si dichas expresiones caen bajo las sanciones del referido artículo 128 del Código Penal, sin menoscabo de las garantías que nuestra Constitución consagra en sus artículos 14 y 32 sobre la libertad de imprenta, atendiendo a la interpretación para la aplicación de la citada disposición penal.
Que el procesado, que se había negado a declarar en el sumario de prevención y a prestar indagatoria ante el juzgado (fs. 14 y vta. y fs. 150 vta.), reconoce en el acto de fojas 216 y siguientes ser autor y distribuir el libro incriminado, pero alegando en su defensa que no ha movido propósito inmoral ni obsceno y que, por el contrario, como corresponde a un escritor y artista, ha tratado de formular altos conceptos morales usando de la fantasía y la descripción libre de todo cuanto considera repugnante para la verdadera vida, según su criterio.
Que examinado el texto del libro u obra incriminada debe reconocerse que el autor ha usado de términos, expresiones y conceptos un tanto crudos en ciertos pasajes de la misma aunque en otros denota un propósito de exaltación y elevación moral que está en desacuerdo con aquellas.
Que si se considera que dentro de la evolución contemporánea del arte literario, tanto en las últimas obras de singular valor artístico, según el consenso público, como pueden ser las de Margueritte, Crommelynk, Lawrence y Joyce (“La machona”, “Carina”, “El amante de Lady Chatterley” y “Ulises”), como no pocos clásicos y modernos de reconocido valor estético, sin contar con los numerosos actuales que llegan hasta la nada ponderables Pitigrilli, Felipe Trigo y Joaquín Belda, todos ellos vastamente divulgados, contienen conceptos, frases y palabras como las señaladas por la acusación existentes en la obra del procesado, es indudable que no podían éstas considerarse obscenas o pornográficas bajo un punto de vista penal, pues su autor no resulta en aquélla más que un enrolado en la ya decadente escuela naturalista que iniciara Zola y siguieron los realistas que tanto renombre alcanzaran en las postrimerías del siglo pasado, con las descripciones crudas y violentas, de las que el arte literario ha comenzado a reaccionar, llegándose así por la única vía: la selección cultural de los lectores, a la reacción espiritual de nuestro tiempo.
Que nuestros constituyentes, al redactar los artículos 14 y 32 de nuestra Constitución tuvieron muy en cuenta los riesgos de la libertad de palabra y prensa que otorgaban, pero ante los posibles gravísimos resultados que el establecer una censura previa, o una maleable sanción ulterior a la emisión del pensamiento, hubiera significado para el desarrollo de la cultura y de la evolución ideológica, prefirieron la amplitud del derecho concedido a la restricción peligrosa del mismo. De ahí que los constituyentes, valorando la larga experiencia de leyes y decretos, unos otorgando libertad y otros restringiéndola, en materia de imprenta, que se habían sucedido desde 1811, no sólo garantizaron la libertad de palabra y de emisión del pensamiento sino, que vedaron al Congreso la sanción de leyes prohibitivas al respecto, y tal criterio debe dar la pauta de cautela al magistrado en trance de juzgar sobre el aspecto más grave del caso: penar el abuso de la imprenta como delito, en relación con la moral.
Que si como dice Cooley, en su tratado “Derecho constitucional de los Estados Unidos” (traduc. De Carrie, 1898. Pág. 267), la libertad de la prensa puede definirse que: “es la de emitir y publicar todo aquello que el ciudadano encuentra conveniente, y de ser protegido contra la censura legal y de ser penado por hacerlo, con tal que la publicación no resulte ofensiva a la moral pública”, cabe preguntar, en consecuencia, cuándo se comete tal abuso delictuoso atendiendo a la ley y al mismo tiempo que a la orientación contemporánea en la libertad de expresión literaria, por cuanto el código pena lo obsceno, lo pornográfico, lo inmoral, pero debiendo entenderse por tal –ya que la ley no concreta y la aplicación penal es restrictiva, como lo declara la jurisprudencia y la doctrina– sólo aquello que no ha tenido otro fin ni propósito que producir directamente tales efectos, y no es posible, entonces, calificar como delictuosas las expresiones contenidas en una obra nacional –en cuanto a su autor, por lo menos– ya que son innumerables las clásicas y contemporáneas que se reciben del extranjero y se reeditan en el país, y en el cual se venden a precios populares, adoleciendo, sin embargo, de los mismos defectos que en ésta se señalan como punibles.
Que evidentemente, al aplicar tal sanción, en el caso subjudice, sería una notoria falta de equidad, contraria al concepto de la igualdad ante la ley, así como la libertad de prensa, “pues, tratando de impedir su abuso, se hace imposible su uso”, como dice Sevdel (cita de Bielsa, “Derecho Administrativo”. Pág. 126, Tomo III).
Que la Excma. Cámara en lo Criminal y Correccional, en el caso de “La Machona”, Víctor Margueritte (Gaceta del Foro Nº 2139), fijando el criterio que debe servir de pauta para calificar los conceptos y descripciones existentes en una obra literaria extensa dice: “que sólo de su conjunto puede deducirse si se trata de una producción destinada a herir el pudor público o la expresión de ideas o nociones científicas o simples conceptos de arte o de belleza”, así como que: “la existencia, dentro de un libro, de episodios licenciosos, aun cuando parezcan excesivos, no puede servir por sí sola para calificar de obscena”, criterio que debe aplicarse en el caso de autos, por cuanto nada hace al mismo la diferencia de valores estéticos o literarios que pueden existir entre la obra de Margueritte y la del procesado, ya que el tribunal no puede entrar a discriminar sobre esos méritos, debiendo limitarse a considerar tan sólo los fines morales, o inmorales punibles, que se evidencian en su conjunto.
Que, en tales condiciones, atendiendo a la evolución del concepto ético-literario contemporáneo, las precisas conclusiones de la jurisprudencia, así como la amplitud de libertad con que nuestros tratadistas y la doctrina interpretan las garantías de la palabra escrita, que asegura la Constitución Nacional, corresponde aplicar el principio: in dubbio pro reo, establecido en el artículo 13 de Código de Procedimientos en lo Criminal y Correccional, y en consecuencia, fallo: Absolviendo de culpa y cargo al Sr. Raúl Barón Biza, por violación del Art. 128 del Código Penal. Hágase saber a la Policía, y, consentida o ejecutoriada, archívese.
Dr. R. B. Nicholson.
Juez

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1 comentario:

Anónimo dijo...

A pesar del patético libro de Christian Ferrer... qué gran escritor fue este hombre!!

"El Derecho de Matar" es una novela estupenda.