domingo, 15 de abril de 2007

Sobre la lichtung en "Hamaca paraguaya", de Ticio Escobar


EL CLARO

La producción del arte se encuentra hoy enfrentada a dos desafíos de peso. Por un lado, el que lanza la omnipotencia de la razón instrumental, la hegemonía planetaria de lo tecnológico. Por otro, el que plantea la sobresaturación de lo imaginario: la metástasis que produce la imagen estética en clave de mercado. Para el arte, la cuestión no consiste, obviamente, en impugnar la tecnología y renegar de la imagen, sino en transitarlas radicalmente para discutir el sentido único y recuperar la densidad de los lenguajes. Así, emplazado en pleno territorio global, no debe el arte despreciar los recursos técnicos, sino extremarlos: acorralarlos para que asuman su función instrumental, den un paso al costado una vez cumplida ésta, y dejen que se produzca el acontecimiento, fugazmente. Y en el medio de las mil escenas abiertas por la sociedad del espectáculo, la función del arte consiste no en descartar la imagen, sino en abrirse paso a través de ellas para despejar un lugar para la verdad silenciosa de la pausa; es decir, hacer un alto y abrir una oquedad donde resuene el rumor urgente de la poesía. Cavar un espacio de no-infierno en medio del infierno y cuidarlo. Ése es el imperativo ético (estético) de Calvino.
La película Hamaca Paraguaya, dirigida por Paz Encina, se ubica ante ambos retos osada, lúcidamente. Asume las posibilidades del lenguaje cinematográfico reduciéndolo a lo esencial: apelando a los argumentos más propios del cine, sus dispositivos últimos: el engranaje desnudo que tensa las líneas del espacio y el tiempo, el puro artificio que confronta la palabra dicha y la callada, la sombra que se muestra y la figura que se sustrae. Los recursos técnicos son escuetos pero contundentes: la fijeza de la cámara; el uso frugal de los planos; el número mínimo de personajes; sus presencias sesgadas, lejanas; la acción sucinta, los diálogos parcos, cortantes casi: sentenciosos como el hablar de los guaraníes, medidos, como sus imágenes.
Esa reducción casi sacrificial del lenguaje no es suficiente; la obra no se agota en la limpieza del signo ni en la economía del gesto: asume de entrada los trámites oscuros, delicados a veces, de la metáfora. La metáfora regula (acerca, mantiene a raya, suspende una y otra vez) la inminencia: el suceso que amenaza o promete y no termina de ocurrir, la angustia o la esperanza del presagio. Las aves, emisarias -según los guaraníes- de mensajes cifrados; el cielo mudo y vacío, repleto de pura nada; la mariposa deshojada; la camisa nunca terminada de limpiar, perforada en su centro exacto; reiteradas, estas figuras lacónicas puntúan un escueto diagrama escénico y sostienen el clima sugerente de la obra: remiten a situaciones marcadas por la melancolía de la pérdida, abiertas a la terca espera que hilvana la memoria y sostiene cada palabra dicha o callada.
Pero estos eficientes arbitrios retóricos tampoco bastan: es necesario todavía el aval de una verdad, una realidad personal, histórica, que sostenga la verosimilitud del relato. “Pinta con fuerza tu aldea y pintarás el mundo” escribía Dostoievski. Paz Encina narra con convicción una pieza clave de nuestra memoria colectiva: un momento inmediato al final de la Guerra del Chaco. Acá el lenguaje despojado y la imagen sumaria sirven para tocar un punto sensible de la memoria compartida con una precisión quirúrgica: incisiva y exacta. Sólo pocas palabras, algunas pausas intensas, una mención puntual y algún toque rápido, sirven para instalar el cuadro, despertar la asociación necesaria, soltar el curso de representaciones impacientes que instalan la atmósfera de la guerra. O del recuerdo de la guerra. O de su ficción: su verdad como imagen construida colectivamente.
Esta verdad permite que la obra no funcione como mera reflexión conceptual, ni como cita culta a la estética meticulosa de Ozu, al nuevo cine iraní o a los viejos filmes franceses o rusos, sino como un discurso propio, bien informado por cierto, vigente y alerta a su propio tiempo, avalado por una realidad convincente.
Una realidad que para ser sustento de ficción (de nuevas realidades) debe ser operada mediante rigurosos expedientes cinematográficos, que incluyen, por cierto, las diligencias poéticas: el trabajo de instaurar un espacio de acontecimiento. Heidegger dice que es tarea del arte abrir un claro, un Lichtung, donde se convoque el acontecer del lenguaje. Paz Encina despeja un sitio en el bosque para levantar allí la escena donde resonarán las voces y los sonidos de sus ecos o donde se inscribirá el intervalo de las palabras guardadas: el detrás de las palabras, su fondo ausente. Cada personaje intercambia con el otro su parlamento en medio de ese (no)lugar inestable; oscilante como una hamaca. Cándida y Ramón sustituyen sus lugares: la posición de quien sigue creyendo o descree ya, de quien continúa esperando o comienza a desesperar; de quien sostiene que el horizonte está adelante o detrás, que sopla el viento de un punto o del otro.
¿Quién habla? Ésa es la pregunta esencial, dice Nietzsche. Habla el lenguaje, desdoblado en idiomas diferentes, imposibles de ser totalmente traducidos entre sí. Hablan los personajes con sus bocas cerradas. Nadie habla: todos son hablados por la polifonía de la memoria que tiene demasiadas voces, por la palabra del hijo que nunca regresará porque nunca ha terminado de partir, por el hablar sin rostro del heraldo infausto, los gritos de aves invisibles, el retumbo de truenos mentirosos, los ladridos de la perra que amenaza cuando se lamenta e inquieta cuando calla.
El claro suspende la palabra. Retarda el tiempo del regreso, la sazón de la lluvia, la temporada del invierno. No puede prorrogar el final, demasiado puntual en su cumplimiento, pero permite que se crucen las últimas palabras, ya casi fuera de escena. Y, ya fuera de escena, en el espacio baldío abierto brevemente al término de la película, llueve breve, suavemente. Y allí, recién a la intemperie, se produce el alivio mojado de haber visto, por fin, una película paraguaya capaz de marcar el devenir del cine latinoamericano. Del cine.
Ticio Escobar
fuente:
www.ultimahora.com

1 comentario:

Rain (v.m.t.) dijo...

Me han interesado la Lichtung y el no-lugar. Mueven en uno, lo que es como una neuralgia, el espacio que se va llenando de preguntas.

Y esa manera de referirse a la metáfora: gran artículo gravitando sobre el cine de Paraguay.