domingo, 3 de junio de 2007

Rodar a Derrida

RODAR BAJO VIGILANCIA
Por
Safaa Fathy



Who had pity for you when you were sad among the strangers?
Ulysses


Frase de Joyce, que he situado cuidadosamente sobre la puerta de la sala de montaje, al lado de otro letrero: «Montaje en cuanto tal». ¿Cómo tantas travesías, cómo tal cantidad de horas de rodaje vienen a quedarse en una tan sólo? ¿Cómo, multitud de firmas a no hacer más que una? ¿Y cuál, encima? Strangers, en el desorden o en orden disperso, porque stranger no es sino un aumento de cosas en orden disperso, y es a partir de la dispersión que un ritmo tiende a organizar un sentido, un significante, un texto. Como este texto, y el otro que lo precede y le da pie: el filme. La tristeza del extraneus, el extranjero, el stranger, el extraño, el intruso, el clandestino, el sin-papeles, aquél que viene para dispersar, para contaminar; aquél que llega y vuelve imposible la homogeneidad. El extranjero fuera y el extranjero dentro de sí que mora en sí mismo en su casa, entre los suyos.
Lejos de dirigirle un elogio afectado, simplemente me interesa decir esto: soy una extranjera, y al modo de un legado, el sentido que a la extranjería da la cultura árabe no me abandonará nunca. Para la cultura árabe, egipcia en particular, el extranjero es, por supuesto, el invitado que tiene derecho a los honores de la hospitalidad. Pero al mismo tiempo, ser extranjero es una desdicha primordial. Comparable a la muerte, la «extranjería» (utilizo esta palabra a falta de un término más apropiado), la extranjería, pues, destituye, disminuye, priva y desvía. Entre los egipcios, los suyos conforman una espalda, una columna vertebral que sostiene a los seres en medio del mundo. Tener una espalda significa dominar las circunstancias, estar de pie ante los acontecimientos que constituyen una vida. El extranjero es aquél, o aquélla, que ya no tiene espalda, que encaja la humillación, la destitución, es quien se ha vencido, casi a ras de tierra, sin recursos y sin defensa. La tristeza en suma. Y este destino del extranjero en eterna vuelta a empezar (ya que no cesa uno de fabricarse interminablemente una espalda, con toda clase de piezas, con pequeños cabos), este destino llama a rememorar lo que ha sido y ya no es. Llama también al retorno, al retorno al lugar y al tiempo de un pasado. El extranjero se reconstituye, y comienza de nuevo en la dispersión de lo que es, y con los restos de lo que ha sido, en la ruptura de su filiación. Y siempre mal, ya que, fatalmente, permanecerá siempre humilde y siempre a ras del suelo, siempre extraño.
«La filosofía de Derrida, dice Jean-Luc Nancy en el filme, es la filosofía de lo heterogéneo en general.» Lo heterogéneo en la relación de uno consigo mismo, lo heterogéneo en la relación con el o con lo otro. Esta «heterogeneidad en general» me viene bajo la forma de una granada, fruto ritual que el Mediterráneo conoce bien. En uno de los numerosos aforismos del filme (y lo heterogéneo de la escritura fílmica emana de esta organización aforística de los lugares y de los temas), se inquiere acerca de la granada. La granada como aforismo se ha borrado entre otros borradores, ya que el montaje, en su necesidad organizadora y jerarquizante, realiza sacrificios, y debe dejar de lado, cortar para constituir. Y uno de mis grandes pesares en cuanto a las ofrendas que ha sido preciso depositar ante el altar cinematográfico, es el pasaje en la sinagoga desafectada de Toledo, donde Derrida habla de la granada, ese fruto que significa la fuerza seminal, espermática u ovular de los nacimientos, la fuerza generadora. «Tú sembrarás el universo», dice Dios al pueblo judío. «Una dispersión sin diáspora», dice Derrida en la sinagoga. En su fuerza de dispersión y de diseminación, la granada significa también la destrucción y la muerte. Es en esta fuerza de diseminación que contiene y que dispersa hasta la muerte, en la que el extranjero sin diáspora permanece.
Lo heterogéneo en general, aquello que vence nuestra diferencia, y a partir de lo que toda diferencia es heterogeneidad, la condición misma de la hospitalidad. ¿Cómo acoger al otro si no llega más que para quedarse al exterior de un cuerpo opaco y estanco? Se precisa no sólo la apertura voluntaria y ética, sino también que lo que viene de fuera pueda trastornar el interior con la sorpresa de su advenimiento. También contaminar, aunque la pureza de la hospitalidad (como la del perdón) sea tanto el punto de partida como el horizonte infinito del concepto. No sé, por otra parte, por qué Derrida piensa la hospitalidad pura como abierta a la catástrofe, cuando el perdón puro no lo está. Quizá sea una cuestión de temporalidad, al llegar el perdón después de lo que ya ha llegado, mientras que la hospitalidad no cesa de llegar y de partir. Derrida, sin embargo, es un filósofo que, sin cesar, piensa la contaminación. Al responder a una pregunta formulada en un seminario (secuencia igualmente suprimida en el montaje), Derrida se ve sorprendido ante una objeción procedente de dos sacerdotes, uno negro, presbiteriano, y el otro blanco, bautista (tenían que ser dos sacerdotes quienes hicieran esta pregunta): «¿Por qué la pureza todo el rato? ¿Por qué le interesa a usted tanto la pureza?» «He pasado por un momento embarazoso —dice Derrida—. Saben ustedes, yo, desde que escribo y enseño... lucho contra la idea de la pureza... Todo cuanto hago, lo hago en nombre de la contaminación... para mí la contaminación es el concepto fundamental...» Pero la pureza no es sólo el origen a partir del cual un concepto puro debe cristalizarse en su potencia, sino que es también lo que permite al concepto puro pensar la contaminación. Como sucede con el concepto de la hospitalidad pura, no es pura más que en la medida en que está abierta a toda contaminación. Sin defensa y sin inmunidad. Absolutamente vulnerable y desarmada ante el que llega, ante toda contaminación de fuera, del extranjero.

Para realizarse, el filme ha atravesado continentes. En su reiteración ha despegado, se ha deslizado a la vez sobre el suelo de tres continentes. Se ha hecho extranjero, como se hace uno prisionero. Así, para no insistir demasiado, es de la poética del extranjero de lo que se trata en el filme, de la heterogeneidad de la materia fílmica y de la temática. La escenografía del extranjero. Cuatro países en total: Francia, Argelia, España y, por fin, los Estados Unidos. Dos de estos cuatro países me reservaron por primera vez un viaje, la primera vez a los Estados Unidos, la primera vez a Argelia.

Argelia entonces

En Argel hay mar, el contracampo de Europa, y el del filme.
Argel es una ciudad vertical, que lentamente se encalla sobre las orillas del Mediterráneo, ciudad delimitada entre colinas y mar.
En Argel hay zonas prohibidas, «sin limpiar».
En Argel hay un puerto pesquero y un puerto de barcos mercantes, frente a las bóvedas sedentarias.
En Argel se habla una lengua que remueve el árabe con una tonalidad beréber, con préstamos del francés.
En Argel hay una multitud de escaleras que desafían la rectitud de cualquier montaña.

Cualquiera que ascienda por una escalera sabe que la gravedad lo atrae hacia abajo, hacia el principio (el principio siempre se halla abajo), y cualquiera que sube un peldaño sabe que ha dado un pequeño paso para escuchar a Dios. En el ascenso hay ritmo, y en el ritmo hay música, en la música hay aliento y en el aliento está lo divino. Y cuando en el ascenso se pierde el aliento, es para devolver a Dios lo que le pertenece, hiriendo lo infinito de su lejanía. Sobre todo cuando se ha perdido la edad de remontar los escalones y de romper bruscamente con la monotonía de su orden. Entonces se sube lentamente, como la anciana que trepa con paso decidido los escalones de una de las numerosas escalinatas de Argel, dibujada con perspectiva engañosa, y quien, sobre la voz en off de Derrida, marca la presencia de Argelia con la resonancia de su ascensión. También tiene un teleférico esta ciudad en alto, vertical, alzada hacia y contra todo.
Y luego, abajo, está el Mediterráneo, que bordea la ciudad y provoca en sus habitantes un increíble deseo de contemplación. A menudo se ve individuos solitarios, en intensa meditación ante el mar, que cuando se deciden a alejarse dejan tras ellos una llamada a la meditación, lanzada desde la intensidad de su silencio, que al mismo tiempo urde en su fondo el aura de un deseo de retorno. Filmé muchas espaldas a orillas del mar en Argel, porque los hombres en meditación a menudo os vuelven la espalda, la mirada fija en la resaca, y en el más allá.
Es Argelia, «país de un millón de mártires», como aprendimos con mucha compasión y admiración en nuestros libros de historia, cuando era una colegiala, cantando todas las mañanas «¡oh, qué nostalgia de mi arma!» (puño en alto, marcando el paso, torpes aún los ojos por el sueño). Era la época de Nasser, de la lucha contra el imperialismo y el colonialismo. En relación con ésta, Egipto ni por asomo dio nunca un millón de mártires, y todos nos sentíamos un poco avergonzados por esta sangrante falta de sacrificio, que hubiéramos debido ejecutar sobre el suelo de nuestros ancestros. Era Argelia, ay, la que detentaba el récord de los países árabes, y aquí estoy, treinta años más tarde, rozando impúdicamente la dulzura de esta tierra.
He sabido que muchas casas están abandonadas, casas individuales y hasta un inmueble entero que he visto con mis propios ojos, debido a que están encantadas. Encantadas por lo que en otro tiempo ha sido lo característico de esta guerra sin nombre, «los acontecimientos», como se decía entonces. La tortura. Y en los muros de estas moradas desafectadas aún resuenan los gritos de los torturados. La primera noche que pasé en el hotel fui recibida por uno de estos fantasmas, un hombre, creo, que furtivamente me tocó en pleno sueño, y me desperté con la claridad suficiente para ver su silueta de fantasma alejarse en la oscuridad. A la mañana siguiente, y sin que yo dijese una palabra de esto, la dirección del hotel me cambió de habitación. Pero, ¿quién puede hablar de un fantasma sin que la sonrisa irónica de su interlocutor venga a turbar la certeza de haberlo visto? Mi nueva habitación tenía este extraño número: 33-33. Un treinta y tres doble debe de ser un número esotérico, para poner un poco de distancia entre yo y mi fantasma. Heme aquí exorcizada. Argelia me ha recibido con el suave papirotazo de un mártir, y con una suntuosa tempestad de nieve.

Rodaje e intemperie

Primer día de trabajo, y nieva. Hacía cincuenta años que Argelia no sabía de tal fenómeno (que duró hasta el penúltimo día de mi estancia). Dos veces en un siglo, y heme ahí recibida por la segunda, mientras que la primera tuvo lugar antes de mi nacimiento, y la tercera posiblemente acontezca después de mi muerte. Una verdadera hospitalidad. Por otra parte, las imágenes de la Kabilia nevada han aterrizado espontáneamente en la secuencia del filme sobre la hospitalidad catastrófica y pura. Sí, hospitalidad catastrófica y pura, la de los mártires, aparecidos que la nieve vuelve a traer después de una ausencia de cincuenta años.
A las siete de la tarde, me atrincheré en la habitación 33-33, echando cuentas de la película gastada, y escuchando el sonido que yo misma había grabado con un pequeño aparato. Esperar. La película que me disponía a ver en la tele y las llamadas telefónicas que no tenían que tardar en llegar de París. Las indicaciones de Derrida. Y el día siguiente, que quizá sería soleado. Sí, he olvidado decir que me encontraba en residencia vigilada y que no tenía derecho a salir del hotel más que para el rodaje, y siempre con tres guardias de escolta para los trayectos más cercanos, y docenas de soldados armados para los trayectos más lejanos, la Kabilia, la Casbah, e incluso para ir al cementerio de Saint-Eugène, donde están enterrados los dos hermanos de Derrida



extraìdo de "RODAR LAS PALABRAS,AL BORDE DE UN FILME"
de jacques Derrida y Safaa Fathy, Arena Libros, Madrid, 2004, traducción Antonio Tudela Sancho

1 comentario:

Rain (v.m.t.) dijo...

Qué vívido todo lo narrado, con una transparencia que se ve la bruma de los lugares, las gentes, la sensación a hermetismo y a la presencia atisbada de Derrida.

Gran salute por esta publicación.