jueves, 31 de mayo de 2007

Texto suicida: ni la derecha ni la izquierda: soledad total

Identidad, igualdad, soberanía...
Algunas consideraciones sobre mitología política*

Antonio Tudela Sancho**

«Todos los conceptos sobresalientes de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados» . Como es sabido, esta afirmación la hace el gran teórico de la dictadura, el jurista alemán y protonazi Carl Schmitt, en su obra Teología política, de tanta influencia en la actualidad. Para Schmitt, esto mismo, que la teoría del Estado haya surgido de la vieja teología, no es sólo una evidencia de carácter histórico -eso que alguien ha llamado la «disolución política de la teología» en la era moderna, a propósito de la conocida lectura que Hobbes hace del bíblico Libro de Job en su Leviatán -, sino que es además una evidencia de índole estructural, sistemática, de modo que hay que tenerla en cuenta a la hora de establecer una sociología de los conceptos clave de toda filosofía política moderna.
Sirva la referencia a la teología política de Carl Schmitt como simple apunte previo de estas consideraciones que quiero compartir con ustedes. Posiblemente volvamos más tarde a este autor, pero no es, desde luego, mi intención desarrollarlo en este lugar ni en este momento.
Por otra parte, no es precisa la referencia a Carl Schmitt para comprender que los protagonistas de la filosofía política moderna que estudian ustedes y que, sin duda, les son presentados en el marco del racionalismo y de la ilustración como superación de la dogmática religiosa del mundo antiguo, medieval, y reivindicación del pensamiento laico, humanista, científico, reinstalan en realidad en sus desarrollos los viejos mitos -permítanme que hable a partir de aquí de «mitología», concepto en sí más amplio que el de «teología», por más que pueda discutírseme mi reducción de este último al primero-, mitos que se disfrazan ahora con ropajes secularizados. Ya se ha men-cionado a Thomas Hobbes, y su rescate del Leviatán bíblico en formato ahora de Estado soberano y omnipotente cuya fuerza radica en la cesión pactada por todos los súbditos de su libertad. Pero resulta que si acuden ustedes a su aparente antítesis contractual, en Juan-Jacobo Rousseau, y repasan concretamente su ensayo acerca de Los orígenes y el fundamento de la desigualdad entre los hombres, encontrarán igualmente el deslizamiento solapado -y teñido, además, de paradoja- de algo que tiene gran interés para la historia de la filosofía de la historia, y es -como nos recuerda Reyes Mate - el descubrimiento de la importancia del pasado en lo que respecta a cuestiones de injusticia al mismo tiempo que dicho descubrimiento se encumbre para dejar paso de inmediato a una muy inquietante noción que ha tenido luego enorme éxito político: la de la igualdad entre los hombres. Me explico. Rousseau quiere en su ensayo demostrar que las desigualdades que existen entre los hombres no son hechos naturales, sino producto de la razón y de la voluntad humana, de modo que el hombre actual está implicado. Y está implicado, diríamos hoy desde cierta perspectiva, porque si las desigualdades son obra del hombre, son injusticias, hay una responsabilidad y un sesgo moral que es el que tendría que llevar a concebir la política como una respuesta a dichas injusticias. Pero resulta que Rousseau no va por ese camino. Para Rousseau, si las desigualdades presentes son efecto de la acción del hombre en el pasado, el hombre actual debe organizarse de modo que se pueda recuperar la «igualdad originaria» por medio de un sistema político resultado de la voluntad de todos, es decir: el contrato social. Es decir, a la desigualdad histórica responde Rousseau con un sistema justo que olvida las injusticias pasadas, con lo que se cancela la vigencia de los derechos de las víctimas. Mediante una sencilla operación parecida a la del mago que extrae de su chistera vacía un conejo, Rousseau responde a la injusticia pasada no con justicia presente, sino con la pura «igualdad», suerte de espectro especular que nos retrotrae mitológicamente a una edad originaria supuestamente dorada, armoniosa, de paz natural entre los hombres. Por decirlo de otra manera, la moralidad -que tiene que ver con la respuesta a la injusticia del otro, con el resarcimiento de lo que se le debe a la víctima- es sustituida sin mayor problema con un carnet de igualdad para todos: con ese carnet, la víctima podrá disfrutar en delante de los mismos derechos que quienes han cometido la injusticia, esto es: los verdugos. Unos y otros quedan igualados, son iguales, son ciudadanos -que ya no súbditos de un espacio común donde todo se soluciona como por invocación prodigiosa: aquí paz y después, gloria.
En fin, hasta el propio Immanuel Kant, que es como bien saben ustedes el punto culminante de la Ilustración y el de partida obligatoria para el subsecuente Idealismo alemán, verá la historia humana como el desarrollo pleno de sentido del progreso de la razón, constante desenvolvimiento de las disposiciones humanas hacia el bien, mito del progreso -tan en boga en los autores ilustrados- hoy ya más que desconstruido , no vamos a entrar ahora a señalar y/o a discutir que, en sí, no es sino la versión laica del anterior mito religioso de la providencia (que aún funcionaba nominalmente en Giambattista Vico, pongamos por caso), pero es que, además, es el caso que Kant duplica los disfraces, porque ni siquiera habla de la historia de la especie humana como «progreso», sino como la ejecución de un secreto y «determinado plan de la Naturaleza» , lo que lleva a un filósofo de la historia de talla clásica como es Collingwood a exclamar con una curiosa mezcla de razón e ingenuidad lo siguiente: «Toda la historia muestra ciertamente progreso, es decir, es el desarrollo de algo; pero llamar a este progreso plan de la naturaleza, como lo hace Kant, es emplear lenguaje mitológico» .

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Hasta aquí, una serie de tópicos que espero les hayan servido para situar la cuestión. Nada más cercano a la mitología que el pensamiento de los filósofos racionalistas. A fin de cuentas, no puede extrañarnos que durante la Revolución Francesa la propia Razón, con mayúscula, fuera entronizada como diosa de una religión laica en el lugar privilegiado del viejo culto, en los altares de Nôtre Dame de París. Nada más íntimamente en contacto con los conceptos teológicos -por retomar un instante a Carl Schmitt- que los conceptos laicos de la filosofía del derecho, la política y el Estado. Recordemos la definición del detentador de la soberanía que da Schmitt al comienzo de su ensayo: «Soberano es aquel que decide sobre el estado de excepción» , definición ésta de tanta influencia en las más relevantes discusiones actuales sobre filosofía política, que habrá que remontar hasta el Walter Benjamin contemporáneo y muy atento a Schmitt (por más que le pesara a Theodor W. Adorno, suerte de albacea testamentario más bien olvidadizo o traspapelador) de las Tesis sobre filosofía de la historia (baste con citar aquí el inicio de la tesis octava: «La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el “estado de excepción” en el que vivimos» . A fin de cuentas, como señala igualmente Schmitt, el Estado de excepción posee en la jurisprudencia análoga significación que el milagro en la teología, y no es de extrañar que el moderno Estado de derecho (cuya apología, paralela a la de la democracia, halla su cenit en Kelsen, contra quien Schmitt carga sus tintas) y el deísmo se afirmaran a la par, en sus intentos metafísicos paralelos de erradicar la violación con carácter excepcional de las leyes de la naturaleza esto es: el milagro- tanto como la intervención directa del soberano en el orden jurídico vigente . Tampoco es de extrañar, por tanto, el cese actual de ambas cauciones, en un mundo cuya metafísica ha recuperado y con creces la fe en el milagro (a caballo de un renacer de todo tipo de creencias religiosas y aun mitológicas, ya las echemos en la cuenta del socorrido «todo vale» que tan fácilmente achacamos a los llamados postmodernos, ya en la cuenta de tantos desesperados para los que no parece haber mayor esperanza ya que el «deus ex machina» de una nueva tramoya barroca), tanto como el gusto político por la excepción, paralelo al descrédito del derecho. Por esto precisamente -y Hans Kelsen, en definitiva, perdió la partida frente a su mucho más lúcido colega Carl Schmitt- no nos puede extrañar esa conjunción de la todavía llamada democracia con el integrismo religioso que campa a sus anchas en la nación más poderosa del planeta por cierto que la única que, con toda razón, y por más que les duela a Negri, Hardt y toda esa izquierda de corte naïf que lleva décadas hablando de la «potencia hegemónica en decadencia», defiende e impone con cierta eficacia su soberanía, mientras niega el derecho soberano a las restantes naciones. Y digo que no nos puede extrañar, porque sólo los ingenuos establecerán una suerte de dicotomía al hablar de democracia, como si fuera posible tachar a la existente de «falsa» o «mala», «manipulada» en cualquier caso, frente a la ideal, la «buena», la de los filósofos y teóricos del derecho, sin advertir los presupuestos irracionales que descansan en su lecho legamoso. Una vez más, el viejo apunte de Francisco de Goya en uno de sus grabados negros -no sólo por la tinta-, «El sueño de la razón produce monstruos», no será visto en su correcto, desencantado y tortuoso sentido, sino tan sólo en el de la admonición simplona y como al servicio de la lírica ilustrada, en definitiva: el menos goyesco de ambos sentidos.

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Pero, como dije al principio, no es mi intención seguir por este camino. Por el contrario, quisiera servirme de las palabras de otro autor, hasta cierto punto en las antípodas de Carl Schmitt y mejor conocido de ustedes: el filósofo español, fundador y motor móvil -yo casi diría mejor centrifugadora- de la Escuela filosófica de Oviedo, Gustavo Bueno. El profesor Bueno ha dicho en cierta ocasión, en un contexto -ya algo antiguo- que les voy a ahorrar a ustedes, lo siguiente: «Es preciso triturar la mitología política que es hoy más frondosa que hace veinte años» .
¿A qué «mitología política» hoy en boga con más fuerza que décadas atrás, cuando el mundo se nos presentaba con un tono bastante más optimista, se refiere Gustavo Bueno? ¿Y cuál será el remedio, el dique, el contrafuegos que proponga? Lo veremos en seguida. Pero por lo pronto, apuntemos que al filósofo le preocupa no tanto una cuestión de tipo doxográfico, para debatir en las aulas universitarias, cuanto un problema generalizado «al nivel de la calle», por así decirlo. Porque la «mitología política» cuya trituración es tarea urgente e ineludible del modo de pensar crítico que llamamos filosofía es la que se nos cuela cada día en casa, en el aula universitaria, en el colegio, en la plaza, en la reunión con los amigos, incluso -por qué no decirlo- en un ámbito excepcional de debate como el que nos ocupa en esta semana.
Repasemos, nuevamente a modo de ejemplo, algunos mitos de los que propone nuestro sistema-mundo moderno, por decirlo utilizando los términos del conocido sociólogo Immanuel Wallerstein, de quien tomo prestado el ejemplo . En concreto, señalemos cuatro proposiciones que funcionan como descripciones de la realidad al tiempo que como prescripciones, esto es: su pretensión consiste en cobijar a la vez el ser y el deber-ser de las cosas, anhelo medio esquizo que de por sí debiera hacernos sospechar ya de entrada, aun cuando en la práctica nadie de este paso. Estos cuatro axiomas son los siguientes:
1) El capitalismo se basa en la competencia dentro de un mercado libre.
2) Los estados, esto es: nuestra estructura política, son soberanos.
3) La ciudadanía se fundamenta en la igualdad de derechos políticos.
4) Por fin, los académicos y científicos practican la neutralidad valorativa.
«Así es y así debe ser», podemos añadir como coletilla o «amén» a cada uno de los cuatro asertos que, como les digo, son lugares comunes de nuestro tiempo.
Pues bien, siguiendo la reflexión de Wallerstein, como descripciones, ninguno de ellos acierta, y como prescripciones, tampoco son seguidos ni por el común de las gentes que poblamos el planeta ni tan siquiera por las elites que en teoría defienden el sistema. Y esto por lo siguiente, de nuevo uno por uno:
1) El capitalismo se basa en la competencia dentro de un mercado libre. Falso, porque el mercado libre y competitivo es de suyo un mito, y su realización es -como sabe cualquier capitalista- imposible: si el mercado fuera verdaderamente libre en el sentido que le dio Adam Smith (es decir: una multitud de vendedores, otra de compradores, total transparencia en las operaciones de compra-venta, honestidad y total conocimiento por parte de la totalidad de compradores y vendedores del estado del mercado), sencillamente sería imposible para nadie obtener beneficio alguno, ya que los compradores forzarían siempre a los vendedores a bajar el precio justo, a veces y aunque fuese momentáneamente incluso por debajo del costo de producción. Por ello es por lo que las reglas del juego precisan de algún tipo de restricciones en el mercado, esto es, algún grado de monopolio que, cuanto mayor sea mayor beneficio dejará a los vendedores. Por supuesto, los monopolios tenderán por su propia dinámica a su desaparición o, por mejor decirlo, a su desplazamiento, y aquí es donde los estados se hacen imprescindibles, como garantes o creadores de monopolios, como sus legi-timadores «neutrales» y también como sus destructores. En suma: por supuesto que el mercado juega un papel importante en la marcha del capitalismo, pero los capitalistas precisan del estado -mejor dicho: del estado a su favor, y no a favor de otro- para obtener ganancias considerables.
2) Los estados, esto es: nuestra estructura política, son soberanos. En nuestro sistema internacional, este mito apunta a esto, a que cada estado afirme su propia soberanía al tiempo que muestre respeto por la soberanía de los demás. Nada más lejano de la evidencia cotidiana, que nos muestra estados fuertes frente a estados débiles (antes hablamos incluso, extremando las cosas, de un solo estado mundial que reconoce una sola soberanía en el mundo: la suya propia), los fuertes interviniendo regularmente en los asuntos internos de los débiles, y estos intentando adquirir más fuerza es decir, tratando de volverse fuertes para oponerse a las intromisiones y -de ser posible- para entrometerse a su vez. La evidencia es clara: si el mito fuera real, es decir, si todos los estados fueran soberanos, ninguno precisaría ni en consecuencia tendría ejércitos ni servicios de inteligencia.
3) La ciudadanía se fundamenta en la igualdad de derechos políticos. Ya hablamos antes de Rousseau, pero situémonos ahora en la Revolución Francesa, que fue el final de los «súbditos» y el surgir de los «ciudadanos» con derechos iguales y con igual participación en la toma de decisiones políticas estatales. Pues bien, desde el momento mismo en que se lanzó el concepto, prácticamente todo estado intentó limitar su realización. Uno de los medios más eficaces para lograr esta limitación fue la creación de una serie de distinciones binarias que, aunque construidas sobre otras más antiguas, adquirieron entonces, es decir, a lo largo de los siglos XIX y XX hasta nuestros días, una importancia política antes desconocida. Estas distinciones serían: «burguesía» (o «clase media») frente a «proletariado» (o «clase trabajadora»); «hombre» frente a «mujer»; «sustentador del hogar» frente a «ama de casa»; «hombre blanco» frente a «negro» (o «persona de color»); «ciudadanos honestos» frente a «criminales»; «normal» frente a «anormal»; «adulto» frente a «menor de edad»; «individuo culto» frente a «masas»; «pueblo civilizado» frente a «incivilizados o salvajes», etc.: cada cual puede seguir como quiera la lista. El resultado de estas polarizaciones fue que la inmediata limitación de la ciudadanía, ya que este concepto incluye teóricamente a «todos», pero este «todos» se queda a su paso por la serie binaria reducido a una pequeña minoría de la población: basta con estudiar la historia de los derechos de sufragio.
4) Por último, el mito de que los académicos y científicos practican la neutralidad valorativa. En teoría, los académicos y científicos se consagran a la verdad abstracta, a la comprensión del mundo según métodos adecuados, confiables y totalmente intrínsecos a los intereses del conocimiento, sin temer ninguna presión social ni reconocer ninguna coacción -sea financiera o política- que los obligue a rectificar sus resultados e informes. Un «bello cuento de hadas» -dice Wallerstein - que verá disuelto cualquiera que frecuente una universidad o un instituto de investigación y tenga que enfrentarse a las presiones materiales, las presiones de la propia carrera y las presiones político-administrativas del medio.

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Con todos estos ejemplos, y algunos más que podríamos aducir, hemos de tener claro a estas alturas algo que, por otra parte, ya intuimos a poco que por experiencia personal o ajena nos hayamos desprendido un tanto de nuestra natural ingenuidad -a menos que estemos en posesión de un optimismo inasequible al roce con lo empírico, algo que ni Voltaire permitió al filósofo Pangloss y su cándido discípulo-.
En cualquier caso, la filosofía ha de servirnos para descubrir y poner en su sitio al mito, para no dejarnos llevar por lo estratos de pensamiento ideológico, mitológico, por más que tales estratos se nos hagan presentes a través de personas de buena fe, honestas y bien encaminadas. De hecho, este es un peligro enorme frente al que debemos estar alerta, ya que, como sostenía André Gide, el infierno está empedrado de buenas intenciones, o por decirlo de otro modo, son más peligrosos los buenos (por emplear el término amable) que los malvados, ya que estos últimos descansan a veces, a veces dejan de ser malvados, aunque sólo sea por descuido, mientras que los buenos lo son a tiempo completo y no descansan ni en sueños. De ahí este consejo, quizás un poco enigmático acá, que me permito darles: tengan ustedes cuidado con las personas de buena intención. Nadie con mejores intenciones que un fanático o un integrista. Piensen ustedes que el fuego de las hogueras de la Inquisición española se elevaba para salvar las almas. Digo todo esto, que en realidad son verdades de Perogrullo, porque hoy día resulta muy difícil zafarse de todo tipo de mitologías políticas, que no hay manera de refutar, ya que o te lo impide la dichosa «corrección política» que nos llega como cualquier otra moda del norte anglosajón, o te lo impide la bondadosa convicción ideológica incapaz en su ceguera hasta de darse cuenta del tamaño desproporcionado de sus anteojeras. Imposible en uno u otro caso tratar de razonar, y menos desde la filosofía, cuyo papel siempre será el del molesto tábano socrático.
Mitos políticos los hay actualmente a montones. No sólo en lo que toca al análisis serio de los clásicos conceptos políticos, que abarcan temas como los de la soberanía, la igualdad, la democracia o el estado, que sólo hemos podido apuntar de pasada y muy variopintamente en esta intervención. La mitología política afecta por igual a casi todos los participantes en el juego de nuestro tiempo, por anverso o por reverso. Sólo les pondré -de nuevo- algunos ejemplos, tomados un poco al azar y fruto del asombro que de un tiempo a esta parte le zarandea a uno entre sus lecturas y sus experiencias cotidianas.
Verbigracia, el resurgir del maniqueísmo, que fue una religión de origen persa basada en el reconocimiento de dos fuerzas divinas antagónicas, muy influyente en los primeros siglos de nuestra era, hasta el punto de poderse ver sus huellas en ese clamor de los «hijos de la Luz y los hijos de las Tinieblas» que hallarán ustedes en el Evangelio de San Juan. Pues bien, la versión política, ideológica de nuestros días la encuentra uno en esa curiosa diatriba bipolar entre la globalización y la anti-globalización, un esquema tan simplón como el del bueno y el malo de las películas del oeste (en realidad, más simple todavía, porque ni siquiera cuenta con el tercero en discordia, el bueno, el feo y el malo del spaghetti-western rodado en Almería, a dos pasos de mi tierra murciana), que lleva a algunos -repito que de muy buena fe... pero éste es el problema- incluso a llamar en plan anglosajonizante al malo, «globalización», y en plan latino-francófono al bueno, «mundialización». Para qué seguir. Davos el demoníaco frente al risueño Porto Alegre. O sea, la cruda realidad marcha por un camino que, como no sabemos muy bien cómo cortar, nos lleva a crear una pseudo-realidad paralela que habitar y ya está: todos con la conciencia tranquila y tan a gustito. Es un poco como esas ocurrencias de algunas manadas de semovientes bien-pensantes, pongo por caso: como no me gusta el invento y la manipulación del status quo primermundista que, por ejemplo, le otorga a Henry Kissinger, conocido e impune asesino múltiple, de esos que siempre morirán demasiado tarde , el Premio Nobel de la Paz en 1974, nos inventamos un «Premio Nobel de la Paz alternativo» y se lo damos a quien corresponda para compensar. El asunto sería risible de suyo si no hubiera tanta gente que de buena fe hace tantas cosas por el estilo.
Y ya que hablamos de verdades de Perogrullo, y tengo todavía bien reciente la visita a la Facultad de Filosofía de la UNA hace unas semanas de Heinz Dieterich, amante de las perogrulladas (según confesión propia), que fue allí jaleado por algunos colegas muy bien dotados para la revolución de sillón, poltrona o bolsillo, lo mismo podría decirse de quienes llevan su maniqueísmo a los gobiernos estatales, donde el malo ya sabemos quién es y el bueno iría aposentándose con mayor o menor fortuna tras el mítico y místico modelo ejemplarizante de Fidel Castro en su isla-resistencia irreductible. Poder y contra-poder acaban pareciéndose cual gotas de agua o paloma ante el espejo, y los mitos se multiplican hasta la náusea sin que nadie se dé cuenta del eterno retorno de las cosas, desde aquel origen de la democracia estadounidense, en la que la voz del pueblo tomaba el ser de la voz de Dios en la creencia racional pragmática que dio a Jefferson su triunfo en 1801, como nos recuerda Carl Schmitt , hasta los un tanto más confusos mitos de origen y cuasi-divinización de un José Martí en Cuba o de un Simón Bolívar en la actual república que lleva su apellido. Pero cualquiera se arriesga a decir nada, incluso aduciendo la libertad de cátedra y de pensamiento (como afirma Wallerstein, en alusión al bello cuento de hadas que antes narramos de la neutralidad académica: «disentir es un acto de valentía, incluso en el más liberal de los estados» . Por cierto que, si a alguien le interesa todo esto de la voluntariosa creación de mitologías, se va a celebrar un simposio en Sucre, Bolivia, en la última semana de este próximo mes de octubre, que contará con la presencia de cierto número de intelectuales orgánicos, comenzando por el mencionado alemán chavista Heinz Dieterich y concluyendo con una intervención del propio Evo Morales. Entre los temas que se discutirán figuran en un programa plagado de mayúsculas, al gusto germánico, los de la «Soberanía y defensa militar de la Patria Grande», la «Alianza entre los Estados y el Poder Popular en la liberación social, nacional y regional» y la «Defensa ecológica de la Pacha Mama»... [Sin comentarios.]

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«Triturar la mitología política que es hoy más frondosa que hace veinte años», les decía antes que decía Gustavo Bueno. Yo me hubiera querido extender en otras cosas, posiblemente más sutiles, aparentemente más inocentes que todo lo que les he expuesto, y me hubiera gustado hacerlo a partir de las reflexiones del profesor Bueno, pero creo que ya he abusado bastante de su paciencia y me toca ir terminando. Con todo, les voy a citar a Gustavo Bueno, porque aunque sus alusiones se refieren exclusivamente a problemas que afectan en la actualidad a ese país que todavía llamamos España, a fin de cuentas mi sufrida tierra natal, creo que con muy poca imaginación que ponga de su parte cualquiera puede establecer sus analogías con los problemas y las mitologías propias de esta tierra paraguaya y, por extensión mediterránea, del ámbito regional, generoso y a la par inquietante que es su circunstancia y la de la convocatoria de nuestro Congreso. Además, Gustavo Bueno da aquí sentido al aporte que en este quilombo (con perdón) ideológico le compete a la filosofía. Les cito a Gustavo Bueno:

El racismo, por ejemplo, me parece uno de los peligros más alarmantes, y sería preciso abrir bien los ojos para poder calibrar cuanto de racismo (ojalá que sólo fuera vano narcisismo) hay en estos movimientos, tan violentos como cursis, que hoy denominamos (con fórmulas necias, sor-prendentemente metafísicas, es decir, que parecen sacadas de un libro de metafísica escolástica), «regreso a las fuentes» (al euskera, como idioma primitivo; al bable, como expresión de un pueblo colonizado que busca sus raíces celtas), «búsqueda de la propia identidad», y «realizarme a mí mismo de un modo no alienado». Permítaseme decir que esto es posible en España fundamentalmente por la ausencia de una disciplina filosófica rigurosa en el bachillerato. Así como la disciplina matemática no permite decir a un español medio que dos y dos son cinco, así una disciplina filosófica impediría que alguien diga y defienda como una opinión más entre las posibles opiniones democráticas que su objetivo es buscar su propia identidad o que quiere realizarse.

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Para concluir, y ya que acabo de citarles a un filósofo español actual, recordaré a otro gran filósofo español, pero cuyas enseñanzas pertenecen a los inicios del pasado siglo XX, y cuya existencia cuenta con la peculiaridad de ser prestada o apócrifa, ya que se trata no de un ser real de carne y hueso, sino de un personaje de ficción -o un heterónimo, si así lo prefieren- debido a la pluma del poeta Antonio Machado. Me refiero a Juan de Mairena, profesor oficialmente de gimnasia en un pequeño instituto de secundaria de la pequeña población andaluza de Chipiona, y oficiosamente -esto es: ad honorem, en clases gratuitas y voluntarias- de sofística, retórica, oratoria y poética en ese mismo instituto. Y reflexionaba Mairena sobre una expresión famosa en su tiempo, que hablaba de una «nueva sensibilidad», para confesarse que no entendía qué podía significar realmente eso de una «nueva sensibilidad», ya que de darse la misma constituiría un hecho biológico muy difícil de observar y tal vez ni siquiera apreciable durante la vida de una especie zoológica. Frente a esa exitosa pero imposible «nueva sensibilidad», Mairena pensaba en una «nueva sentimentalidad», que aunque le sonaba peor no le parecía, sin embargo, un desatino. Porque, en efecto, los sentimientos cambian en el curso de la historia y aun de la vida particular de cada ser humano. Y en tanto que resonancias cordiales de los valores en boga en una sociedad y un tiempo concretos, los sentimientos pueden variar a medida que dichos valores se difuminan, envejecen o son simplemente substituidos por otros. Más aún, Mairena reflexionaba sobre los sentimientos que perduran a través de los tiempos, pero que no por eso van a ser eternos, y se preguntaba: «¿Cuántos siglos durará todavía el sentimiento de la patria? ¿Y el sentimiento de la paternidad?».
En fin, aquí termino, pidiéndoles disculpas por esta nueva exhortación que les hago y que me hago con la excusa de Mairena: no subordinemos nunca nuestras ideas al sentimiento, sopesemos siempre todas las razones, no vaya a ser que en los razonamientos se nos cuele la irracionalidad -es decir, ese complejo y eterno retorno de y a la mitología-, y más aún si lo hace por la vía rápida de la cordialidad y los afectos. De nuevo: cuidémonos de las buenas gentes y de sus buenas intenciones...
del libro "Pensar en Latinoamèrica",A.Tudela Sancho-J.Benìtez Martínez (comp.),Asunción, Jakembó editores,2006,

martes, 29 de mayo de 2007

PUNK DESPEREZAMIENTO, DE cristino bogado, NO bOGANO




Con la escusa de ke los chicos de Eloìsa nunca, sàdicamente subsanaron el error tipogràfico en el sacrosanto y singular nombre del autor de este texto, inèdito en formato libro impreso, una vez màs lo colgamos, ahora acà, en la REPÙBLICA:
  • Nombre Desperezado
  • domingo, 27 de mayo de 2007

    Olvidos

    Las canciones del olvido

    Patria querida nos remite a nuestra infancia militarizada
    Escolar y a la disciplina del canto a la salida de clases.

    El Himno Nacional: el tedio, la jaula del saber, el muro
    Que no se derrite bajo el ataque masivo de la mirada torva y neurasténica.

    BonyM, el bozo que brota sobre la agonía de la infancia
    Sentado en casa de un vecino ante el pesebre navideño
    Decoroso y perezosamente ya adulto esperando el clericó iniciático.

    Wilco, el campo chaqueño visto desde el auto un domingo

    Beau Brumels, un invierno solo con 40 grados de fiebre bajo una frazada en medio del monte, de la nada.

    Avanti morocha, pintando paredes de una oficina pública drogado con tinner y empanadas y el amor esperando la clausura del trabajo.

    La soundtrack de Metrópolis con M. sentada a mi lado con su hermano sin conocernos aún.

    Roberto Carlos bajando niño a la casa de la tía chacariteña.

    Janis Joplin con la sonrisa creciendo como flores en la arena de la incomprensión

    Bach el paraíso que nunca vivimos

    jueves, 24 de mayo de 2007

    Interviu con Koselleck, póstumamente publicado





    ENTREVISTA A REINHART KOSELLECK
    "Me desagrada cualquier memoria colectiva"







    El año pasado, Koselleck visitó Madrid invitado por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Dialogó con académicos e intelectuales sobre los caminos de la historia, y realizó una larga entrevista con sus anfitriones —Javier Fernández Sebastián y Juan Francisco Fuentes— que aquí se publica en forma muy abreviada. De los muchos ejes tratados, parecen especialmente interesantes para el debate argentino, las opiniones de Koselleck sobre la construcción de la memoria y la identidad nacional.





    - —En las últimas décadas, la historiografía ha sacado a primer plano los conceptos de memoria e identidad colectiva. ¿No cree que algunas identidades políticas fuertes, de partido, clase, nación o género, son el resultado de la asunción por parte de determinados individuos de ciertos conceptos vividos, que les hacen entenderse a sí mismos como pertenecientes esencialmente a tal o cual colectivo o comunidad de referencia?
    - —De entrada, yo diría que la oposición entre nación lingüística y nación política es una invención de los siglos XIX y XX. El primer concepto ha sido muy utilizado desde el Tratado de Versalles hasta hoy como una ideología peculiarmente alemana, porque desde el punto de vista lingüístico somos mucho más una nación cultural que una nación política, y de ahí la insistencia en el aspecto lingüístico. Los franceses poseen también, desde luego, una nación lingüística, puesto que, como no permitieron el desarrollo de minorías lingüísticas en su territorio, todos tienen que hablar exclusivamente en francés, presionados mediante políticas lingüísticas muy enérgicas. Así pues, la nación lingüística no es sólo una invención alemana, también es una práctica francesa. Pero la ideología, que es muy distinta en uno y otro caso, es otra cuestión. Así, si uno se fija en los detalles podría encontrar diferencias nacionales que están lingüísticamente enmascaradas por diferentes ideologías. En cuanto a la identidad y a la memoria colectiva, yo creo que depende fuertemente de predecisiones lingüísticas de hablantes impregnados de ideología. Y mi posición personal en este tema es muy estricta en contra de la memoria colectiva, puesto que estuve sometido a la memoria colectiva de la época nazi durante doce años de mi vida. Me desagrada cualquier memoria colectiva porque sé que la memoria real es independiente de la llamada "memoria colectiva", y mi posición al respecto es que mi memoria depende de mis experiencias, y nada más. Y se diga lo que se diga, sé cuáles son mis experiencias personales y no renuncio a ninguna de ellas. Tengo derecho a mantener mi experiencia personal según la he memorizado, y los acontecimientos que guardo en mi memoria constituyen mi identidad personal. Lo de la "identidad colectiva" vino de las famosas siete pes alemanas: los profesores, los sacerdotes (en el inglés original de la entrevista: priests), los políticos, los poetas, la prensa..., en fin, personas que se supone que son los guardianes de la memoria colectiva, que la pagan, que la producen, que la usan, muchas veces con el objetivo de infundir seguridad o confianza en la gente... Para mí todo eso no es más que ideología. Y en mi caso concreto, no es fácil que me convenza ninguna experiencia que no sea la mía propia. Yo contesto: "Si no les importa, me quedo con mi posición personal, individual y liberal, en la que confío". Así pues, la memoria colectiva es siempre una ideología, que en el caso de Francia fue suministrada por Durkheim y Halbwachs, quienes, en lugar de encabezar una Iglesia nacional francesa, inventaron para la nación republicana una memoria colectiva que, en torno a 1900, proporcionó a la República francesa una forma de autoidentificación adecuada en una Europa mayoritariamente monárquica, en la que Francia constituía una excepción. De ese modo, en aquel mundo de monarquías, la Francia republicana tenía su propia identidad basada en la memoria colectiva. Pero todo esto no dejaba de ser una invención académica, asunto de profesores.

    - —De ahí aquella definición del intelectual como "fabricante de mitos".
    - —Max Weber fue muy perspicaz al analizar los orígenes de las naciones como consecuencia de la acción de los intelectuales, a través del lenguaje. Weber aplicó una perspectiva muy sobria.

    - —Sus trabajos sobre la memoria de las dos guerras mundiales han aportado mucha luz sobre la repercusión de esos dramáticos acontecimientos en la conciencia de los europeos, en particular de alemanes y franceses. ¿Cree que los jóvenes alemanes, nietos de la generación que luchó en la guerra, han logrado asumir y superar un pasado que durante tanto tiempo ha pesado como una losa sobre la conciencia de sus compatriotas?
    - —La conciencia de la joven generación parece clara. No participaron en los hechos, exponen libremente sus interpretaciones y dicen lo que dicen con facilidad. No hay entre ellos confrontación basada en sus experiencias y, para ser franco, en cuanto a las diferencias entre franceses y alemanes, me parece que la mejor disputa es aquella en que, aunque se discuta desde posiciones abiertamente diferentes, hay un acuerdo básico sobre el común desacuerdo. A partir de ahí, hay una buena base para tratar en común sobre el pasado, lo cual resulta mucho más difícil con el pasado judío, porque la aniquilación de los judíos fue tan increíble que en esta cuestión no hay base para un debate libre, y hay que esperar hasta que la gente muera y entonces dispondremos de post-acontecimientos y de nueva información, de manera que, sin resentimientos personales, todo resultará más fácil. Pero es extremadamente difícil. Tengo muchos amigos judíos en Estados Unidos e Israel, pero sigue siendo un tema delicado. Es difícil mantener un debate libre, que sólo se produce muy rara vez, porque hay ciertos prejuicios que son inevitables y uno tiene que vivir con ellos. Esas diferencias son parecidas a las que hay entre los alemanes y los polacos, porque la conducta de los alemanes con los polacos durante la guerra fue muy parecida a la que tuvieron con los judíos: ellos despreciaban a los polacos y también a los rusos. De ahí mi empeño, fallido, en conmemorar la supervivencia de las gentes de origen polaco y de origen ruso. Yo dije: "Nosotros aniquilamos a seis millones de judíos, a tres millones de polacos y a mucho más que seis millones de rusos, y estamos obligados a conmemorar esas muertes increíbles que tuvieron lugar en el pasado". Pero los judíos siempre se opusieron a esa conmemoración de los eslavos, porque insisten en la singularidad del exterminio de los judíos, pues se supone que los judíos fueron aniquilados todos juntos a causa de la ideología de Hitler. Y es cierto... Es muy difícil entrar en este tipo de debates, porque los prejuicios siguen contaminando los recuerdos. Por tanto el debate no es tan fácil como entre franceses y alemanes. Sabemos que la colaboración de muchos franceses en tiempos de Hitler fue intensa. Pero la simple conciencia de haber colaborado prueba la disposición a esa debate común sobre el pasado nacional-socialista. Tal vez lo que sucede en España con sus problemas internos acerca del pasado franquista sea algo similar. Estoy seguro de que hay algunas analogías entre ambas situaciones.

    - —Según no pocos observadores el éxito de la transición española a la democracia se asentó en una sabia gestión de la memoria y el olvido por parte de franquistas y antifranquistas, que fueron capaces de reconciliarse y ponerse de acuerdo en algunos puntos mínimos sobre cómo dejar atrás la dictadura. (...) En los últimos años cierto revisionismo pone en cuestión ese modelo de transición y propone una completa reevaluación de los hechos, especialmente entre quienes se erigen en guardianes de la memoria de los derrotados. La ola de "memorialismo" que vivimos en España —incluyendo la voluntad de exhumación de los fusilados en fosas comunes por parte de diversas asociaciones, y otros aspectos más anecdóticos, como la reciente retirada de los monumentos a Franco— obedece en parte a ese movimiento revisionista que, al menos en ciertos sectores de la izquierda militante, evidencia una voluntad vindicativa que no pocas veces choca con la actitud mucho más flexible y contemporizadora de los escasos supervivientes, y de los familiares directos de las víctimas. A partir de la experiencia alemana, ¿sobre qué bases cree que ha de construirse una memoria común en un país desgarrado por una guerra civil ideológica?
    - —Mi regla en este tema consiste siempre en mantener las diferencias, debatir sobre las diferencias sin máscara. De ese modo, cada uno tiene la oportunidad de mantener su independencia respecto al otro gracias al reconocimiento mutuo. El reconocimiento de ambas partes supone de entrada una predisposición hacia la paz. Pero si uno niega la independencia de los otros, entonces se corre el riesgo de caer en la tentación de suprimirlos. Creo que insistir en las diferencias es la mejor manera de contribuir a la paz y a la memoria común, puesto que la memoria está dividida. Y aceptar esto último, aceptar que la memoria está dividida es mejor que inventarse una memoria única, de una sola pieza. Me parece que esta debería ser la norma, la regla general en este tipo de asuntos. Se trata de un criterio que podría aplicarse a toda Europa, a israelíes, polacos, alemanes, franceses, etcétera. Y creo que, por analogía, también a los españoles. A mi juicio, es el único camino.

    - —¿Existe alguna relación metodológica entre sus estudios sobre monumentos de homenaje a los caídos o sus trabajos sobre las estatuas ecuestres y la historia de los conceptos? ¿Estaría de acuerdo con el diagnóstico de Fran©ois Hartog, quien en su libro "Régimes d''historicité" ha sugerido que estamos entrando en una época de presentismo y de memorialismo que paradójicamente mata la historia?
    - —En general, estoy de acuerdo con la semiirónica posición de Hartog. La ola de memorialismo se produce, paradójicamente, a causa de una determinada actitud hacia la historia. Es una moda que puede olvidarse en veinte años, al menos eso espero. Pero yo no sobreviviré a ella. En realidad, supone una abdicación de la historia objetiva en favor de la historia subjetiva, según el sentido tradicional de estos dos adjetivos. Si se insiste en la memoria se está diciendo que la historia subjetiva es mucho más importante que el análisis objetivo de los historiadores, y eso es un disparate. Qué duda cabe que hace falta lo subjetivo, yo mismo abogo por respetar la experiencia subjetiva, pero el análisis de lo que ocurre no depende sólo de lo subjetivo. El auténtico análisis del pasado histórico requiere una aproximación teórica que va más allá de las vivencias subjetivas, de recuerdos de esos acontecimientos reales que, sin duda, se reorganizan luego ideológicamente.

    - —Sus reflexiones sobre la transformación del concepto de historia en los tiempos modernos, y muy en especial la conformación del macroconcepto de Historia como gran "colectivo singular" en el que convergen todos los relatos particulares, capaz de abrazar la totalidad de las historias en un gran escenario compartido a lo largo de los siglos, me sugiere que, en nuestros días, como consecuencia del multiculturalismo, se han alzado numerosas voces que, por ejemplo, en EE.UU. reclaman el derecho de cada grupo o colectivo diferenciado —mujeres, afroamericanos, hispanos— a escribir su propia historia. Me pregunto si una de las consecuencias de la posmodernidad no será la ruptura de este concepto global y universalista de Historia. ¿Estaremos asistiendo al big bang de la historia, que estaría dejando de ser ese gran "colectivo singular", objeto de estudio y sujeto de sí misma, para fragmentarse en una multitud de pequeñas historias particulares?
    - —Yo creo que la globalización es también parte de la experiencia moderna, al tiempo que la individualización y proliferación de tribus y pueblos diversos, el surgimiento en suma de pequeñas unidades de acción, resulta no menos evidente. Por otra parte, las condiciones de esta pluralización son hoy día comunes y universales y, en este sentido, la globalización no es una invención ideológica, sino más bien una consecuencia de la expansión económica de las naciones más grandes y poderosas. Pero además, al interior de esas grandes naciones aparecen a su vez nuevas diferencias. Sin embargo, creo que esa pluralización de historias a la que usted aludía prueba más bien la necesidad del colectivo singular "historia" como instrumento de análisis.


    El texto completo de la entrevista a Koselleck será publicado por la española Revista de Libros.

    martes, 22 de mayo de 2007

    Adiòs al vitalismo de Bartleby, mero schopenhaueriano

    No hay vuelta que darle, hasta un fantástico inventor de teorías en cada libro, en cada página de sus libros como Deleuze, no puede ocultar la veta schopenahueriana de Bartleby. Para entendernos, el pesimismo schopenhaueriano. No convence eso de querer psicoanalizarlo hasta la pared homo del amor latente entre patrón-obrero. Bartleby es una simple y vulgar despedida a la vida tomada en su sentido tradicional de entrega a la rutina, al trabajo, a las convenciones del país, a la obediencia del dato inmediato, la pleitesía a lo dado, el stablishment, etc. Un santón que ni siquiera ya pide limosna, sino habita la espera de la música noise de la moneda al quebrar el horizonte de western spaghetti de su soledad con su monódico tintineo japonés, nutricio, tarkovskiano…El vitalismo inmóvil que pretendió encontrar en la obrilla de Mellville el famoso filósofo francés, cae solo.

    jueves, 17 de mayo de 2007

    La verdad del objeto pornogràfico

    La pornografía recomienza su itinerario preestablecido por el Marqués como si fuera la del tren bala Toronto-Nueva York. Pagamos por ver lo que en realidad es simpático cuando se lo practica o sufre. Pagamos por un derivado visual, nos dan el signo por la cosa, gato por liebre, invertimos en arte. La TV es porno-chanchada, insinúa todo el tiempo kaos y anarquía sexual, pero reprime la mínima exhibición genital, cualquier secreteo de las secreciones del cuerpo enmudecido, secado, atorado, rebalsado, amuñecado, embalsamado, aceptado siempre y cuando sin pis ni sexo. Al final, como dice el patafísico Baudrillard, seduce más (o todavía) el piropo expeditivo, directo y obsceno tanto como no convence ya la mujer en bolas arrugando su cara supuestamente penetrada por la divinidad orgásmica. Sin embargo, más de uno mataría por desnudar. Nuestros filósofos más linkeados no han sido más que vulgares pornógrafos: desenmascarar, despojar de apariencias la realité y tocar fondo, volver con la lingerie rosa de la esfinge. Marx, Freud, Nietzsche, trinidad pornográfica fundamental del siglo XX. Siempre en esa cruzada llamada aletheia, antitravestismo en teatro (Jarry), invertir la jerarquías (poner patas para arriba a la Cicholina para que la penetración sea más suculenta), disolver los hechos (hundirse en la nebulosa del sexo perspectivístico)…Ontología sexual de nuestros filósofos: mirar de otro modo, tocar y jamás idealizar, invertir las perspectivas, dar vueltas el objeto, fundirse el sujeto con el objeto.

    martes, 15 de mayo de 2007

    waiting for the miracle

    la música se ha tumbado
    al lado del humo y el polvo
    los rockers recogen sus bártulos
    y yo llevo el vaso de cerveza a mi boca
    es claro, puedo escribir los versos
    más fáciles esta noche
    desagradar el automatismo psíquico
    poner la escritura automática en manos de pequeñas bestias
    porque ahora los mozart gritones
    y sus esclavos empiezan a asumir
    camisas y pantalones
    sus cuerpos agitados por lo sublime
    tiemblan más
    abajo de la plataforma ceremonial
    como simples marionetas
    el espiral rojizo del escenario abandonado
    que simula la agilidad combinatoria
    del cerebro de un poeta
    no es más que la mueca
    despreciativa de la divinidad

    sus almas desordenadas se cobijan
    friolentos bajo la mirada
    parasitaria de sus féminas

    el éxtasis de la sensación verdadera
    fue ahogado entre el batir de las palmas

    sí la felicidad se insinúa pero luego
    muere
    brilla para que la oscuridad
    sea coronada
    mi cerveza y yo buscamos
    la eclosión de la vida, toda migaja de timidez metafísica
    pero bebemos la amargura
    convertida en ambrosía

    el bar se ha vaciado
    somos pocos los que revuelven entre
    los ruinas de la fiesta
    los sobrevivientes de la embriaguez
    ingenuos de la realidad
    ciegos de la luz
    voy a esperar en mi mesa
    la confirmación del milagro (dixit Cohen)
    la señal de nuestra condena
    Antes de eso es imposible
    Descansar
    Morir

    domingo, 13 de mayo de 2007

    Nuestros señores

    elevaremos los decibles de la adulación hasta que nuestros señores queden sordos o enloquezcan de megalomanía

    jueves, 10 de mayo de 2007

    Ajuar filosófico

    Muy jarryco (jarryque dicen los franceses gangosos) eso de Deleuze de adjudicarle una dignidad epistemológica a los bastonazos de Diógenes el cínico, pues el autor ubuesco ya hablaba de la fabricación de los mundos debida a un quid pro quo de los átomos en el caso de Epicuro. Entre el bastón de Diógenes (de Deleuze en todo caso) y la punta de la bayoneta donde se encarama la verdad de Trac Duc Tao apenas hay la agudización de una materia hasta alcanzar proporciones sino proposiciones de atacabilidad totalmente contundentes. Entre el amplio y destartalado ajuar filosófico, pateando los bigotes fascistas de Nietszche (doppelgänger del de Stalin) y Heidegger (doble del de Hitler), me quedo con el limón de Cioran, o aquella carroña orbitada de moscas azuladas, epifanía diurna en plena calle parisina, de Baudelaire: formas orientales de alcanzar el humor alegre para enfrentar la realidad perecedera y gris con enseñanzas vitamínicas.

    viernes, 4 de mayo de 2007

    Tarkovskianas



    LA VOZ POÉTICA EN "EL ESPEJO" DE ANDREI TARCOVSKI
    Los poemas de Arseni Tarcovski, el poeta ruso padre de Andrei, recitados en off en una numinosa obra cinematográfica







    Arseni Tarcovski (1907-1989)




    Presentación

    Arseni Alexandrovich Tarkovski, por Irina Bogdaschevski

    Los poemas de "El espejo"



    Presentación

    El cine de Tarcovski siempre visita lo alto. En su obra El espejo (Zerkalo, 1974), el gran creador ruso inició una narración que insinúa trazos argumentales pero que, luego, toda pretensión narrativa convencional se disuelve. La narratividad lineal se desvanece en el torbellino de imágenes donde secuencias documentales de la Segunda Guerra Mundial son acompañadas por la voz en off de Inokento Smoktunovski, un narrador que recita, junto con música de Bach, los poemas de Arseni Tarcovski, padre del director ruso. A propósito del efecto de El espejo, una nota que estuvo colgada en el Instituto de Física de la Academia de las Ciencias (que le fue enviada a Andrei) decía: "...y hay que ver (al film El espejo) como se contemplan las estrellas, el mar o un paisaje bello. Se echará de menos la lógica matemática. Pero ésta, en el fondo no explica qué es el hombre y en qué consiste el sentido de su vida". Arseni Tarcovski, uno de los grandes poetas rusos, perdió una pierna durante la Segunda Guerra. Fue también traductor y sus poesías galopan con su lirismo y religiosidad en el devenir de El espejo, y atraviesan corredores sutiles del espacio que tiemblan entre la pantalla y el espíritu del espectador. Las palabras brotan desde las imágenes, en un film que recrea el hogar, la infancia perdida del director, una experiencia más primaria de la vida. Donde el niño vive en un mundo donde todo es verdadero.

    Ahora, en este nuevo momento de Cine de Temakel, le presentamos una traducción de Irina Bogdaschevski de los cuatro poemas de Arseni Tarcovski que resplandecen en la superficie profunda de El espejo. La traducción está precedida por una breve semblanza del poeta padre del creador que golpeó las puertas del Ser con la fuerza de las imágenes.

    E.I

    En Temakel, sobre Andrei Tarcovski y su cine pueden consultar también:

    Esculpiendo en el tiempo. Por Andrei Tarkovski

    El arte como ansia de lo ideal, por Andrei Tarkovski

    Stalker. Film de arte. Por Esteban Ierardo

    Andrei Tarkovski: un pensamiento esculpido contra el tiempo, por George Voet




    Arseni Alexandrovich Tarkovski, por Irina Bogdaschevski

    Los poemas que se presentan en esta página en traducción directa del ruso al castellano son de Arseni Tarcovski (1907-1989), padre del famoso cineasta. Los mismos fueron empleados por su hijo en la película El espejo. Considerado el último representante de la gran generación de poetas rusos conocida como Siglo de Plata, no fue, como muchos de sus contemporáneos, deportado ni confinado ni asesinado por el régimen; sin embargo, sufrió persecución. Sus textos, eliminados de las revistas literarias y, por lo tanto, de la memoria de sus lectores, debieron esperar hasta la tardía publicación de Antes de la nevada, su primer libro, editado recién en 1962. Con anterioridad las galeras del mismo habían sido destruidas por decreto.

    Tarcovski, que había perdido una pierna durante la Segunda Guerra Mundial, llevó a cabo, con vocación de sacerdote, su oficio de traductor. Sus categorías estéticas coincidían plenamente con sus principios éticos. De ese manera, una rima inexacta era considerada por Arseni Alexandrovich como amoral. La violación de la profunda concordancia entre la naturaleza y el idioma. La negligencia en la formación de una estrofa le producía sufrimiento. Fue un verdadero maestro de la traducción. El mejor ejemplo es, sin duda, su traducción del poeta Majtumkuli, representante de la literatura de Turkmenia del siglo XVIII.

    Entre sus obras se cuentan Antes de la nevada (1962); A la tierra-lo terrenal (1966); Obras selectas: poesía, traducciones de 1929 a 1979 (1982); Desde la juventud hasta la vejez (1987) y Las estrellas sobre el Aragaz (1988).





    LOS POEMAS DE "EL ESPEJO"



    Primer poema

    "Los primeros encuentros"



    Cada instante de nuestros encuentros

    celebramos, como una presencia Divina,

    solos en todo el mundo. Entrabas

    más audaz y liviana que el ala de un ave;

    por la escalera, como un delirio,

    saltabas de a dos los escalones, y corrías

    a través de las húmedas lilas, llevándome lejos,

    a tus dominios, al otro lado del espejo.



    Cuando llegó la noche, recibí la gracia,

    las puertas del altar se abrieron,

    y brilló en la oscuridad, en el espacio

    la desnudez, y se inclinó lentamente,

    y despertando, pronuncié: "'¡Benditas seas!",

    y en seguida percibí la insolencia

    de esta bendición. Dormías,

    y para pintar tus párpados de aquel azul eterno

    las lilas se inclinaron hacia ti desde la mesa.

    Tus párpados azules ahora estaban

    serenos, y tibias tus manos.



    En el cristal se percibía el pulso de los ríos,

    el humo de los cerros, el resplandor del mar,

    y una esfera en la palma de la mano sostenías,

    de cristal, y dormías en el trono,

    y ¡oh Dios Santo! era mía solamente.



    Al despertarte, había transformado

    el común lenguaje cotidiano

    y con renovada fuerza se colmó la garganta

    de vocablos sonoros, y la palabra "tú", tan liviana,

    quería decir "rey" ahora, revelando su nuevo significado.

    De pronto, en el mundo todo ha cambiado,

    hasta las cosas simples, como la jarra, la palangana,

    cuando se erguía en medio de nosotros, cuidándonos,

    el agua, dura y laminado.



    Fuimos llevados hacia el más allá,

    y se abrían ante nosotros, como por encanto,

    las ciudades milagrosas, y nos invitaban a pasar,

    la menta se extendía bajo nuestro pies,

    las aves seguían nuestro camino,

    los peces remontaban nuevos ríos,

    y el cielo se abrió ante nuestros ojos...

    Mientras seguía nuestra huellas el destino,

    como el loco, armado de una naranja.




    fuente:
  • Espejo
  • miércoles, 2 de mayo de 2007

    Humor y erudición inútil en Ben Schott

    Una miscelánea curiosa con el objetivo de divertir a todos
    RAQUEI COBA BALADA/
    10-3-2004 11:25:48

    BARCELONA. Leer un libro consiste en dejarse llevar por la historia narrada, transportarse al lugar de los hechos, vivir las mismas aventuras que sus protagonistas o reflexionar ante cada palabra nueva. Un buen libro se considera a aquel que atrapa, que hace que el lector lo devore con ansia y avidez. En cambio, Ben Schott ha escrito uno ideal para leerlo en el lavabo y que se no se empieza por la primera página,si no que el inicio de la lectura es más bien una elección hecha al azar, según sus propias palabras. El autor es responsable de hasta la última coma que aparece en «Miscelánea original» (Aleph), Schott tiene claro que su obra debía ser visual y didáctica, sin privilegiar la forma sobre el fondo «el aspecto y el diseño es tan importante como el contenido del libro. Porque a veces el secreto está en dar información normal y hacerla interesante».

    Vecinas y lenguas

    Por ejemplo, este no es el primer libro que recoge las palabras que una lengua adopta de sus vecinas, la novedad que presenta reside en la presentación de este planteamiento, que se le ocurrió estando en la ducha, pues no queria hacer una simple lista de vocablos y optó por crear frases tales como: «El almirante soñaba con el harén, en la alcoba y refugiaba su pena en la alquimia del alcohol, cuando le sirvieron una bandeja de alcuzcuz y ajonjolí». Apuestas como estas dotan de la personalidad de Schott a cada página, no es más que un compendio de curiosidades, en el fondo. Su mismo autor reconoce esta calificación pero se resiste a definirlo, pues cree que esta descripción le resta atractivo y lo hace aburrido. Aunque, guste o no guste es innegable que no deja impasible, cuando se abre siempre produce una reacción instantánea.

    En manos de la suerte dejó el autor la creación de este su primer libro ya que «hay muchos libros ordenados y lógicos, pero no todos tienen que ser así. A mí me divertía mucho hacer uno que fuera todo al azar. Nadie lee enciclopédias, una página después de la otra». La estética del volumen, pequeña y sobria, es debida a la intención de su creador de conseguir que evocar en la mente del lector la sensación de que lo habías tenido antes entre tus manos, un libro que pareciera familiar pero que fuera diferente. Este era el desafío aceptado.

    http://www.benschott.com/en/index2.html