lunes, 16 de abril de 2007

Otra de farmakos

El fármakos capitalista ya no es definible como un cuerpo sin órganos artaudiano. Es parchado como el monstruo de Frankeinstein, pero su carne es casi robótica, maquinal. Un muñeco de níquel y gutapercha articulable, desmontable. La muerte le llega en forma del Shylock capitalista, el judío que espera la libra de carne posmoderna y no al Mesías, llega por desprendimientos sucesivos de ese cuerpo. La famosa muerte de a pocos, por pedazos, tan mentada por el imaginario gótico, aquí llega a hacerse realidad. El cuerpo-mitología urbana se va despojando de partes de su cuerpo en el montepío del Judío, la libra de carne es un artefacto, porque el montepío solo tiene piedad hacia los objetos del capitalismo, revendibles para que la gente siga practicando el colaboracionismo universal, sigan viendo tele, DVD, VHS, escuchando casetes, discos, vinilos, cedés, etc. Cuando el fármakos capitalista se ha cansado de hacer del Honesto (o la lógica escabrosa del callejeo corriendo detrás del dinero le ha demostrado de forma contundente su imposibilidad), y temeroso de sucumbir a la dignidad atroz y sin retorno del Criminal, entonces comparece en la clásica escena shakesperiana que nosotros hemos elegido para describir nuestra vivencia cotidiana: te presto plata por una libra de carne de tu cuerpo aún no magro, todavía comerciable, intercambiable, judaizable. Los objetos que llevamos a empeñar, empeñados nosotros en seguir siendo considerados parte de los normales y honestos no de los anormales y criminales, son parte de nuestra historia, son nuestro cuerpo. Esa colección de vinilos de los 80 y 90 por ejemplo, tienen lágrimas del adolescente o del joven que se entusiasmó con las tonterías de su época. Ese reproductor de cedés portátil lo compramos con mi amada cuando apenas empezamos a vivir juntos, una especie de primera compra en común, y los cedés escuchados en ella ya tienen todo un sello exclusivo, único, intransferible (El mejor grupo musical de nombre chuscamente agramatical, la banda salsera colombiana Fruko y sus tesos, suena con una tristeza insufrible cuando toca su clásico “El preso”, la identificación era total). La libra que tenga mi oreja (un reproductor de cedés), mi boca (un aparato celular), mis piernas (una bicicleta), mis ojos (un ordenador pre-LCD), mis muñecas (una cadenilla de horno de los tontos, un reloj de pulsera), etc., cada una de las partes que suman libras en la balanza judía, el Paciente por antonomasia, el siniestro Esperador, cada artefacto tecnológico es desgajado del cuerpo para ir al mismo tiempo cosiendo la del fármakos que será sacrificado finalmente con delectación gatuna sobre el altar capitalista cuando ya solo sea un corazón y un ojo (Ver el macabro cuento de Ronald Dahl "Willian and Mary"). Lo fáustico es más bien cosa del pasado, de la Edad Media, pre-tecnológico. Claro, sería mejor hablar de lo mefistofélico, esa parábola de la mirada por sobre el magro y poco alimentado cuerpo hasta alcanzar el centro sensible de la realidad trascendente: el alma. Duró hasta el renacimiento, cuando hasta había un alma del mundo que unía cielo y tierra aún. Lo mefistofélico se ha acotado al mundo de los santones indios, derviches y morabitos musulmanes, mendigos y clochards varios, cuyos cuerpos totalmente alejados de las relaciones de fuerzas capitalistas (ni hablar del estado de bienestar), apenas tienen su alma para alguna transacción, con ese judío negro: Mefistófeles.
extraìdo de "La filosofía del pop", Cristino Bogado, próximamente en editorial "Dios se aburre", Lolita, paraguay, 2007

1 comentario:

Rain (v.m.t.) dijo...

Uno busca existir lejos de la espectaculsridadu de una u otra forma se encuentra de pronto en el medio, y entonces sse va, como disidente, hasta que en otro momento vuelva la marea....
y no se conforma, así que todo resulta más difícil. Sólo que mejor.