Dossier’í borgiano del Kurupí
A lo largo de sus 5 años (en abril cumplió 5 el 4 de día del kurupi!!!)
Todos los textitos son del autor del blog, menos los 2 firmados por el colombiano Eduardo E. y el peninsular Antonio T.
Martes, febrero 05, 2008
Adiós a lo alemán, a lo greco-alemán
“Doctor Farías, espero que perciba la profundidad de la respuesta que me ha dado. Estoy persuadido de que las lenguas latinas carecen de la fuerza suficiente para entrar en la esencia de las cosas”... (Martín Heidegger) de Jornal do Brasil, suplemento Idéias, 6-VIII-1988
Claro, la aseveración apodíctica en su momento del pastor alemán, hoy en día es un mal chiste ario-germániko apenas. Sabemos que la mejor filosofía de las décadas de la post-segunda guerra mundial ha estado en manos francesas: Lacan, Foucault, Deleuze, Derrida, Kojève, Ricoeur, Lyotard, Baudrillard, Attali, Bourdieu, Nancy, Kristeva, Barthes, Levi-Strauss y un largo etcétera, como sabemos que hoy, 2006 la crema filosfika está en manos italianas (otra filosofía que esencializa en lengua de derivación latina): Negri, Perniola, Marramo, Cacciari, Severino, Pareyson, Vattimo, Rovati, Ferraris, Agamben, Virno, Espósito, Calasso, Magris, Asor Rosa...Los tiempos greco-alemanes quedaron atrás hace un montón de tiempo.
http://kurupi.blogspot.com/2008/02/adis-lo-alemn-lo-greco-alemn.html
Jueves, octubre 01, 2009
El Borges joven anacrónicamente critica al Borges viejo, dark y nihilista: Farías
- Víctor Farías, escritor chileno vuelto famoso gracias su libro desenmaskarador "Heidegger y el nazismo", perpetró otras dos conatos de desmitologizaciòn de ídolos de la gran cultura y política: uno contra Allende y dos contra Borges ("La metafísica del arrabal", es una hermenéutica del proscrito -x propio autor- "El tamaño de nuestra esperanza" y "Las actas secretas", por su parte deconstruye -baste al modo como lo ensayó su maestro Heidegger -creador del método antes ke lo popularizarán los Derrida Ricoeur o Agamben- otros 2 libros proscritos de Jota Ele: "Inquisiciones" y "El idioma de los argentinos). El libro es muy bueno y hace una nueva e inesperada de lectura de la cantilena esa de los dos Borges, Borges, el escritor famoso, el otro, y el Borges escritor y pensador de laberintos especulares ke ahogan su vejez ciega a un Borges llamado Jota Ele, joven, dueño de su destino gozoso y felizmente inmanente, y el Borges ciego, viejo, depre, nihilista tan del gusto de los europeos desencantados de la posmodernidad (sic Farías). Es decir, es un libro serio, no como la fama publicitaria de solapas y reseñitas lo pontifikaba: feroz desollador del culto a la personalidad y archivero de actas y documentos delas metidas de patas de "los grandes hombres" (como estás ke cita en alguna de sus páginas no centrales:"los vascos me aparecen más inservibles ke los negros y los negros no han servido para otra cosa ke para esclavos" (...) O esta: "No creo ke nadie ambicione ser esquimal o africano"(...) O la perla del quemo universal ke fue este exabrupto: "El ke tuvo la suerte de ser fusilado, el mediocre andaluz..."(...), y ke tuvo su réplica en "mi último suspiro", donde le amigo de juventud del andaluz García Lorca es defendido con valentía y desdén:"Borges es un buen escritor, pero conozco miles de escritores buenos". Insinuando rápidamente una línea demarcadora entre a) genios -como sus grandes amigos Dalí y Lorca y, b) simplemente brillantes o el resto de artistas y escritores -como Picasso y Borges... Pero a Farías no le interesa reducir a tilinguearías de gagá esas expresiones políticamente incorrectas sino mostrar que proceden de la ontología nihilista bien coherente ke sustentan las obras y declaraciones del Borges viejo, el conocido y admirado por todos, y explicar la automutilación de Otro Borges, la de las obras proscritas, esas 3 a las cuales ha dedicado sendos libros.
- Fuente: "Las actas secretas. 'Inquisiciones' y 'El idioma de los argentinos', los otros libros proscritos de Jorge Luis Borges", Víctor Farías, Madrid, 1994, Anaya & Mario Munichk
http://kurupi.blogspot.com/2009/10/el-borges-joven-anacronicamente-critica.html
Again el otro Borges, el viejo, metió la apta pata en su rara ideología sin negros ni indios!
Si se tiroteá forever contra un escritor "vivo" (Fogwill), yo, más susurrealista en esto de atakar, prefiero a los "muertos", no perdonar las metidas de pata de los muertos como ese Borges, el otro, el viejo, ya deconstruido por el astuto Farías...
Entonces, nada de piedad con el ciego de Ginebra, el ke kiso ser realmente europeo y mandó ke lo enterrarán en tierras con loess originariamente germánicos, ke no lo confunden oké con ningún chinito, poor boy, con la cara de indio ke siempre tuvo!
En el ejemplar de Sur número 254 de setiembre-octubre de 1958, dedikado por entero a Israel (?!)-ya les escanearé la tapa para ke me crean- el Borges firma un artículo non fiction abriendo el dossier pro-Israel:
Testimono argentino se llama su artículo y extraigo para su delicia, señora, señor, niñito semianalfabeto, estas frases gloriosas del anti-indigenismo sudaka:
"toda persona occidental es griega y judía"(...)
Somos irreparablemente judíos y griegos, o si se kiere, judíos helenísticos (...)
1-2 pp.
Bueno empecemos -no sé por dónde, se me hace agua la boca india ke tengo, mi boca salivosa de maká hambriento, caníbal, resentido hasta los tuétanos- :
1-Borges olvida
a) ke Sudamérika no está probado o refrendado en ningún lado ke sea sencillamente parte de Occidente, en todo caso hay ke ponerle el diente -ke traba la armoniosa visión borgiana- indio al asunto. Para mí Sudamérika tiene más cosas en común con Oriente (por los coreano, chinos y libaneses ke pasan por Paraguay), el chamanismo chakeño es ciento por ciento comprobado está emparentado con el siberiano (ver Eliade, Herreros y alkimistas). Las tibetanas y las bolivianas no livianas son un calco, con su gracia púdika y su sombrerito ladeado...
Para Hegel Amérika es la nada, y Cioran ke homenajea a Borges en sus Escritos de admiración, no pudiendo con su genio malvado dentudo de conde Drácula, de Nosferatu sediento de dañar, termina lanzándole una ironía a Borges y volviendo a Hegel, fala de la nada sudamerikana en ke habitó el argentino ...
Es decir, los propios europeos se separan de nosotros, de Borges, es decir, ni judíos ni griegos, indios somos!
b)sabemos el horror ke tiene Borges, alumno pulcrito y aplikadito de Sarmiento, a los indios, ya lo señalamos en este blog cuando comentamos su pésimo gusto en chistes de indios -cercano al wasp humour de Twain- en la conferencia sobre Xul Solar...
(Ver al final de este post o en sección comentarios, danke)
Y el prestidigitador Borges, el viejo, manipulador ideológiko constante, incansable escamoteador de lo indio en sus teorizaciones gagá-ideologikas, como las citadas ut supra, nos lo muestran en su integridad conserva, legitimador de ideas cadukas, reaccionarias, repulsivas, falsas.
Ni griego ni judío, mi kerido, se nos ve lo indio cuando damos el primer paso del día ñembo civilizado nuestro, soñadores eternos a una europeidad cualkiera, nosotros ke en realidad habitamos ese limbo ke Baudrillard etiketó de Cuarto Mundo, todos akellos ke no cumplen con el ideal del Primer mundo, esos son del cuarto, los ironistas sin kererlo, por torpeza o esencialidad tricksteriana, como los kurepas como Borges, añorando la confirmación pontificial de su pertenencia a un primer-mundismo ke los rechaza siempre a los arrabales metafísikos de la nada sin fundamento ke es Sudamérika para los primeros...clamando por la investidura a una edad por fin madura europea culta parte de la historia etc.
No Borges, ni Grecia ni Judea, la India es nuestra tierra perdida (ironía extrema, una India no aria, claro está), nuestro paraíso prístino, el yvy maranë'y ke buskamos en la agitación de nuestras ideas reaccionarias, lo ke no keremos ver cumplidos o confirmados, nuestra reducción a indios, indígenas apenas neolíticos, comedores de maíz y fumadores de tabako, pety!
Esos seres ultra-poétikos ke el Borges del arrabal metafísiko, el viejo, el otro, no llegaba nunka a comprender, a esos ke tenían el infinito en sus pulgares.
Borges, te digo la verdad, ahora ke ya estás bien muerto, sos un indio, nde vyro!
http://kurupi.blogspot.com/2008/08/suborges.html
http://kurupi.blogspot.com/2009/10/again-el-otro-borges-el-viejo-metio-la.html
Miércoles, agosto 06, 2008
Poor pobrecitos ustedes Suborges no arios ñatitos crasítos boliguayos
El indio Solari, el último sobreviviente de la masacre "civilizadora" emprendida en el siglo XIX kurepa, es nieto de Xul Solar, que es el tópico de una conferencia -que cayó en mis manos via courrier despachado por la socia-virtual Ayd- del invidente de Zurich: Jorge Luis Borges.
A pesar de su invidencia el ciego tiene gustos estétikos visuales ultra-hoolywudienses: dice que recuerda de Xul que era alto y rubio, y por ende que era apuesto. Nórdico de padre báltico y madre italiana del norte!!!
Paso por encima de las posibles lecturas homo y me kedó enfatizando sus debilidades por la cultura "anglo-germánico", lo ario cultural, también muy 19.
Para dejar bien claro sus tendencias "sarmientistas", y "civilizadoras" decimonónicas añade el chiste ke dice:
los tradicionalistas ke amaban la cultura de los pámpidos ke solían mencionar sus habilidades matemáticas: cuentan a hasta los cuatro dedos i al llegar al pulgar lo llaman "muchos". Pobrecitos, no sikieran tenían un signo gráfico de la misma...
De una escucha rápida y dispersa del cedé me kedan claro los siguientes ítems principeskos:
El anacronismo del ciego.
Ama los prejuicios y mitologemas de comienzos del XIX alemán que se desmoronaron como las dos torres (junto con la poesía como dijo Adorno) en Auchstwitz, en la segunda guerra Europa.
Sigue sosteniendo en pleno 1975 las tesis ultrapasadas del sarmientismo civilizatorio europeo occidental versus la barbarie indígena (hijas del positivismo y legitimadas por gente tan nociva como Ingenieros y los Bunge, y satirizadas por Saer en una novela ke ganó el Premio Nadal en los años 80).
Uno se pregunta si este Borges sonoro es el mejor Borges, el intelectual más brillante de una generación mediocre y pretenciosa al decir de los diarios kurepas del bakakainesko (en guaraní kiere decir: Vaká: vaka y Kái: quema: es decir, vaka quemada!!!) Gombrowicz. Si se sigue sosteniendo ese punto de vista valorativo oi en día da para pensar qué ideas rondaran como fantasmas lakanianos por sus mentes subrillantes y suborgianas. Pobrecitos los suborgianos de kurepilandia, la city del kulto al ciego sin embargo enterrado en tierras calvinistas, todo un calvario aká kuadradado o pa'á edipiano para la intekectualidad actual porteña.
danke chera'ata ayd
de parte
del indio
desborgesianizado y caníbal con orgullo!
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martes, junio 28, 2005
Nadaista propina cross al santo invidente
Borges es uno de esos personajes inasibles que siempre vuelven a los periódicos, cuando ya comenzábamos a olvidarlos, a librarnos de su presencia avasalladora, como el Ratón Mickey, Marilyn Monroe, John Lennon, y la misma perra con distinta guasca. Cada año los profesores a todo lo ancho de la Tierra vuelven a topar el cadáver de Borges, si es de Borges, también puede no ser Borges, y trepan en éste, para soltar su propia perorata, un distinguido ditirambo, una exégesis del dios ciego, y revelar nuevas claves que nos permitan penetrar mejor armados en los lujos de su obra insondable, de registros plurales y tersuras de terciopelo recién peinado. Borges es un cadáver que se obstina en no dejarse enterrar. Un enorme estorbo esperando que le celebremos el aniversario de su ceguera, su primer diente, su primer verso y su último suspiro, al que es preciso rendir el homenaje de unas babas imprescindibles, de año en año. Hay algo en Borges, si es Borges, que inspira desconfianza. Borges tiene un no sé qué de falso ciego que se deja arrastrar. Es el único argentino, si se puede, además, llamar argentino, con el Che Guevara, que le disputa a Gardel la gloria del porteño universal. Borges se ha convertido a estas alturas en una religión menor, en el santo a oscuras de una secta de estetas con vocación de lazarillos. Y, como siempre, es lícito y saludable desconfiar de las iglesias, sobre todo si no han completado un siglo de existencia. Algunas personas escandalizadas con mi cisma personal, hicieron lo posible a todo lo largo de nuestras vidas, la de esas personas, la de Borges y la mía, por remediar una distorsión aparente e imperdonable en mis juicios literarios. Juan Manuel Roca, el poeta antioqueño, el hijo de Rubayata, por ejemplo, me regaló su obra poética completa hace años. Y Jotamario, su amigo, el hijo de don Jesús, le completó el regalo con la prosa en uno de mis cumpleaños. Javier Villa me prestó todos los tomitos grises que pudo, de los que publicó Emecé hace años, con los pasos, hasta entonces, del venerable invidente. Ficciones. Evaristo Carriego. Etcétera. Sin lograr aficionarme a la droga alcanforada de Jorge Luis Borges. Con Borges me pasó como con el mar, que de tanto esperarlo se me empequeñeció cuando fui a verlo. Y me pareció mezquino y ampuloso a la vez. No me molestó en Borges la incongruencia de haber sido antiperonista y dedicar, más tarde, su traducción de Whitman a Nixon y a Pinochet: estaba en su derecho de gustar de unos tiranos y deplorar los otros. Lo seguí leyendo a pesar de todo. Hasta que detecté, o hice consciente, o se me revelaron sus posturas de señorito, sus vicios de aristócrata, un aire de superchería en su escritura demasiado correcta, la ausencia de la vida, la falta de humanidad y de calor y verdad. Borges asombra como el prestidigitador, en un escenario iluminado con luces indirectas y telones bien dispuestos, pero no altera nada en nosotros. No interpela o maltrata. Ofende al lector con su falta de confianza, su reticencia, su ocultación perpetua detrás de la telaraña de sus juegos verbales acerca de la incapacidad del castellano como vehículo de la poesía y los cincuenta años de soledad que alcanzó a leer, sobre la gloria, la fama y el tiempo. Aburre a la postre su adaptación frívola de Schopenhauer. Sus cuentos son cuentos de sombras, módulos intelectuales. Sus endecasílabos demasiado comedidos para servir de alimento o consuelo. Borges no es el Verbo. Es un orfebre distinguido, a lo sumo. La gran ausente en sus historias de criollo educado, es la vida. Sus calles, sus esquinas rosadas, sus escenografías de conventillo, son tangos de salón, a su pesar, a la fresedo. Todo es rigor en Borges, arrogancia disfrazada de modestia. Me pregunto, por qué un hombre que leyó tanto y tuvo tanto talento, nunca supo, que cuando la inteligencia se convierte en espectáculo es cómica y triste. De las virtudes del corazón Borges se reservó, si acaso, la nostalgia. Pero sus ironías carecen del sello del desengaño y de la amargura del verdadero conocimiento. Se parece a Wilde de lejos, en su anarquismo de dandy. Pero Wilde estuvo preso y fue radical y resentido. Borges, apenas el prisionero ciego de una imagen que creó para otros, para esconderse de los terrores de la experiencia. Por eso, en su versión de Whitman faltan la soltura, la fuerza, el músculo y el nervio del norteamericano. Borges es palimpsesto. Escritura sobre la escritura. Más que un erudito que hilvanó un sentido del mundo y un significado aunque fuera inventado de las cosas y de sí mismo, es un banco de datos elegantes, selectos. Libros sobre libros, es Borges. Opio rebajado. Numismática. Heráldica. Ideario de ideas olvidadas y deshechizadas ya: en suma, escolástica. Sus obras llenas de informaciones sin entrañas son las memorias de un bibliotecario, de un ratón de biblioteca cebado. Que finge la indiferencia cuando sólo está ausente. Borges deja al lector helado bajo el peso de su bisutería. No es el escritor posmoderno que sus turiferarios creen que llegó a ser: apenas un modernista cultivado con más esmero que Darío. Y de mejor familia. De una sensatez irritante en un mundo dislocado. Es imposible no admirar la pericia de Borges para frasear con discreción y parafrasear sin vergüenza; para insinuar, adjetivar y engañar con falsas pistas, como en un juego. Pero deja intacto lo demás, y sin usar el mundo. Sus inquisiciones místicas y teológicas son recensiones culteranas de un hombre al margen, incontaminado. Ni en el infierno, ni en el monasterio, ni en el escepticismo. En el autismo de los limbos en galería de la estética. Borges no consiguió hacer carne el Verbo. Su escritura siempre fue demasiado prudente, cautelosa y contenida. Como la marcha de los ciegos.
( De Prosas incompletas,2004, de Eduardo Escobar)
http://kurupi.blogspot.com/2005/06/nadaista-propina-cross-al-santo.html
FUNESTO FUNES. O LA ESCRITURA COMO JUEGO DE MEMORIA Y OLVIDO
Antonio Tudela
Permítanme ustedes que comience situándoles ante un cuento, ante un mito
incluso, que para frustrar la previsible expectativa lógicamente creada por ese «funesto
Funes» que encabeza el título de mi intervención, nada tiene que ver en principio con
Borges, sino con uno de sus más antiguos maestros: no otro que el «divino» Platón.
El cuento o el mito platónico frente al que les quiero situar, es justamente el de la
creación de la escritura, y como sin duda ya lo conocerán ustedes, me voy a limitar a
jugar el viejo papel del narrador por cuenta ajena, o del coplista ciego, o del actor que
glosa o mejor recita un papel que le ha sido dado. En otras palabras, me voy a limitar a
recordárselo a Vds., y al tiempo a recordármelo a mí mismo, ya que de esto quiero hablar
esta tarde, de la escritura como un ejercicio de la memoria, o su otra cara: el olvido.
El mito platónico sobre la invención de la escritura, como recordarán Vds.
conmigo, se encuentra en el diálogo Fedro, el diálogo al que, por cierto, la tradición
subtitular «O de la belleza», lo que no deja de resultar interesante, como verán. La verdad
es que esa misma tradición nunca ha hecho demasiado caso a este mito, que es uno de los
mitos propiamente platónicos, en el sentido de que el griego se los saca de la manga cual
tahúr de paseo por el Mississippi, o de la chistera, como suelen hacer los magos con los
conejos. Como saben Vds., Platón odiaba recurrir a los mitos, algo que desde él ha
mantenido la filosofía, o por lo menos la filosofía que se autodenomina «alta» filosofía, o
filosofía «verdadera», por mantenernos en los límites de Platón, hasta nuestros días: la
crítica o el discurso puro de la razón asedia sin tregua los cuarteles de la matemática, o de
la «alta» matemática, y abomina por tanto de cuanto huela a metáfora, ejemplo, cuento,
etc. La filosofía, y Platón como filósofo, abomina de la literatura, el logos descarta en su
categórica marcha recular hacia el viejo e impreciso mito. Esto en teoría, porque bueno, el
mismo Platón reconoce que hay que ser didáctico, que de vez en cuando no viene mal
bajar la voz y susurrar un ejemplito literario, como hace también el profesor de mates en
la escuela cuando recurre a las manzanas o los trenes para hacer comprensible a los niños
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el abstracto tópos hyperuranios de los números y lo que no son los números. Y aquí ya
esa curiosa contradicción del divino ateniense, porque resulta que son sus mitos, sus
fantásticas narraciones susurradas en plan condescendiente, didáctico, casi con vergüenza
de tener que recurrir a ellas, lo que en realidad recordamos de su obra: ¿a quién, aunque
no le interese siquiera la filosofía, no le suena el mito de la caverna, que Platón narra en
República, o el mito del carro con el auriga y sus caballos alados, que también en está
Fedro? ¿Qué hubiera pensado Platón de saber que en los colegios del siglo XXI ¾es
decir, lo que para él, que era pagano pre-cristiano hubiera sido el siglo XXV¾ al final
nos quedábamos con sus mitos? Suyos, para más inri, porque no solemos recordar los
auténticos mitos, los que eran moneda corriente en su época, a excepción quizá del de la
Atlántida en el diálogo Timeo, sino precisamente esos mitos que se inventa, que extrae
maravillosamente de su sombrero literario.
Pero discúlpenme la digresión. Me centro ya en el mito de la escritura, un mito o
un cuento de la fragua propia de Platón, pero que ha pasado casi desapercibido para la
tradición escolástica, ya que se trata de un mito breve y situado casi de refilón, al paso y
al final del Fedro, de un modo marginal casi, como una coda final, un estrambote, un
añadido o una especie de postre para relajar la altura de cuanto Sócrates ha hablado con
Fedro en el diálogo, donde tantos temas, tan capitales y tan bellamente debatidos. Este
mito, se pensó, es un pegote que sobra, que alarga innecesariamente el final del libro, es
un regalo, una gracia del autor que en realidad afea su diálogo sobre la belleza, cerrándolo
sin ninguna gracia. Vamos, que mejor hubiera hecho Platón con ahorrárselo a los lectores,
algo así como recientemente hubiera podido ahorrarnos Bush sus chistes y fotos sobre
Irak y el despacho oval. Si a esto suman Vds. el hecho de que durante mucho tiempo,
desde Diógenes Laercio por lo menos hasta Schleiermacher por lo menos también, se
creyó que Fedro era un diálogo menor, inmaduro, la opera prima en realidad de su autor,
ya comprenderán la casi nula atención que se ha dado al mito al que llevo un buen rato
refiriéndome sin entrar aún en él.
Pero vamos por fin a ello. El mito platónico sobre los orígenes de la escritura
reproduce en realidad un diálogo entre dos personajes de un misterioso Egipto antiguo,
desconocido ya en tiempos de Platón. En una puesta en escena especular, Sócrates, que es
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el personaje platónico que narra al otro personaje, Fedro, este diálogo entre otros dos
personajes, asegura que su relato se remonta a una tradición que viene de los antiguos,
mintiendo así, por lo que ya sabemos, como un cosaco. Pero olvidemos esto por el
momento y vayamos al diálogo dentro del diálogo. Los personajes del mito son un diosrey
llamado Thamus, al que hay que imaginar sentado en un elevado trono en medio de su
corte en la Tebas egipcia, y un dios-menor llamado Theuth, especie de divinidad artífice o
laboriosa, encarnación antigua del progreso, que se dedica todo el rato a inventar cosas
para el bien general de los egipcios, invenciones que le resulta obligado presentar a su
superior jerárquico, aquel buen dios-gestor Thamus, a fin de que éste dé o no su visto
bueno, una especie de derechos de patente previos a la comercialización. Y bueno, con
anterioridad al diálogo que Sócrates narra, en el brillante curriculum de Theuth figura la
invención de los números y el cálculo, la geometría y la astronomía, incluso el juego de
las damas y hasta los dados. Habiendo pasado todo ello por el juicio de Thamus de modo
exitoso, gracias a lo cual tanto en la Atenas de Platón como en nuestro propio mundo
disfrutamos de aquellas divinas invenciones egipcias. Pero el caso es que el diosecillo
inventor Theuth le presenta una mañana al dios-rey algo que Sócrates llama (D"<::"J",
esto es: las letras del alfabeto, o lo que viene a ser más exacto: los caracteres de la
escritura. Y presenta esta invención, la escritura, defendiendo apasionadamente su
utilidad pública y la necesidad, por tanto, de que se enseñe en cada escuela con palabras
parecidas a éstas:
Este conocimiento, ¡oh rey!, hará más sabios a los egipcios y vigorizará su
memoria. Pues se trata del elixir de la memoria y de la sabiduría lo que con él se
ha descubierto.
Tras estudiar el asunto, el todopoderoso y juicioso dios-rey emite su dictamen,
cuya lectura me van ustedes a permitir también a continuación, porque no es demasiado
prolija y no merece tampoco ser destrozada por una glosa mía. Estas son, pues, las
palabras que Thamus dirige al entusiasta Theuth, una especie de jarro de agua fría, como
verán:
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¡Oh Theuth, ingeniosísimo inventor de tantas y tantas artes! ¾un inciso:
como verán Vds. ya aquí, en los viejos tiempos míticos, se comienza dando coba
cuando de lo que se trata es de poner objeciones: nada nuevo bajo el sol¾. Una
cosa es ser capaz de engendrar un arte, y otra ser capaz de discernir qué daño o
provecho encierra para los que de ella han de servirse. Y así tú, que eres el padre
de los caracteres de la escritura, de las letras, les has atribuido por puro cariño
paterno facultades contrarias a las que poseen. Pues tu invento producirá en el
alma de quienes lo aprendan el olvido, por el descuido del cultivo de la memoria,
ya que los seres humanos, al confiar en la escritura, recordarán de un modo
externo, valiéndose de unos caracteres ajenos a ellos; y no desde su interior y por
su propio esfuerzo. No es, pues, el elixir de la memoria, sino el de la
rememoración, lo que has encontrado. Es la apariencia de la sabiduría, y no
sabiduría verdadera, lo que procuras a tus discípulos. Porque, una vez que hayas
hecho de ellos eruditos sin verdadera instrucción, darán la impresión de conocer
muchas cosas, pese a ser en su mayoría unos perfectos ignorantes, y su compañía
resultará insoportable, al haberse convertido no en sabios, sino en tipos que
presumirán de serlo.
¿Qué les parece? Hasta aquí da de sí el mito, que en realidad y contra lo que dije
antes no es un diálogo entre Theuth y Thamus, sino más bien el monólogo de un
personaje tras otro. O la propuesta de uno y la respuesta rechazándolo del otro.
Lo interesante del asunto es que este pequeño, casi marginal mito, se inscribe
dentro de una serie de consideraciones que Sócrates se trae entre manos con Fedro en su
diálogo (que en realidad, abro aquí un paréntesis, tampoco es un diálogo, porque los
diálogos de Platón no son diálogos, sino representaciones escritas de diálogos, nada de
oralidad, sino puros grámmata, escritura químicamente pura y en la que de lo que se trata
es de que el personaje principal, Sócrates por lo general, acabe llevándose el gato al agua,
algo previsto o a priori desde la primera página... pero esto es ir demasiado lejos, y cierro
aquí el paréntesis). Y para ser más exactos, Sócrates lo trae a colación para responder a la
pregunta por la conveniencia o inconveniencia del escribir, y cómo según la manera en
que se haga, la manera en que los (D"<::"J" se junten en la (D"NZ, o en castellano:
según como las letras compongan una escritura, ésta podrá ser algo que esté bien o que
esté mal. No entraremos en esto, pero y respecto de la escritura, ya vemos aquí un
precedente de los usos y juegos del lenguaje del segundo Wittgenstein... con un tufillo
moral al fondo, eso sí, porque en Platón la dichosa cuestión de lo que está bien y de lo que
está mal siempre remite al hecho de agradar o de contrariar a los dichosos dioses...
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Sin embargo, lo que no se puede achacar al divino Platón es deshonestidad. Algo,
por cierto, que le falta a tantos y tantos platónicos que luego en el mundo han sido. Es
precisamente la honestidad lo que lleva a Platón, como científico, podría decirse, a no
sacar los pies de este entre dos aguas, de este raro ser ambiguo (como ambiguo es todo
ser, comenzando por el Ser con mayúsculas que no es sino la vida) de la escritura. Porque
la conveniencia o inconveniencia de escribir, el buen y el mal efecto, el buen y el mal uso,
como la memoria y el olvido, se encuentran ya inscritos, por así decirlo, en el propio
invento. De hecho, existe una palabra que se ha deslizado como si nada en nuestra lectura,
a la que no hemos prestado mucha atención, que es la palabra «elixir», en la traducción
que esta tarde les he ofrecido a Vds. En realidad, la palabra griega es NVD:"6@<, y aquí
es donde está el meollo del asunto, porque fármakon significa un buen número de cosas,
pudiéndose traducir por «elixir», como por «remedio» o «medicina», pero también es
posible darle el sentido de «veneno», «pócima» o «ponzoña», palabras que fácilmente nos
traen la imagen medieval de una bruja removiendo en su cueva una poción con aviesas
intenciones. Y lo curioso en el mito que antes leíamos es que Theuth llama elogiosamente
fármakon a la escritura, es decir, elixir, medicina, remedio para la memoria humana; pero
luego Thamus dice que no, que en realidad la escritura será más bien un veneno, una
ponzoña, un bebedizo perjudicial que le acarreará a los humanos justo lo contrario de lo
que Theuth dice, esto es: el maleficio del olvido. Pero la palabra que usa Thamus, como
ya habrán advertido Vds. es la misma: fármakon. Tanto el dios-rey como el diosecilloinventor
dicen que la escritura es un fármakon, pero para uno es elixir beneficioso y da la
memoria, la sabiduría, y para otro es veneno que trae el olvido y la falsa sabiduría, en
términos del cretinismo del erudito que se cree o aparenta ser sabio...
En nuestros días, les diré que quien llamó la atención sobre esta palabreja griega
que tanto abre el texto platónico fue el filósofo francés Jacques Derrida, en un texto hoy
ya clásico que se titula La farmacia de Platón. Derrida es un filósofo complejo y extraño,
ya que su trabajo se centra en la escritura, al modo de sus antepasados judíos, de las tres
culturas del libro tal vez los que más o más antiguo apego tienen al texto (ya Cristo se
quejaba del excesivo valor que los escribas del Templo le daban a la letra, y bueno, luego
ahí está la cábala medieval, por sacar innecesariamente ejemplos), Derrida se centra en la
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escritura, como les digo, pero a la vez casi todos sus escritos parten de algún discurso
oral, que a su vez tiene un escrito antes, en una suerte de juego de espejos o adivinanza
del huevo y la gallina. Y su método, previo o más sencillo que todo lo que se ha escrito
luego sobre la tan traída y llevada desconstrucción, consiste por decirlo en un minuto en
una suerte de zoom, una especie de atención o de enfoque o de acercamiento hasta lo
microscópico del texto, algo que por decirlo de pasada resulta muy cinematográfico: ese
iris de las primeras películas que lleva a ver y a mostrar en pantalla lo invisible o lo que
pasa desapercibido a simple vista, recurso puro del cine, imposible por ejemplo en el
teatro, que en los años veinte del pasado siglo ya fascinaba a uno de los maestros de
Derrida: el pensador judío y alemán para su final desgracia Walter Benjamin.
Verán Vds. que este zoom da muy buenos resultados entonces aplicado a la crítica
filosófica, o al ensayo, como vemos con el ejemplo derridiano del Fedro. Por supuesto, el
recurso es interno a la escritura misma, y a la literatura en términos generales, como
fácilmente intuiremos con sólo recordar aquel cuento de Edgar A. Poe, La carta robada,
que a su vez tanto fascinaría luego al escritor y psicoanalista y tantas otras cosas Jacques
Lacan, ya verán Vds. que ha existido una generación de franceses digna por lo menos de
encomio.
Pero volvamos a Platón, tras haber descubierto un poco las cartas sobre la mesa.
Porque resulta que ese fármakon sobre el que Derrida atrae la atención, de un modo que
obliga a releer a Platón hoy, situándose con respeto y prudencia pero también sin más
miramientos a hombros de la tradición escolar, ese fármakon que podríamos traducir
también por «droga» en su doble sentido de remedio farmacéutico y de pulsión tan
necesaria como destructora para el yonqui heroinómano (incluso para el inspirado
ejecutivo yanqui de Wall Street, por ejemplo de inspiración, no divina sino de cocaína en
este caso); ese fármakon, decimos, se halla diseminado por aquí y por allá en casi todos
los textos de Platón. Señalemos al paso tan sólo que el ensayo sobre «La farmacia de
Platón», que en un principio acompañaba una traducción al francés del Fedro realizada
por el propio Derrida, se editó luego como el texto central de un libro recopilatorio de
artículos al que su autor puso el significativo y muy derridiano título de La diseminación.
Y no resulta nada fácil delimitar lo bueno de lo malo en este fármakon, en la palabra por
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lo menos, ni siquiera diferenciándola en sus dos significados, en apariencia opuestos,
porque como es sabido, todo contundente remedio de farmacia puede matar, así como
muchos venenos pueden curar graves enfermedades. Incluso una droga tan mal
considerada como la cocaína, por seguir con nuestros me temo que algo desafortunados
ejemplos, también puede suministrar placer (pregúntese a los defensores de la liberación
de las drogas, en el caso español al escritor, ensayista y profesor universitario de filosofía
Antonio Escohotado, por ejemplo), y por rizar aún el rizo, en Manhattan sirve a diario
para cerrar importantes transacciones de Bolsa... De hecho, la propia cicuta que por
imperativo legal tanto como personal Sócrates ingiere en Fedón también se denomina
fármakon en este diálogo, y en ambos sentidos, porque es desde luego el veneno por el
que se ejecuta en el filósofo la pena capital, pero al mismo tiempo es transmutada por el
condenado en remedio liberador, pues se trata del fármakon que pronto y felizmente le va
a procurar la inmortalidad. Y hay que advertir entonces, como hace Derrida, que todas las
traducciones a las lenguas modernas, lenguas herederas de la metafísica occidental y
depositarias por tanto de sus categorías, sus tan características oposiciones dualistas,
cualquier versión, pues, opera sobre el fármakon un efecto de análisis que lo destruye con
violencia, que lo reduce a uno de sus elementos simples interpretándolo, paradójicamente,
a partir del ulterior que lo ha hecho posible. En suma, esto mismo es lo que sin poder
evitarlo estamos haciendo aquí y ahora.
Procuremos, con todo, y pese a lo dicho, volver al mito de Theuth y Thamus. Mito
que deja bien a las claras el rechazo por Platón (es decir, por el dios-rey y por Sócratespersonaje)
de la escritura, al tiempo que en puridad y si realizamos un esfuerzo imposible
por olvidarnos de la oposición elixir/veneno en que dividimos la pura ambigüedad de la
palabra griega, se reconoce cuando menos lo fútil, por no decir lo absurdo, que resultaría
intentar oponerse a la escritura. A fin de cuentas, y he aquí una primera y evidente
contradicción platónica, por más que Platón se oponga a la escritura y defienda la
oralidad, o más exactamente la oralidad interior, la palabra o el discurso del alma consigo
misma, el pensamiento como voz interior (pero no podemos entrar aquí en esto, que sin
embargo es el núcleo de la tesis de Platón), por más que el filósofo trate de remedar lo
oral al escribir precisamente con forma de diálogo, lo cierto es que su obra consiste en
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una notable cantidad de escritos, exactamente los escritos que con mil avatares por medio
han llegado hasta nuestros días, permitiéndonos escribir, hablar, reflexionar y dialogar
sobre ellos. Incluso diré más. Existe una tradición secundaria que mantiene la idea de un
Platón esotérico frente a otro exotérico, un Platón oral que sería el maestro vivo entre sus
discípulos de la Academia frente a otro escrito, el de los diálogos. Y esta tradición
sostiene que el importante es el primero, el interno a los muros de su escuela en Atenas,
mientras que el segundo, el escritor, el de la exterioridad de los textos, sería secundario,
desde la perspectiva misma del propio Platón, que coherente con su rechazo de la
escritura concedía mayor trascendencia a su enseñanza directa, viva. Pero claro, por
mucho que tratemos de imaginarnos con tal tradición al Platón «real», por así decirlo, y
especulemos con un posible mayor misticismo o un acercamiento a los misterios e
iniciaciones de Eleusis por su parte y la de sus más aventajados discípulos, lo cierto es
que el único Platón que nos ha llegado y al que podemos atender de mil maneras es el
Platón «virtual» de los textos escritos. Que no es poca cosa, que ¾como pueden ver¾
aún en nuestros días propicia lecturas tan estupendas como la de monsieur Derrida, y que,
en fin, y contra cuanto pueda decir en sus textos, ofrece una escritura preciosa, no sólo
por lo que a la filosofía toca, sino en calidad literaria, en puros términos de fruición y
deleite estético. Comenzando si se quiere por la propia belleza y el atractivo, el indudable
y mágico encanto de los mitos de su propia cosecha, como el que nos ocupa sobre la
escritura como doble fármakon. Y nuevamente de paso, o por rematar un párrafo, les diré
que fármakon también significa en griego «encanto», «hechizo», «color» incluso. ¿Cómo
no va a quedar uno, en tanto que lector, atrapado en tan sugerente y densa red de pesca?
Con todo, resulta que, en una primera aproximación, el invento del fabuloso
diosecillo Theuth, las letras, el sistema entero de la escritura, hay que tomarlo como una
JXP<0,>
En realidad, la primera piedra o revolución de un proceso lineal jalonado hasta nuestros
días por otra serie de momentos técnicamente relevantes como, por citar algunos, el paso
de la inscripción en piedra o en loseta rígida a los flexibles papiro, pergamino y en
definitiva al papel, o el paso de gigante que supuso la imprenta de Guttemberg, o incluso
el actual paso a la red de redes, a Internet. La escritura que Theuth eleva al juicio de
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Thamus supone la primera revolución técnica en tal sentido, y de hecho el mito se ajusta a
la perfección a la realidad, pues los primeros vestigios de escritura se remontan hasta los
3.400 años antes de Cristo, consistiendo en imágenes pre-jeroglíficas grabadas en
pequeñas placas del tamaño de nuestras uñas y fijadas a vasijas destinadas al comercio,
con fines de especificación de los artículos que contienen. La primera escritura conocida
no es, por tanto, un lenguaje religioso, como le gustaría a mucha gente, incluida la que se
deja llevar por las piramidales ensoñaciones jeroglíficas y de ultratumba faraónica. No.
La escritura es una técnica para hacer más llevadera la vida cotidiana, comercial,
administrativa en suma. Algo así como fueron creadas hace pocos años nuestras pequeñas
computadoras: para agilizar la administración comercial a todos los niveles. Por eso, y
como ya señalamos antes, la palabra griega que Platón emplea para designar la escritura
no es otra que (D"NZ, de donde las latinas «grafía» o «graffiti», pero resulta que la grafé
griega se traduciría por escritura, por escrito, incluso por pintura o imagen, pero también
y en un sentido muy específico por documento administrativo o judicial, por el proceso
mismo de una acción o acusación pública, como aquella que le procuró el fármakon final
al bueno de Sócrates. O en otras palabras, y por no irnos demasiado lejos, simplificando
un poco, el invento de Theuth se parecería mucho a nuestra lista de la compra: ustedes,
como yo, antes de ir al mercado nos sentamos, tomamos papel y lápiz y escribimos
pacientemente una serie de palabras, de grámmata, que representarían los artículos que
necesitamos comprar, lista o grafé que luego y en mano ante los estantes de la tienda
vamos siguiendo como en un juego que no requiere en principio un gran esfuerzo de
nuestra parte. Fácil, ¿no? Tal es el fármakon, el remedio, el maravilloso elixir de la
memoria. Por supuesto, amplíen ustedes la lista de la compra a los textos escolares, a los
diccionarios, a las enciclopedias de que disponemos, y ya está: ahí tienen desplegado en
su mítica dimensión el elixir de la memoria y la sabiduría del inventivo Theuth.
Pero no, responde Thamus, todo lo contrario, se trata de una técnica que propicia
el olvido, porque con tales listas en la mano nadie cultivará ya la memoria, lo exterior
escrito destruirá el esfuerzo de la voz interior, el auténtico cultivo de la memoria y de la
sabiduría. Algo así como esas calculadoras a pilas y de bolsillo a las que nos confiamos
para efectuar cálculos hasta el punto de que a muchos, sobre todo a los que siempre
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suspendíamos las matemáticas, nos costaría un esfuerzo enorme efectuar multiplicaciones
o divisiones mentalmente o a mano, sin recurrir al cómodo aparatito técnico. Y bueno,
desde luego, cualquiera que armado con una serie de folios y desde una tribuna o una
mesa como esta que tengo delante suelte un discurso lleno de citas, referencias o sesudos
datos pasará por sabio o docto para algunos, pero ¾esto es lo que diría Thamus¾:
prueben ustedes a quitarles la grafé, despójenle de sus papeles y a ver qué es lo que queda
realmente, de qué es capaz de hablar, o si es capaz de hablar siquiera con un mínimo de
coherencia. Esto es lo que sostiene Platón, nada de muletas, nada de escritura, nada de
remedos o imitaciones de la sabiduría y la memoria, sino la sabiduría y la memoria
verdaderas que sólo ofrece el discurso interior que acompaña al conocimiento y que se
inscribe ¾o se escribe, en cierto modo¾ en el alma del que aprende, es decir, del
filósofo, del que aspira a la mayúscula Verdad. Frente a la ßB@:
de la escritura, de la imagen o reflejo exterior, del fármakon técnico que es veneno de
olvido, la :
fuera. Actividad espiritual íntima, pues, y no ese accesorio reflejo exterior de la técnica
escrita, tal es la objeción de Thamus. Y no seguiremos hurgando en la cuestión por ahora,
pero baste señalar, recogiendo algo que ya dijimos, que tal objeción a la propuesta de
Theuth nos llega precisamente por la escritura del divino y honesto Platón, escritura desde
luego que mucho más bella que cualquier lista comercial o que la mayoría de los
procedimientos jurídicos.
Funesto Funes... Funes el memorioso, como ustedes saben, la primera narración de
los Artificios, contenidos a su vez en las Ficciones de Borges, narración que además inicia
el narrador diciendo: «Lo recuerdo...», y pidiendo al tiempo perdón por la osadía, porque
nadie más que el difunto Ireneo Funes podría decir con propiedad que recuerda... Resulta
curiosa la deriva de este verbo castellano, «recordar», que procede del recordari latino:
traer algo a la memoria, imaginar, rememorar conocimientos pasados, o como por ahí lo
empleaba Cicerón: Mecum tacitus recordor, reflexiono en mi interior, o más literalmente:
traigo a mi intimidad, a mi silencio o secreto íntimo, por así decirlo, algo como aquella
barroca mónada sellada y sin ventanas de Leibniz. Y es curiosa la deriva del recordar
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castellano, porque también significa el volver a la memoria de las cosas cotidianas o
dicho a lo Machado, sin tanto circunloquio: despertar. Así lo vemos ya en el fabuloso
Tesoro de la lengua castellana o española de Covarrubias, el primer diccionario del
idioma, impreso en 1611. En él leemos la primera acepción de recordar: «Despertar el que
duerme o bolver en acuerdo», es decir, en sí, volver a tomar conciencia de uno mismo,
que sería la anámnesis platónica, la memoria esencial, recuerden ustedes aquel lema del
templo délfico que tanto le gustaba a Sócrates: «Conócete a ti mismo», es decir: reconócete,
recuerda, ten memoria de quién eres, esto es, de quién eras antes de beber las
aguas del olvido previas a la vida. Despertar el que duerme, dice Covarrubias que
significa recordar, o como decía el poeta castellano Jorge Manrique un siglo y medio
antes, en las lógicamente luctuosas Coplas a la muerte de su padre: «Recuerde el alma
dormida, / avive el seso y despierte...». A mí me fascina cómo esta significación ha ido
perdiendo peso en el diccionario de la RAE, que hoy sólo la contempla en cuarta y última
acepción, recordar como «despertar» o «dejar de dormir», y eso circunscrito al uso en las
regiones españolas de Asturias y León, y a los países americanos de la Argentina,
Colombia, Ecuador, México y R. Dominicana.
En cualquier caso, este es el sentido que tiene, siempre con platónica y hasta
sibilina astucia, en la obra entera de Borges. Para comenzar o situarnos, en «Funes el
memorioso», cuyo problema entonces no era otro que el del insomnio, pero claro, no
hubiera sido muy borgiano titular el cuento como «Funes el insomne». No entraré en la
ponderación de las virtudes del cuento de Borges, que son muchas y todas muy divertidas
además. Ni siquiera me detendré en él tanto como lo he hecho en el mito del Fedro. Pero
sí desearía apuntar algunas cosas. A Funes le era muy difícil dormir, dice Borges, y
añade: «Dormir es distraerse del mundo». Por ello mismo, Borges miente, engaña o
sencillamente introduce al modo platónico términos en su narración que no pueden
asimilarse sin más en una lectura erudita o como dirían los académicos en una «crítica
literaria». Porque Funes el memorioso en realidad no recuerda nada. Esto es, en cuanto
insomne o incapacitado para distraerse del mundo, nunca precisa despertar, recordar,
volver a lo cotidiano tras el periódico paréntesis de olvido que llamamos sueño. La
memoria de Funes se presenta como ilimitada, elevada muy cómicamente hasta el
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absurdo. Así, Funes es capaz de reconstruir en su memoria un día entero de vida pasada,
pero claro, esa reconstrucción perfecta requiere por lógica el empleo de otro día entero,
algo así como esos mapas perfectos que menciona Borges en otras narraciones, tan
perfectos que su extensión en papel cubriría exactamente el mismo territorio que
representaría. Curiosamente, Funes se nos describe como alguien capaz de aprender
cualquier lengua, comenzando por el latín, en un tiempo mínimo y con la ayuda de un
simple diccionario. Además es un matemático consumado, hasta el punto de que posee
una especie de idiolecto de cálculo, de imposible comunicación, en el que, por ejemplo,
7.013 se diría «Máximo Pérez», o «Luis Melián Lafinur», o «Napoleón», o «El Negro
Timoteo», etc. La broma es clara, y Funes el memorioso, especie de nominalista extremo,
al final, ¿qué sabe, en el sentido de aquella sabiduría idéntica a la memoria en Platón, por
cuya desaparición tanto sufría el dios-rey Thamus? Funes sólo es capaz de repetir de
carrerilla y como un loro extensos pasajes en latín o en cualquier otra lengua, sólo es
capaz de grabar de un modo intolerable cuanto se le dice o se hace delante de él (hasta el
punto, que a mí como lector me lleva a la carcajada, de que el narrador de Borges llega un
momento en que se petrifica ante el memorioso, dice textualmente: «me entorpeció el
temor de multiplicar ademanes inútiles», especie de broma borgiana con Plotino y todos
los ídolos, espejos o reflejos platónicos al fondo). Más aún: la más espectacular proeza de
Funes consiste en dar la hora exacta. En otras palabras: este Zarathustra o superhombre de
la memoria no es más interesante que un reloj SONY de última generación con
magnetófono y grabador de vídeo incorporado. De hecho, y puesto que ni duerme ni
recuerda, en el sentido de despertar, serviría también como despertador.
Pero aún hay más. Funes, como el dios-rey Thamus, abomina de la escritura. Su
personal e inútil sistema de numeración, no sólo no es comunicable, sino que ni ganas
tiene Funes de comunicarlo a nadie, como nos dice el narrador con estas palabras: «No lo
había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele». ¿Para qué escribir,
si su memoria viva, su absoluta sabiduría, su perfecto conocimiento no le ha de abandonar
ya? Ahora bien, volvamos a los datos que Borges nos proporciona, porque el autor afirma
que Funes, que recuerda no sólo la caída de cada hoja de cada árbol que ve, sino el
momento mismo de la percepción de esa caída, Funes, sin embargo, «era casi incapaz de
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ideas generales, platónicas». Y aquí es donde está el problema, que no podremos analizar
a fondo esta tarde, porque de Funes, que había aprendido sin esfuerzo el latín, el inglés, el
francés, etc., nos dice el narrador: «Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de
pensar», porque, añade Borges, «Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer», y
a Funes le costaba comprender no sólo que el signo genérico perro abarcase tantos
individuos dispares en tamaños y formas, sino incluso que el perro de las 3 y 14 (visto de
perfil) se nombrara igual que el perro de las 3 y cuarto (visto de frente). En realidad, el
funesto sino memorioso de Funes le niega la posibilidad de pensar, de abstraer, es decir:
de comunicar o transmitir, de entrar en lo que llamamos ciencia, a la vez que le hurta la
escritura. ¿A la vez, o justo después, o quizá antes? ¿Qué iría primero, el pensamiento
abstracto o la escritura? Porque Funes, cuya capacidad de recuerdo, de memoria, se
presenta ilimitada, es a la vez quien no puede recordar, esto es: despertar, ya que ello
supone la previa situación de la enajenación, del sueño. Por esto la exterior escritura le
resulta ajena, ya que, en efecto, y en su doble e inseparable sentido farmacológico,
escribir significa tenerle miedo al olvido, saber que hay olvido, que tenemos sueño, que a
menudo fracasamos porque somos falibles, vulnerables, porque a diferencia de los
mismísimos dioses míticos Theuth y Thamus, somos mortales. Y nos olvidamos, nos
dormimos y hacemos todo lo posible por recordar. Al fin, la escritura supone las dos caras
terrenas de la memoria y del olvido, y es tanto veneno como elixir para el pensamiento,
así como para la belleza. Por esto, incluso retorciendo un poco a Platón, el filósofo, como
ser intermedio entre las plantas y las divinidades, precisa de la exterioridad de la escritura,
del fármakon de la grafé, ya que igual que Sócrates, que sólo sabía no saber nada, no es el
sabio, no es el iluminado, al modo de los grandes Budas asiáticos (y por esto hay una
enorme diferencia estructural entre la filosofía nacida en la cuenca mediterránea y la
sabiduría oriental más o menos coetánea de aquélla), sino alguien que está en camino, que
quiere saber, recordar, o por lo menos acercarse lo más posible. Es curioso que el tan
cacareado Übermensch de Nietzsche, tan tristemente traducido al castellano como
superhombre, convertido en déspota racista por los nazis o en fantoche salvapatrias y
esquizoide por el cómic o la literatura popular norteamericana, en realidad signifique
precisamente esto: el ser humano (ese Mensch que no hace distinción de sexos) que va
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más allá (úber, sobre, por encima), que está en camino, que tiende y cruza puentes. Por
esto está obligado a servirse de la escritura, por más falible o problemática que tal técnica
sea: y todo dependerá entonces de saber (o no) hallar un equilibrio en la dosis
farmacéutica.
Para acabar con Funes, a quien por cierto, y es un buen rasgo de humor, de tan
insoportable y repelente como es al fin Borges lo liquida con a los 21 años de una
congestión pulmonar, redimiéndolo así de algún modo, al hacerlo mortal y procurarle el
sueño eterno, para acabar con Funes, sólo recordarles una extraña cita de este cuento,
justo cuando el narrador se extraña de que nadie, absolutamente nadie, hiciera nunca un
experimento con Funes. Y es aquí cuando reflexiona el narrador de este modo:
Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos
profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las
cosas y sabrá todo.
Extraña cita, ¿verdad? Una de las tantas de un Borges casi místico, al que a mí me
gusta llamar dueño de una «mirada cósmica», por decirlo de algún modo, de tranquilo
creyente en el eterno retorno de las cosas o en una especie de alma de la especie o del
universo entero. Aunque también podríamos llamarlo «reaccionario», sin más, pero
tampoco entraré en esto. Pero curiosa reflexión, ésta que justifica nuestro pasotismo a
partir de la intuición íntima de que somos inmortales (¿pero cómo, en tanto que especie, o
como vida orgánica carbonatada o cósmica, o sobre la base de una vida ultraterrena, y
entonces: individual o colectiva?... Nada deja en claro), somos inmortales, y por tanto,
bueno, tarde o temprano, pese al olvido y la memoria y a todas las ambigüedades de los
fármacos, todo hombre hará todas las cosas y lo sabrá todo... Pero no se hagan ustedes
muchas ilusiones con el viejo zorro ciego, porque hay truco: truco que se llama «El
inmortal» y que es el primer cuento del famoso El Aleph, donde por cierto también
comienza el narrador, tras una breve entradilla, con las palabras: «Que yo recuerde...»,
antes de relatar su visita a la Ciudad de los Inmortales, donde encontrará a un miserable y
viejo troglodita que vive en un hoyo, que en lugar de escribir traza garabatos sin sentido,
que ni siquiera sabe hablar ni interpretar los sonidos del lenguaje humano, que en fin, se
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pasa el día panza arriba en la arena tocándose la barriga y viendo pasar las nubes, de
manera tan perra que nuestro viajero relator borgiano, una especie más desangelada aún
que la de Charlton Heston de regreso al país de los simios, le pone por nombre, como
Robinson Crusoe hiciera con Viernes, «Argos», es decir, el nombre del perro de Ulises,
cuando en realidad este inmortal es el primero de todos los inmortales: Homero... Sólo
que le ha pasado por encima tanto tiempo en su eternidad que ha dado un paso más allá de
la sabiduría y, simplemente, lo ha olvidado todo. ¿No es magnífico? Tras la memoria y la
plena sabiduría, el triunfo tranquilo del altzeimer...
Pero he de acabar ya. De verdad que lo siento si en estos minutos no sólo he
frustrado sus expectativas sino que encima les he sumido en la pura confusión. Desde ya
les pido disculpas. Hubiera querido hablarles de muchas otras cosas, comenzando por el
carácter de huérfano o, mejor, de bastardo que la escritura tiene para Platón en el texto
que les comentaba, y terminando por tantas y tantas aplicaciones del tema, si yo hubiera
sido capaz de tratarlo mejor, en la literatura, dentro y fuera de Borges. Sólo les haré
partícipes, para concluir, espero que no para rematarlos, de una confidencia. Y es que
precisaba partir de Platón, y más en concreto de Fedro y del mito farmacéutico sobre la
escritura de Theuth y Thamus, a consecuencia de una deuda que contraje con la ONG
Orbis Tertivs hará dos años, allá por agosto de 2002, cuando con tanta amabilidad y
hospitalidad como la de hoy se me invitó a participar, en el marco de los cafés filosóficos
que imagino seguirán celebrándose sábado sí, sábado no, en un coloquio que llevaba
precisamente por título ese de la farmacia de Platón, en atención al texto de Derrida que
en cierta época logró más que mi admiración. Y llegado mi turno de palabra no fui capaz
de hacer otra cosa que tartamudear incoherencias al principio para luego engancharme en
una funesta espiral de balbuceos, garrasperas y todo tipo de tics nerviosos (que a su modo
y vistos ahora me demuestran que yo mismo soy también un inmortal), quebrantos y
silencios sin fin de los que por fortuna y con suma elegancia y fascinante habilidad supo
sacarme la profesora Montserrat Álvarez. Como dijo aquél, quien estuviera allí lo
recordará, como no se me olvidará nunca a mí, altzeimer no mediante. Les diré que luego
y en mi tierra he tenido la ocasión de referir la anécdota en público y hasta he bromeado
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asegurando haber sudado copiosamente y corrido por tanto el riesgo de electrocución con
el micrófono que se resbalaba entre mis manos. En fin, aquello se debió, y a los dioses
pido que no se vuelva as deber, al hecho de no sostenerme en las muletas o apoyatura
exacta de un fármakon escrito, como sí he hecho esta noche ante ustedes, lo que aunque
no servirá para justificarme sí espero que sirva de ejemplo por lo menos de cuán
equivocado estaba el buen dios-rey Thamus al condenar el dichoso invento. Condena
poco efectiva, sobrará decirlo, ya que permitió a Platón extraer de su chistera el relato
mítico de la propia condena y en fin, a mí mismo pasar un rato más que agradable esta
tarde en la preciosa ciudad de Asunción y ante todos ustedes.
http://www.angelfire.com/freak3/xtino/funes.pdf
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