martes, 5 de junio de 2007

Biografía de un poeta con huevos, de Danilo Kis

CORTA BIOGRAFÍA DE A. A. DARMOLATOV (1892-1968)

En los días que corren, cuando el destino de muchos poetas asume la forma de un monstruoso patrón de época, clase y ambiente que transforma los acontecimientos decisivos de la vida –el encantamiento de los primeros poemas, un viaje a la exótica Tiflis para el jubileo de Rustaveli, un encuentro con el poeta maneta Narbut– en una secuencia cronológica y debilitada de aventuras sangrientas, la biografía de A. A. Darmolatov, sin embargo un poco esquemática, no deja de tener un aura lírica. De la masa confusa de los hechos surge una vida humana en todo su despojamiento.
Por influencia del padre, profesor en aldehuelas del interior, biólogo amateur y alcohólatra crónico, Darmolatov fue, desde temprano, un apasionado por los misterios de la naturaleza. En la casa señorial de Nikolaievski Gorodok (dote de la madre), perros, gatos y pájaros vivían en una relativa libertad. Cuando cumplió seis años, le compraron en la vecina ciudad de Saratov el Atlas de mariposas de Europa y del Asia Central de Devrilenne, una de las últimas obras de valor del grabado del siglo XIX; a los siete años es asistente del padre, que, con el rostro salpicado de sangre, diseca roedores vivos y hace experiencias con sapos; a los 10 años, después de haber leído novelas sobre la guerra hispano-americana, tórnase ardiente defensor de los españoles; a los doce años esconde una hostia debajo de la lengua y se retira de la iglesia, para depositarla sobre un banco, delante de los amigos boquiabiertos. Inmerso en los textos de Korch, sueña con la Antigüedad y desprecia la vida contemporánea. Nada más clásico, por tanto, que ese ambiente provinciano y esa sociedad culta y de mentalidad positivista, nada más banal que esa herencia donde el alcoholismo y la tuberculosis asócianse (por el lado del padre) a la depresión melancólica de la madre, que lee novelas francesas. Una tía por el lado materno, Iadviga Iarmolaievna, que vive con ellos bajo el mismo techo y que fue deslizándose lentamente hacia la demencia, es el único elemento digno de respeto en los primero años de la biografía del poeta.
En vísperas de la primera revolución, la madre muere súbitamente, habiendo dormido sobre el libro de Maeterlinck, La vida de las abejas, que quedó abierto en su regazo como un ave muerta de alas extendidas. En el mismo año, adobados por el semen de la muerte, nacen los primeros versos del joven Darmolatov, publicados en las revistas Volga y Escuela, editadas por la juventud revolucionaria de Saratov. En 1912 se inscribe en la universidad de San Petersburgo, donde, conforme al deseo paterno, estudia medicina. Entre 1912 y 1915 ya está siendo publicado en las revistas de la capital –Educación, El Mundo Contemporáneo y en la famosa Apolo. En esa misma época debemos situar su encuentro con Gorodetski y con el poeta Víctor Hoffman, que, como dijo Makovski, vivió como un hombre pero murió como poeta, disparando una bala en el ojo con un minúsculo browning, como un cíclope lírico. La primera –y sin duda la mejor– antología de Darmolatov, Minerales y cristales, aparece en 1915, en ortografía antigua y con Atlas en la tapa. “En esta pequeña coletánea”, escribe un crítico anónimo de la revista La palabra, “hay algo del brío de un Innokenti Annenski, una sinceridad juvenil de sentimiento, a la manera de Baratinski, y un cierto esplendor, como en el joven Bunin. Mas no hay una verdadera llama, una maestría auténtica, ni sentimientos sinceros, así como no existen puntos especialmente débiles”.
Mi intención aquí no es examinar en detalle las características de la poesía de Darmolatov, ni aventurarme en el mecanismo complejo de la gloria literaria. Las aventuras guerreras de nuestro poeta tampoco tienen gran importancia para este cuento, aunque yo reconozca que ciertas imágenes crueles de la Galitzia y de Bucovina durante la ofensiva de Brussilov –época en que el cadete Darmolatov, suboficial del servicio médico, descubre el cuerpo despedazado del hermano– no dejan de tener su atractivo, así como no dejan de tener su encanto su viaje a Berlín y su aventura sentimental, que termina, sobre el telón de fondo de la Rusia hambrienta y trágica de la guerra civil, en una luna de miel en el infierno de Kislovodski. Su poesía, independientemente de lo que digan los críticos, ofrece una gran abundancia de hechos empíricos (poéticos) que, como viejas cartas-postales o fotografías de un álbum gastado, atestiguan tanto sobre sus viajes, encantamientos y pasiones cuanto sobre la moda literaria; el efecto saludable del viento sobre los velos de mármol de las cariátides, el Tiergarten y su alameda de tilos amarilleados, las luces de la puerta de Brandenburgo, las monstruosas apariciones de los cisnes negros, el reflejo purpúreo del sol en las aguas turbias del Dnieper, la magia de las noches blancas, los ojos hechiceros de las mujeres circasianas, un puñal embutido hasta su cabo en las costillas de un lobo de las estepas, el torbellino vertiginoso de las hélices de un avión, el graznido de los cuervos al anochecer; una vista (a vuelo de pájaro) del terrible panorama de las márgenes devastadas del Volga, el hormigueo de los tractores y las segadoras en los campos dorados de trigo, los pozos negros de los yacimientos de carbón de Kursk, las torres del Kremlin en el océano del aire, el terciopelo escarlata de los camarotes de teatro, las siluetas fantasmagóricas de las estatuas de bronce iluminadas por fuegos de artificio, el salto de una bailarina hecha de tul, el grandioso incendio de las lámparas de petróleo alrededor de los navíos petroleros, en el puerto, la horrible narcosis de las rimas, una naturaleza muerta con una taza de té, una cucharita de plata y una avispa ahogada, los ojos rojos de los caballos de tiro, el torbellino optimista de las turbinas, la cabeza del comandante Frunze sobre la mesa de cirugía, envuelta en el olor embriagante del cloroformo, los árboles desnudos en el patio de la Lubianka, los latidos roncos de los perros en el campo, el fantástico equilibrio de los bloques de cemento, el andar cauteloso de un gato siguiendo el rastro de un pájaro en la nieve, los maizales bajo un tiro de artillería, la separación de los amantes en el valle del Kama, un cementerio militar cerca de Sebastopol…
Loas poemas fechados en 1918 y 1919 no dan indicaciones sobre el lugar donde fueron escritos: en ellos todo acontece aún en las regiones cosmopolitas del alma, que no tienen planta topográfica precisa. En 1921 vamos a encontrarlo en Petrogrado, en la sombría opulencia de la antigua mansión de los Ielisseiev, en aquella Estultifera Navis, como decía Olga Forch, para donde migrara toda la hambrienta hermandad de los poetas sin rendimientos ni orientación clara. De acuerdo con el testimonio de Makovski, en aquellos hijos de Dios sólo los ojos de los locos, con un brillo de demencia, continuaban vivos. Ellos hacían lo posible para parecer vivos, dice él, pero era imposible dejar de tener la sensación de que se estaba andando entre fantasmas, a pesar del rojo vivo en los labios de las mujeres. Fuera, la tempestad se abatía con furia, oscilando entre los dos polos magnéticos revolución-contrarrevolución; fruto de un coraje insensato, Bukhara estaba nuevamente en manos de los bolcheviques; la revuelta de los marineros de Kronstadt estaba ahogada en un mar de sangre; alrededor de los villarejos abandonados, arrastrábanse trapos humanos, mujeres exhaustas de piernas gangrenadas y niños de vientre recalentado; después de exterminados los caballos, perros, gatos, ratas, el canibalismo bárbaro fue elevado al nivel del derecho adquirido. “Nosotros, los Hermanos Serapio, ¿con quién estamos?”, clama Lev Luntz. “¡estamos con el ermitaño Serapión!”. En lo que le toca, Krutchonikh está a favor del hermetismo, el zaum: “El zaum despierta y da un impulso de libertad a la imaginación creadora, sin tener que lidiar con nada de lo concreto”. “Damos a nuestros compañeros poetas entera libertad de elección de los métodos de creación, pero con una condición…”, agregan los partidarios del grupo La Forja (dictamen aprobado por unanimidad, con una abstención).
En las fotografías de esa época, Darmolatov aún tiene apariencia de un dandy de San Petersburgo, de plastrón y corbata pajarita. Rostro de ojos hundidos, “ojos fijos en las ruinas de Roma”, barbilla afilada cortada por una hendidura que parece una cicatriz, labios bien apretados; su rostro nada revela, parece una máscara de piedra. Testimonios confiables afirman que en esa época el joven Darmolatov ya había optado por el programa cosmopolita de los acmeístas, esa “nostalgia de la cultura europea”, llevado más que nada por la influencia de otro poeta, Mandelstam: los dos apreciaban igualmente Roma, Annenski y Gumiliov, y devoraban dulces con la misma gula histérica.
En una noche sofocante de ese mismo año de 1921, llega al auge una orgía que la ya mencionada Olga Forch, con exageración típicamente femenina, llama festín en medio de la peste. El plato del día, durante esos años, era el pez salado acompañado por el horrible vodka samogon, preparado según recetas de alquimistas mixturándose alcohol, cáscara de bétula y pimienta. En aquella noche, “Casandra” (Anna Andreievna Ajmátova) tuvo uno de sus presentimientos proféticos y pasó bruscamente de un éxtasis supremo a una depresión doliente próxima a la alucinación. Ignórase quien trajo la noticia de la ejecución del “maestro” (Gumiliov). Pero se puede afirmar con certeza que la noticia explotó como una tempestad magnética local sobre los diversos grupos antagónicos, separados por programas ideológicos y estéticos bien definidos. Darmolatov, vaso en mano, borracho, se aproximó con paso torpe a la vieja poltrona vacía del fallecido Ielisseiev y se hundió al lado del escritor proletario Dorogoitchenko.
En julio de 1930, Darmolatov pasa una temporada de reposo en casa de Sukumski, haciendo traducciones que le fueron encomendadas por la revista Krasnaia nov, por interferencia de Boris Davidovitch Novski. Sus relaciones con el citado Novski comenzaron con un distante encuentro en Berlín, en un café cerca de Tiergarten, encuentro durante el cual el joven Darmolatov escucha con espanto, admiración y temor las previsiones temerarias de Tverdoklebov, futuro comisario del Comité Revolucionario de la Marina, delegado del Comisariado del Pueblo para los Correos y Comunicaciones, diplomático –o sea, B. D. Novski. (Dicen que durante un período relativamente “vegetariano”, Novski fue una de sus relaciones: ese término encubre los lazos complejos que unían a los poetas y las autoridades, a través de los cuales, a partir de simpatías personales y deudas sentimentales de juventud, suavizábase la rigidez de la línea revolucionaria firme; lazos muy confusos y lleno de peligros: si el poderoso protector caía en desgracia, todos sus protegidos rodaban tras él por la cuesta abrupta, como llevados por una avalancha provocada por el grito del infeliz).
A fines de diciembre, dos días después de la prisión de Novski, el teléfono suena en casa de Darmolatov. Eran exactamente las tres de la mañana. Aún adormilada, la mujer de Darmolatov, una tártara fuerte, alta, de barriga saliente, responde. Del otro lado del hilo, nada más allá de ese horrible silencio que congela la sangre en las venas. La mujer soltó el teléfono y prorrumpió en sollozos. A partir de ese día, el teléfono del departamento fue amortiguado con almohadas multicolores, donde se sucedían motivos chillones, llenos de ruidos matizados de fieras tártaras, y, junto al escritorio cubierto de manuscritos, diccionarios y libros que Darmolatov traducía “para calmarse”, esperaba una maleta de cartón, dispuesta, conteniendo algunas cosas en previsión de un viaje inesperado. Una vez, estimulado por el vodka, él llegó a mostrar esa maleta a un poeta-informante: sobre un pulóver caliente y pantalones de franela estaba el libro de las Elegías de Ovidio en latín, encuadernado en cuero. Sin duda en aquel momento los versos del célebre exiliado resonaban en él como un epígrafe a la manera de Pushkin sobre su propio destino de poeta.
En el inicio del año siguiente, él parte para Georgia; en mayo, publica una coletánea de poemas bajo el título de Tbilisi en los brazos; en setiembre, figura en la Lista de Solicitaciones de Autores y recibe, de acuerdo con la orden firmada por Gorka, un par de pantalones, una chaqueta forrada y un gorro de piel de castor. (Darmolatov, a lo que parece, rehusó el gorro porque parecía una “cosa de jefe cosaco”. Alexei Maximovich insistió: ¡que no se hiciera el difícil! Según las diferentes versiones de ese incidente, es difícil afirmar lo que Gorka realmente dijo, pero parece que hizo alusión a la cabeza caliente de Darmolatov, que “casi muriera como el funcionario de Chejov”).
El día 17 de agosto de 1933 vamos a encontrarlo a bordo del navío J. V. Stalin, entre cerca de ciento veinte escritores que habían ido a visitar el canal mar Blanco-mar Báltico, recién concluido. Darmolatov envejeció bruscamente y usa patillas al estilo de Pushkin. De traje blanco y camisa abierta, apóyase en la amurada, con la mirada perdida. El viento en los cabellos de Vera Imber; Bruno Iassenski (el segundo a la izquierda) extiende el brazo hacia el margen escondido en la bruma. Con la mano en la oreja, Zóschenco intenta oír la melodía tocada por la orquesta. El viento y el rumor del agua, que brota de las compuertas, dispersan los sones.
A pesar de las apariencias, hay pruebas irrefutables de que en aquella época Darmolatov ya fuera alcanzado por la peste psicológica: se lava las manos con alcohol y ve informantes en todo el mundo; eso no impide que su casa continúe siendo frecuentada por informantes, que entran sin avisar y sin golpear, disfrazados de amantes de la poesía con corbatas coloridas, o de traductores que exhiben torres Eiffel de aluminio en miniatura, o vestidos de policías, con un revolver enorme en el bolsillo trasero, en vez de la llave inglesa.
En noviembre va para el hospital, donde es tratado con sonoterapia: durmió cinco semanas enteras en el paisaje estéril de los cuartos de hospital, y a partir de ese momento parece que los ruidos del mundo dejaron de alcanzarlo. Hasta el terrible ukelele del poeta Kirsanov, que aullaba del otro lado del tabique, quedaba amortiguado por el algodón cubierto con una leve capa de cera. Por intermedio del Sindicato de los escritores, recibió autorización para frecuentar el picadero de la ciudad dos veces por semana; era visto, desaliñado, desgarbado, más gordo, mostrando los primeros síntomas de elefantiasis, trotando sobre uno de los caballos mansos del picadero. Antes de partir para Samatikha, donde lo esperaban la prisión y la muerte, Mandelstam fue a visitarlo en compañía de su mujer, para despedirse de él. Lo encontraron delante del elevador, vistiendo extraños pantalones de montar y teniendo en la mano un chicote infantil. El taxi acababa de llegar y él se apresuró a partir rumbo al picadero, sin despedirse de su amigo de infancia.
Durante el verano de 1947 va para Cetinje, en Montenegro, para el centenario de Laurel de montaña (obra de P. P. Njegos, 1813-1851, príncipe-obispo de Montenegro y poeta), obra de la cual, a lo que parece, tradujo algunos fragmentos. Aunque ya no era tan joven, saltó como un chico los cordones de seda roja que aislaban a los poetas y a los mortales de la gigantesca cadena de Njegos, que parecía el trono de un dios. Yo (que estoy contando esta historia) estaba un poco apartado, y vi como el poeta-impostor se agitaba en un gran asiento ascético de Njegos y, aprovechando los aplausos, huí para el salón de los retratos para no ver el escándalo provocado por la invención de mi tío, el guardián del tesoro del museo. Pero me acuerdo perfectamente de que entre las piernas cruzadas del poeta, por debajo de los pantalones raídos, ya se delineaba la horrible hinchazón.
Él pasó el resto de su vida, antes de que la terrible dolencia lo atornillase al lecho, rumiando el lúpulo azucarado de su juventud. Dicen que fue a visitar a Anna Andreievna y que, un día, le llevó una flor.





POST-SCRIPTUM

Él permanece en la literatura rusa como un fenómeno médico: el caso Darmolatov es examinado en todos los manuales recientes de patología. Hasta en los libros extranjeros especializados, es reproducida la fotografía de sus testículos (del tamaño del más bello zapallo o kibebé de kholkoz) siempre que se menciona elefantiasis (elefantiasis nostra). Su caso es una advertencia para los escritores: para escribir, no basta tener huevos.

TRADUCCIÓN a partir DE LA EDICIÓN PORTUGUESA “HELOISA JAHN” DEL LIBRO DE DANILO KIS UN TÚMULO PARA BORIS DAVIDOVITCH, EDITORIAL COMPAÑÍA DE LAS LETRAS, SAN PABLO, 1987, LA CUAL ES, A SU VEZ, TAMBIÉN UNA TRADUCCIÓN DE LAS VERSIONES INGLESA (A TOMB FOR BORIS DAVIDOVICH, DE DUSKA MIKIÉ-MITCHELL) Y FRANCESA (UN TOMBEAU POUR BORIS DAVIDOVICH, DE PASCALE DELPESH) DEL ORIGINAL SERVO-CROATA DEL AUTOR NACIDO EN SUVOTICA (EX YUGOESLAVIA) EN 1935 Y MUERTO EN PARÍS EN 1989.

1 comentario:

Enana boicoteadora maldita dijo...

que sabes de stultifera navis