jueves, 17 de mayo de 2007

La verdad del objeto pornogràfico

La pornografía recomienza su itinerario preestablecido por el Marqués como si fuera la del tren bala Toronto-Nueva York. Pagamos por ver lo que en realidad es simpático cuando se lo practica o sufre. Pagamos por un derivado visual, nos dan el signo por la cosa, gato por liebre, invertimos en arte. La TV es porno-chanchada, insinúa todo el tiempo kaos y anarquía sexual, pero reprime la mínima exhibición genital, cualquier secreteo de las secreciones del cuerpo enmudecido, secado, atorado, rebalsado, amuñecado, embalsamado, aceptado siempre y cuando sin pis ni sexo. Al final, como dice el patafísico Baudrillard, seduce más (o todavía) el piropo expeditivo, directo y obsceno tanto como no convence ya la mujer en bolas arrugando su cara supuestamente penetrada por la divinidad orgásmica. Sin embargo, más de uno mataría por desnudar. Nuestros filósofos más linkeados no han sido más que vulgares pornógrafos: desenmascarar, despojar de apariencias la realité y tocar fondo, volver con la lingerie rosa de la esfinge. Marx, Freud, Nietzsche, trinidad pornográfica fundamental del siglo XX. Siempre en esa cruzada llamada aletheia, antitravestismo en teatro (Jarry), invertir la jerarquías (poner patas para arriba a la Cicholina para que la penetración sea más suculenta), disolver los hechos (hundirse en la nebulosa del sexo perspectivístico)…Ontología sexual de nuestros filósofos: mirar de otro modo, tocar y jamás idealizar, invertir las perspectivas, dar vueltas el objeto, fundirse el sujeto con el objeto.

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