martes, 7 de agosto de 2007

Colaboracionismos silenciosos

Las visitas de M. son programadas con antelación, mediante llamada telefónica o un ítem en la agenda de trabajo. No es de los que irrumpen en ninguna propiedad dejando al descubierto nuestras idiotas e impúdicas mañas privadas, que se enseñorean de nosotros en nuestra soledad triunfando sobre todas las máscaras sociales. Él mismo es un fanático de su propio yo; de ahí su tolerancia hacia los otros que cultivan ese jardín abandonado a los yuyos que permite y sustenta la organización secreta que amolda los actos y proyectos humanos a las exigencias de la razón y el orden. A pesar de llevar una existencia laboral muy ajetreada, viene a casa de N. para soñar momentáneamente con una liberación de esas cadenas pesadas y aparentemente eternas. El dinero no importa, pero en las horas de decisión tampoco tiene muchas ganas de soltar sus calderillas. Esa licencia poético-generosa de la limosna es para él en realidad un insidioso agujero negro socavando el orden del capitalismo. Come poco, no sólo porque no es precisamente manirroto, como intuye N., sino porque el cuerpo no necesita mucho y en el fondo no es más que un parásito que vampiriza al espíritu. El cuerpo insume preciosos momentos que debieran dedicarse a la noble tarea espiritual de abrir mundo y convierte en un chiquero lo que debería en principio servir como plataforma para los despegues mentales y la edificación positiva del alma. El alma es una artista; el cuerpo, un terrorista. Pero el alma vislumbra una luz en medio de la oscuridad en la que se regodea y refocila el cuerpo. Éste último más bien se dedica a sofocar los fuegos de vivac para enfangarse en impensables juegos oligofrénicos. Susurrando bajo el manto umbroso oraculares fonemas de subversión y joda. Lanzando risitas demoníacas de sarcasmo y desaprobación sobre los vuelos de la mente seria e investigadora. “¡Carnaval, carnaval!”, grita cuando la penitencia se impone. Quiere decretar la guerra al espíritu, el picnic en los prados del sueño, cuando el estudio empieza a guiar el timón surcando la noche bestial con todas las neuronas encendidas y desplegadas. Es cierto, no es fácil ser una minoría intelectual, ser una luz sapiencial en medio de un ecosistema plagado de tendencias atávicas de infrahumanidad, ser el adalid de una causa tan extraña para un mundo de naturaleza ociosa, glotona y concupiscente. En sus viajes de acumulación de saber, como bucanero del asfalto, M. regresa siempre con las maletas atiborradas de artilugios culturales: discos, libros, revistas, cedés, fetiches que marcan la diferencia de su estatus, la primacía de sus fines elevados encabalgados sobre todos los intereses bajos e inferiores de la materia. Pequeña mancha de su sólida personalidad, que, por otra parte, puja con ahínco hacia la virtud total, está sin embargo esa reticencia antiesnob a hacer regalos. “Todo para mí, nada para los otros” (aunque estos sean amigos, novias, amantes, etc.), parece recitar interiormente como un eslogan despreciable que en su caso tiene, por descontado, una explicación inteligente y trascendental: ¿cómo probar que los demás necesitan de esas cosas que en su caso, no caben las menores dudas, son absolutamente imprescindibles? Y, en última instancia, ¿cómo se podría afirmar con certeza que ellos las aprovecharán y les rendirán devoción y les sacarán sus frutos? La aventura del espíritu requiere de un método y de una disciplina que, en general, se desprecia por onerosa y aburrida. Hablando de aburrimiento, la señal de los elegidos para la corona santa y mal pagada de la espiritualidad produce en los más próximos a ellos un profundo bostezo de aburrimiento; causa consternación en él que nadie, ni entre sus amigos ni entre sus parientes, se entusiasme por sus incursiones en la noche oscura. Es cierto, caballero enclenque de ojos saltones como los de los monjes que aparecen en los mosaicos bizantinos, visto como exangüe y metido en sí, nadie acreditaría en su triunfo final sobre el dragón-serpiente que repta untuoso entre la desidia y la pasividad animal de los hombres. La gente no está, lamentablemente, bien dispuesta para recibir jubilosamente a Eurídice desde el más allá de manos de un santo redentor huesudo y sin fibra muscular, alicaído habitualmente de ánimo, mascullando por dentro, bajo su piel cetrina, casi semita, esotéricos rezos cifrados amasados con megalomanía y resentimiento. La gente esperará cosas distintas, dinero para juergas, un campo de mujeres para segar una poscolonial concupiscencia agazapada y otras lindezas de ese tenor.

de "Los bichos han piado", sale en noviembre

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