jueves, 31 de mayo de 2007

Texto suicida: ni la derecha ni la izquierda: soledad total

Identidad, igualdad, soberanía...
Algunas consideraciones sobre mitología política*

Antonio Tudela Sancho**

«Todos los conceptos sobresalientes de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados» . Como es sabido, esta afirmación la hace el gran teórico de la dictadura, el jurista alemán y protonazi Carl Schmitt, en su obra Teología política, de tanta influencia en la actualidad. Para Schmitt, esto mismo, que la teoría del Estado haya surgido de la vieja teología, no es sólo una evidencia de carácter histórico -eso que alguien ha llamado la «disolución política de la teología» en la era moderna, a propósito de la conocida lectura que Hobbes hace del bíblico Libro de Job en su Leviatán -, sino que es además una evidencia de índole estructural, sistemática, de modo que hay que tenerla en cuenta a la hora de establecer una sociología de los conceptos clave de toda filosofía política moderna.
Sirva la referencia a la teología política de Carl Schmitt como simple apunte previo de estas consideraciones que quiero compartir con ustedes. Posiblemente volvamos más tarde a este autor, pero no es, desde luego, mi intención desarrollarlo en este lugar ni en este momento.
Por otra parte, no es precisa la referencia a Carl Schmitt para comprender que los protagonistas de la filosofía política moderna que estudian ustedes y que, sin duda, les son presentados en el marco del racionalismo y de la ilustración como superación de la dogmática religiosa del mundo antiguo, medieval, y reivindicación del pensamiento laico, humanista, científico, reinstalan en realidad en sus desarrollos los viejos mitos -permítanme que hable a partir de aquí de «mitología», concepto en sí más amplio que el de «teología», por más que pueda discutírseme mi reducción de este último al primero-, mitos que se disfrazan ahora con ropajes secularizados. Ya se ha men-cionado a Thomas Hobbes, y su rescate del Leviatán bíblico en formato ahora de Estado soberano y omnipotente cuya fuerza radica en la cesión pactada por todos los súbditos de su libertad. Pero resulta que si acuden ustedes a su aparente antítesis contractual, en Juan-Jacobo Rousseau, y repasan concretamente su ensayo acerca de Los orígenes y el fundamento de la desigualdad entre los hombres, encontrarán igualmente el deslizamiento solapado -y teñido, además, de paradoja- de algo que tiene gran interés para la historia de la filosofía de la historia, y es -como nos recuerda Reyes Mate - el descubrimiento de la importancia del pasado en lo que respecta a cuestiones de injusticia al mismo tiempo que dicho descubrimiento se encumbre para dejar paso de inmediato a una muy inquietante noción que ha tenido luego enorme éxito político: la de la igualdad entre los hombres. Me explico. Rousseau quiere en su ensayo demostrar que las desigualdades que existen entre los hombres no son hechos naturales, sino producto de la razón y de la voluntad humana, de modo que el hombre actual está implicado. Y está implicado, diríamos hoy desde cierta perspectiva, porque si las desigualdades son obra del hombre, son injusticias, hay una responsabilidad y un sesgo moral que es el que tendría que llevar a concebir la política como una respuesta a dichas injusticias. Pero resulta que Rousseau no va por ese camino. Para Rousseau, si las desigualdades presentes son efecto de la acción del hombre en el pasado, el hombre actual debe organizarse de modo que se pueda recuperar la «igualdad originaria» por medio de un sistema político resultado de la voluntad de todos, es decir: el contrato social. Es decir, a la desigualdad histórica responde Rousseau con un sistema justo que olvida las injusticias pasadas, con lo que se cancela la vigencia de los derechos de las víctimas. Mediante una sencilla operación parecida a la del mago que extrae de su chistera vacía un conejo, Rousseau responde a la injusticia pasada no con justicia presente, sino con la pura «igualdad», suerte de espectro especular que nos retrotrae mitológicamente a una edad originaria supuestamente dorada, armoniosa, de paz natural entre los hombres. Por decirlo de otra manera, la moralidad -que tiene que ver con la respuesta a la injusticia del otro, con el resarcimiento de lo que se le debe a la víctima- es sustituida sin mayor problema con un carnet de igualdad para todos: con ese carnet, la víctima podrá disfrutar en delante de los mismos derechos que quienes han cometido la injusticia, esto es: los verdugos. Unos y otros quedan igualados, son iguales, son ciudadanos -que ya no súbditos de un espacio común donde todo se soluciona como por invocación prodigiosa: aquí paz y después, gloria.
En fin, hasta el propio Immanuel Kant, que es como bien saben ustedes el punto culminante de la Ilustración y el de partida obligatoria para el subsecuente Idealismo alemán, verá la historia humana como el desarrollo pleno de sentido del progreso de la razón, constante desenvolvimiento de las disposiciones humanas hacia el bien, mito del progreso -tan en boga en los autores ilustrados- hoy ya más que desconstruido , no vamos a entrar ahora a señalar y/o a discutir que, en sí, no es sino la versión laica del anterior mito religioso de la providencia (que aún funcionaba nominalmente en Giambattista Vico, pongamos por caso), pero es que, además, es el caso que Kant duplica los disfraces, porque ni siquiera habla de la historia de la especie humana como «progreso», sino como la ejecución de un secreto y «determinado plan de la Naturaleza» , lo que lleva a un filósofo de la historia de talla clásica como es Collingwood a exclamar con una curiosa mezcla de razón e ingenuidad lo siguiente: «Toda la historia muestra ciertamente progreso, es decir, es el desarrollo de algo; pero llamar a este progreso plan de la naturaleza, como lo hace Kant, es emplear lenguaje mitológico» .

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Hasta aquí, una serie de tópicos que espero les hayan servido para situar la cuestión. Nada más cercano a la mitología que el pensamiento de los filósofos racionalistas. A fin de cuentas, no puede extrañarnos que durante la Revolución Francesa la propia Razón, con mayúscula, fuera entronizada como diosa de una religión laica en el lugar privilegiado del viejo culto, en los altares de Nôtre Dame de París. Nada más íntimamente en contacto con los conceptos teológicos -por retomar un instante a Carl Schmitt- que los conceptos laicos de la filosofía del derecho, la política y el Estado. Recordemos la definición del detentador de la soberanía que da Schmitt al comienzo de su ensayo: «Soberano es aquel que decide sobre el estado de excepción» , definición ésta de tanta influencia en las más relevantes discusiones actuales sobre filosofía política, que habrá que remontar hasta el Walter Benjamin contemporáneo y muy atento a Schmitt (por más que le pesara a Theodor W. Adorno, suerte de albacea testamentario más bien olvidadizo o traspapelador) de las Tesis sobre filosofía de la historia (baste con citar aquí el inicio de la tesis octava: «La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el “estado de excepción” en el que vivimos» . A fin de cuentas, como señala igualmente Schmitt, el Estado de excepción posee en la jurisprudencia análoga significación que el milagro en la teología, y no es de extrañar que el moderno Estado de derecho (cuya apología, paralela a la de la democracia, halla su cenit en Kelsen, contra quien Schmitt carga sus tintas) y el deísmo se afirmaran a la par, en sus intentos metafísicos paralelos de erradicar la violación con carácter excepcional de las leyes de la naturaleza esto es: el milagro- tanto como la intervención directa del soberano en el orden jurídico vigente . Tampoco es de extrañar, por tanto, el cese actual de ambas cauciones, en un mundo cuya metafísica ha recuperado y con creces la fe en el milagro (a caballo de un renacer de todo tipo de creencias religiosas y aun mitológicas, ya las echemos en la cuenta del socorrido «todo vale» que tan fácilmente achacamos a los llamados postmodernos, ya en la cuenta de tantos desesperados para los que no parece haber mayor esperanza ya que el «deus ex machina» de una nueva tramoya barroca), tanto como el gusto político por la excepción, paralelo al descrédito del derecho. Por esto precisamente -y Hans Kelsen, en definitiva, perdió la partida frente a su mucho más lúcido colega Carl Schmitt- no nos puede extrañar esa conjunción de la todavía llamada democracia con el integrismo religioso que campa a sus anchas en la nación más poderosa del planeta por cierto que la única que, con toda razón, y por más que les duela a Negri, Hardt y toda esa izquierda de corte naïf que lleva décadas hablando de la «potencia hegemónica en decadencia», defiende e impone con cierta eficacia su soberanía, mientras niega el derecho soberano a las restantes naciones. Y digo que no nos puede extrañar, porque sólo los ingenuos establecerán una suerte de dicotomía al hablar de democracia, como si fuera posible tachar a la existente de «falsa» o «mala», «manipulada» en cualquier caso, frente a la ideal, la «buena», la de los filósofos y teóricos del derecho, sin advertir los presupuestos irracionales que descansan en su lecho legamoso. Una vez más, el viejo apunte de Francisco de Goya en uno de sus grabados negros -no sólo por la tinta-, «El sueño de la razón produce monstruos», no será visto en su correcto, desencantado y tortuoso sentido, sino tan sólo en el de la admonición simplona y como al servicio de la lírica ilustrada, en definitiva: el menos goyesco de ambos sentidos.

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Pero, como dije al principio, no es mi intención seguir por este camino. Por el contrario, quisiera servirme de las palabras de otro autor, hasta cierto punto en las antípodas de Carl Schmitt y mejor conocido de ustedes: el filósofo español, fundador y motor móvil -yo casi diría mejor centrifugadora- de la Escuela filosófica de Oviedo, Gustavo Bueno. El profesor Bueno ha dicho en cierta ocasión, en un contexto -ya algo antiguo- que les voy a ahorrar a ustedes, lo siguiente: «Es preciso triturar la mitología política que es hoy más frondosa que hace veinte años» .
¿A qué «mitología política» hoy en boga con más fuerza que décadas atrás, cuando el mundo se nos presentaba con un tono bastante más optimista, se refiere Gustavo Bueno? ¿Y cuál será el remedio, el dique, el contrafuegos que proponga? Lo veremos en seguida. Pero por lo pronto, apuntemos que al filósofo le preocupa no tanto una cuestión de tipo doxográfico, para debatir en las aulas universitarias, cuanto un problema generalizado «al nivel de la calle», por así decirlo. Porque la «mitología política» cuya trituración es tarea urgente e ineludible del modo de pensar crítico que llamamos filosofía es la que se nos cuela cada día en casa, en el aula universitaria, en el colegio, en la plaza, en la reunión con los amigos, incluso -por qué no decirlo- en un ámbito excepcional de debate como el que nos ocupa en esta semana.
Repasemos, nuevamente a modo de ejemplo, algunos mitos de los que propone nuestro sistema-mundo moderno, por decirlo utilizando los términos del conocido sociólogo Immanuel Wallerstein, de quien tomo prestado el ejemplo . En concreto, señalemos cuatro proposiciones que funcionan como descripciones de la realidad al tiempo que como prescripciones, esto es: su pretensión consiste en cobijar a la vez el ser y el deber-ser de las cosas, anhelo medio esquizo que de por sí debiera hacernos sospechar ya de entrada, aun cuando en la práctica nadie de este paso. Estos cuatro axiomas son los siguientes:
1) El capitalismo se basa en la competencia dentro de un mercado libre.
2) Los estados, esto es: nuestra estructura política, son soberanos.
3) La ciudadanía se fundamenta en la igualdad de derechos políticos.
4) Por fin, los académicos y científicos practican la neutralidad valorativa.
«Así es y así debe ser», podemos añadir como coletilla o «amén» a cada uno de los cuatro asertos que, como les digo, son lugares comunes de nuestro tiempo.
Pues bien, siguiendo la reflexión de Wallerstein, como descripciones, ninguno de ellos acierta, y como prescripciones, tampoco son seguidos ni por el común de las gentes que poblamos el planeta ni tan siquiera por las elites que en teoría defienden el sistema. Y esto por lo siguiente, de nuevo uno por uno:
1) El capitalismo se basa en la competencia dentro de un mercado libre. Falso, porque el mercado libre y competitivo es de suyo un mito, y su realización es -como sabe cualquier capitalista- imposible: si el mercado fuera verdaderamente libre en el sentido que le dio Adam Smith (es decir: una multitud de vendedores, otra de compradores, total transparencia en las operaciones de compra-venta, honestidad y total conocimiento por parte de la totalidad de compradores y vendedores del estado del mercado), sencillamente sería imposible para nadie obtener beneficio alguno, ya que los compradores forzarían siempre a los vendedores a bajar el precio justo, a veces y aunque fuese momentáneamente incluso por debajo del costo de producción. Por ello es por lo que las reglas del juego precisan de algún tipo de restricciones en el mercado, esto es, algún grado de monopolio que, cuanto mayor sea mayor beneficio dejará a los vendedores. Por supuesto, los monopolios tenderán por su propia dinámica a su desaparición o, por mejor decirlo, a su desplazamiento, y aquí es donde los estados se hacen imprescindibles, como garantes o creadores de monopolios, como sus legi-timadores «neutrales» y también como sus destructores. En suma: por supuesto que el mercado juega un papel importante en la marcha del capitalismo, pero los capitalistas precisan del estado -mejor dicho: del estado a su favor, y no a favor de otro- para obtener ganancias considerables.
2) Los estados, esto es: nuestra estructura política, son soberanos. En nuestro sistema internacional, este mito apunta a esto, a que cada estado afirme su propia soberanía al tiempo que muestre respeto por la soberanía de los demás. Nada más lejano de la evidencia cotidiana, que nos muestra estados fuertes frente a estados débiles (antes hablamos incluso, extremando las cosas, de un solo estado mundial que reconoce una sola soberanía en el mundo: la suya propia), los fuertes interviniendo regularmente en los asuntos internos de los débiles, y estos intentando adquirir más fuerza es decir, tratando de volverse fuertes para oponerse a las intromisiones y -de ser posible- para entrometerse a su vez. La evidencia es clara: si el mito fuera real, es decir, si todos los estados fueran soberanos, ninguno precisaría ni en consecuencia tendría ejércitos ni servicios de inteligencia.
3) La ciudadanía se fundamenta en la igualdad de derechos políticos. Ya hablamos antes de Rousseau, pero situémonos ahora en la Revolución Francesa, que fue el final de los «súbditos» y el surgir de los «ciudadanos» con derechos iguales y con igual participación en la toma de decisiones políticas estatales. Pues bien, desde el momento mismo en que se lanzó el concepto, prácticamente todo estado intentó limitar su realización. Uno de los medios más eficaces para lograr esta limitación fue la creación de una serie de distinciones binarias que, aunque construidas sobre otras más antiguas, adquirieron entonces, es decir, a lo largo de los siglos XIX y XX hasta nuestros días, una importancia política antes desconocida. Estas distinciones serían: «burguesía» (o «clase media») frente a «proletariado» (o «clase trabajadora»); «hombre» frente a «mujer»; «sustentador del hogar» frente a «ama de casa»; «hombre blanco» frente a «negro» (o «persona de color»); «ciudadanos honestos» frente a «criminales»; «normal» frente a «anormal»; «adulto» frente a «menor de edad»; «individuo culto» frente a «masas»; «pueblo civilizado» frente a «incivilizados o salvajes», etc.: cada cual puede seguir como quiera la lista. El resultado de estas polarizaciones fue que la inmediata limitación de la ciudadanía, ya que este concepto incluye teóricamente a «todos», pero este «todos» se queda a su paso por la serie binaria reducido a una pequeña minoría de la población: basta con estudiar la historia de los derechos de sufragio.
4) Por último, el mito de que los académicos y científicos practican la neutralidad valorativa. En teoría, los académicos y científicos se consagran a la verdad abstracta, a la comprensión del mundo según métodos adecuados, confiables y totalmente intrínsecos a los intereses del conocimiento, sin temer ninguna presión social ni reconocer ninguna coacción -sea financiera o política- que los obligue a rectificar sus resultados e informes. Un «bello cuento de hadas» -dice Wallerstein - que verá disuelto cualquiera que frecuente una universidad o un instituto de investigación y tenga que enfrentarse a las presiones materiales, las presiones de la propia carrera y las presiones político-administrativas del medio.

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Con todos estos ejemplos, y algunos más que podríamos aducir, hemos de tener claro a estas alturas algo que, por otra parte, ya intuimos a poco que por experiencia personal o ajena nos hayamos desprendido un tanto de nuestra natural ingenuidad -a menos que estemos en posesión de un optimismo inasequible al roce con lo empírico, algo que ni Voltaire permitió al filósofo Pangloss y su cándido discípulo-.
En cualquier caso, la filosofía ha de servirnos para descubrir y poner en su sitio al mito, para no dejarnos llevar por lo estratos de pensamiento ideológico, mitológico, por más que tales estratos se nos hagan presentes a través de personas de buena fe, honestas y bien encaminadas. De hecho, este es un peligro enorme frente al que debemos estar alerta, ya que, como sostenía André Gide, el infierno está empedrado de buenas intenciones, o por decirlo de otro modo, son más peligrosos los buenos (por emplear el término amable) que los malvados, ya que estos últimos descansan a veces, a veces dejan de ser malvados, aunque sólo sea por descuido, mientras que los buenos lo son a tiempo completo y no descansan ni en sueños. De ahí este consejo, quizás un poco enigmático acá, que me permito darles: tengan ustedes cuidado con las personas de buena intención. Nadie con mejores intenciones que un fanático o un integrista. Piensen ustedes que el fuego de las hogueras de la Inquisición española se elevaba para salvar las almas. Digo todo esto, que en realidad son verdades de Perogrullo, porque hoy día resulta muy difícil zafarse de todo tipo de mitologías políticas, que no hay manera de refutar, ya que o te lo impide la dichosa «corrección política» que nos llega como cualquier otra moda del norte anglosajón, o te lo impide la bondadosa convicción ideológica incapaz en su ceguera hasta de darse cuenta del tamaño desproporcionado de sus anteojeras. Imposible en uno u otro caso tratar de razonar, y menos desde la filosofía, cuyo papel siempre será el del molesto tábano socrático.
Mitos políticos los hay actualmente a montones. No sólo en lo que toca al análisis serio de los clásicos conceptos políticos, que abarcan temas como los de la soberanía, la igualdad, la democracia o el estado, que sólo hemos podido apuntar de pasada y muy variopintamente en esta intervención. La mitología política afecta por igual a casi todos los participantes en el juego de nuestro tiempo, por anverso o por reverso. Sólo les pondré -de nuevo- algunos ejemplos, tomados un poco al azar y fruto del asombro que de un tiempo a esta parte le zarandea a uno entre sus lecturas y sus experiencias cotidianas.
Verbigracia, el resurgir del maniqueísmo, que fue una religión de origen persa basada en el reconocimiento de dos fuerzas divinas antagónicas, muy influyente en los primeros siglos de nuestra era, hasta el punto de poderse ver sus huellas en ese clamor de los «hijos de la Luz y los hijos de las Tinieblas» que hallarán ustedes en el Evangelio de San Juan. Pues bien, la versión política, ideológica de nuestros días la encuentra uno en esa curiosa diatriba bipolar entre la globalización y la anti-globalización, un esquema tan simplón como el del bueno y el malo de las películas del oeste (en realidad, más simple todavía, porque ni siquiera cuenta con el tercero en discordia, el bueno, el feo y el malo del spaghetti-western rodado en Almería, a dos pasos de mi tierra murciana), que lleva a algunos -repito que de muy buena fe... pero éste es el problema- incluso a llamar en plan anglosajonizante al malo, «globalización», y en plan latino-francófono al bueno, «mundialización». Para qué seguir. Davos el demoníaco frente al risueño Porto Alegre. O sea, la cruda realidad marcha por un camino que, como no sabemos muy bien cómo cortar, nos lleva a crear una pseudo-realidad paralela que habitar y ya está: todos con la conciencia tranquila y tan a gustito. Es un poco como esas ocurrencias de algunas manadas de semovientes bien-pensantes, pongo por caso: como no me gusta el invento y la manipulación del status quo primermundista que, por ejemplo, le otorga a Henry Kissinger, conocido e impune asesino múltiple, de esos que siempre morirán demasiado tarde , el Premio Nobel de la Paz en 1974, nos inventamos un «Premio Nobel de la Paz alternativo» y se lo damos a quien corresponda para compensar. El asunto sería risible de suyo si no hubiera tanta gente que de buena fe hace tantas cosas por el estilo.
Y ya que hablamos de verdades de Perogrullo, y tengo todavía bien reciente la visita a la Facultad de Filosofía de la UNA hace unas semanas de Heinz Dieterich, amante de las perogrulladas (según confesión propia), que fue allí jaleado por algunos colegas muy bien dotados para la revolución de sillón, poltrona o bolsillo, lo mismo podría decirse de quienes llevan su maniqueísmo a los gobiernos estatales, donde el malo ya sabemos quién es y el bueno iría aposentándose con mayor o menor fortuna tras el mítico y místico modelo ejemplarizante de Fidel Castro en su isla-resistencia irreductible. Poder y contra-poder acaban pareciéndose cual gotas de agua o paloma ante el espejo, y los mitos se multiplican hasta la náusea sin que nadie se dé cuenta del eterno retorno de las cosas, desde aquel origen de la democracia estadounidense, en la que la voz del pueblo tomaba el ser de la voz de Dios en la creencia racional pragmática que dio a Jefferson su triunfo en 1801, como nos recuerda Carl Schmitt , hasta los un tanto más confusos mitos de origen y cuasi-divinización de un José Martí en Cuba o de un Simón Bolívar en la actual república que lleva su apellido. Pero cualquiera se arriesga a decir nada, incluso aduciendo la libertad de cátedra y de pensamiento (como afirma Wallerstein, en alusión al bello cuento de hadas que antes narramos de la neutralidad académica: «disentir es un acto de valentía, incluso en el más liberal de los estados» . Por cierto que, si a alguien le interesa todo esto de la voluntariosa creación de mitologías, se va a celebrar un simposio en Sucre, Bolivia, en la última semana de este próximo mes de octubre, que contará con la presencia de cierto número de intelectuales orgánicos, comenzando por el mencionado alemán chavista Heinz Dieterich y concluyendo con una intervención del propio Evo Morales. Entre los temas que se discutirán figuran en un programa plagado de mayúsculas, al gusto germánico, los de la «Soberanía y defensa militar de la Patria Grande», la «Alianza entre los Estados y el Poder Popular en la liberación social, nacional y regional» y la «Defensa ecológica de la Pacha Mama»... [Sin comentarios.]

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«Triturar la mitología política que es hoy más frondosa que hace veinte años», les decía antes que decía Gustavo Bueno. Yo me hubiera querido extender en otras cosas, posiblemente más sutiles, aparentemente más inocentes que todo lo que les he expuesto, y me hubiera gustado hacerlo a partir de las reflexiones del profesor Bueno, pero creo que ya he abusado bastante de su paciencia y me toca ir terminando. Con todo, les voy a citar a Gustavo Bueno, porque aunque sus alusiones se refieren exclusivamente a problemas que afectan en la actualidad a ese país que todavía llamamos España, a fin de cuentas mi sufrida tierra natal, creo que con muy poca imaginación que ponga de su parte cualquiera puede establecer sus analogías con los problemas y las mitologías propias de esta tierra paraguaya y, por extensión mediterránea, del ámbito regional, generoso y a la par inquietante que es su circunstancia y la de la convocatoria de nuestro Congreso. Además, Gustavo Bueno da aquí sentido al aporte que en este quilombo (con perdón) ideológico le compete a la filosofía. Les cito a Gustavo Bueno:

El racismo, por ejemplo, me parece uno de los peligros más alarmantes, y sería preciso abrir bien los ojos para poder calibrar cuanto de racismo (ojalá que sólo fuera vano narcisismo) hay en estos movimientos, tan violentos como cursis, que hoy denominamos (con fórmulas necias, sor-prendentemente metafísicas, es decir, que parecen sacadas de un libro de metafísica escolástica), «regreso a las fuentes» (al euskera, como idioma primitivo; al bable, como expresión de un pueblo colonizado que busca sus raíces celtas), «búsqueda de la propia identidad», y «realizarme a mí mismo de un modo no alienado». Permítaseme decir que esto es posible en España fundamentalmente por la ausencia de una disciplina filosófica rigurosa en el bachillerato. Así como la disciplina matemática no permite decir a un español medio que dos y dos son cinco, así una disciplina filosófica impediría que alguien diga y defienda como una opinión más entre las posibles opiniones democráticas que su objetivo es buscar su propia identidad o que quiere realizarse.

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Para concluir, y ya que acabo de citarles a un filósofo español actual, recordaré a otro gran filósofo español, pero cuyas enseñanzas pertenecen a los inicios del pasado siglo XX, y cuya existencia cuenta con la peculiaridad de ser prestada o apócrifa, ya que se trata no de un ser real de carne y hueso, sino de un personaje de ficción -o un heterónimo, si así lo prefieren- debido a la pluma del poeta Antonio Machado. Me refiero a Juan de Mairena, profesor oficialmente de gimnasia en un pequeño instituto de secundaria de la pequeña población andaluza de Chipiona, y oficiosamente -esto es: ad honorem, en clases gratuitas y voluntarias- de sofística, retórica, oratoria y poética en ese mismo instituto. Y reflexionaba Mairena sobre una expresión famosa en su tiempo, que hablaba de una «nueva sensibilidad», para confesarse que no entendía qué podía significar realmente eso de una «nueva sensibilidad», ya que de darse la misma constituiría un hecho biológico muy difícil de observar y tal vez ni siquiera apreciable durante la vida de una especie zoológica. Frente a esa exitosa pero imposible «nueva sensibilidad», Mairena pensaba en una «nueva sentimentalidad», que aunque le sonaba peor no le parecía, sin embargo, un desatino. Porque, en efecto, los sentimientos cambian en el curso de la historia y aun de la vida particular de cada ser humano. Y en tanto que resonancias cordiales de los valores en boga en una sociedad y un tiempo concretos, los sentimientos pueden variar a medida que dichos valores se difuminan, envejecen o son simplemente substituidos por otros. Más aún, Mairena reflexionaba sobre los sentimientos que perduran a través de los tiempos, pero que no por eso van a ser eternos, y se preguntaba: «¿Cuántos siglos durará todavía el sentimiento de la patria? ¿Y el sentimiento de la paternidad?».
En fin, aquí termino, pidiéndoles disculpas por esta nueva exhortación que les hago y que me hago con la excusa de Mairena: no subordinemos nunca nuestras ideas al sentimiento, sopesemos siempre todas las razones, no vaya a ser que en los razonamientos se nos cuele la irracionalidad -es decir, ese complejo y eterno retorno de y a la mitología-, y más aún si lo hace por la vía rápida de la cordialidad y los afectos. De nuevo: cuidémonos de las buenas gentes y de sus buenas intenciones...
del libro "Pensar en Latinoamèrica",A.Tudela Sancho-J.Benìtez Martínez (comp.),Asunción, Jakembó editores,2006,

3 comentarios:

Rain (v.m.t.) dijo...

Espero haber enviado bien el comentario, si no después veo, que con esta fiebre, los achús, un poco me aturden...

kurubeta dijo...

engripada, Virginia Rain, cuidate, miel y limòn caliente...o sino el remedio francès. vino caliente.
Saludetes.
PD: ah...cuando es la feria d elibros de Lima, me avisaron los chicos dde Sarita Cartonera que sacarán dos textos míos cuando eso!

Rain (v.m.t.) dijo...

Dedo que yerra para hacer el click y se perdió el comentario. Gracias otra vez por los consejos :)

Te decía en el comment que se perdió que con este post, me esclarezco. Rotundamente dedse el primer momento, no me he inclinado por la represalia con los medios, del gobierno Chavista. Lo que estaba en entredicho era en sí, el carácter del gobierno de Chávez y de hecho, este post me ha esclarecido. Lo de las buenas intenciones, da en el punto.

Xtino, indago, eh. Que me gustaría tener tus textos aquí.